Visitas: 1

VI
Desde el cuarto del segundo piso, la luz tenue ambarina me mantiene despierta sobre la colcha de cuadros multicolores. Los inquietos pies ascienden y se apropian de las lúdicas sombras impresas en la pared.
Lo recuerdo en la primera vez, ella al oído y su aliento cuestionándonos. En la cama gemela, aspiro su falta a mi costado y me revuelco en su perfume, en las mezclas que cautivaron al olfato. Por su aroma siempre puedo acudir, subir las escaleras y quitarme la ropa con la tranquilidad que proporciona saber que alguien te espera. Ella lo sigue haciendo.
Es curioso cómo la vista se acostumbra a la semioscuridad; la descubro en la otra cama en posición fetal por sus miedos –el suicidio al que me siento ligada y la sed–.
Empiezo a preocuparme. El cansancio parece andar de vacaciones y recurro a inconformidades cuando no estamos juntas: desnudarme en cualquier circunstancia por “mera travesura”, por no importar; saber por qué se pierde la coherencia y no hallar el antídoto; articular siempre acerca de ellos –nuestras parejas– y machacar sobre su mundo aparte “prohibido a nosotras”; reconocernos apéndices que les toleran toda clase de escarceos; vivir con ellos escuchando sus negativas para saciar las apetencias de nuestros cuerpos; porque no sospechan y porque… (increíble viniendo de esta clase de varones) ¡ah, qué furia si otro hombre nos tocara! Ya que ellos y nosotras –aparentemente simbiosis– nos ubicamos socialmente en actividades diurnas, donde solo podemos tener un dueño para los sentidos exacerbados durante las noches: cualquiera de ellos; así al menos lo siguen pensando.
Y ahora que la miro y la remiro, la dibujo y la recorro, viene a mí lo difícil que le fue aceptar ese estar deseosa de mi mano después de que la acaricié debajo de la pantaleta. Cuando me lo contó, sonreí interiormente, pues pude ver lo que disfrutó ella, ya que la descubrí excitando los pies en la alfombra y la imagen gozosa que le regresó el espejo, sobre todo cuando le desperté la entrepierna.
La entiendo, somos una y distinta. Yo tampoco me había atrevido y, como solemos caer en juegos, pueden empezar a doler.
La observo. Su cadera moldea las sábanas, despierta, sonríe. Es tan frágil, tan símil con mi pequeña dependencia, que estira los brazos y, dejando la bata en la cama, voy a su encuentro. Al fin, mujeres, cada una espera el tiempo de la otra para cumplir el ritual con el agua.
De nuevo, la cortina desaparece la penumbra, de nuevo los olores impregnados y el acompañarme al jardín para la despedida.
Callamos, temerosas de las noches futuras.
Callamos y sólo un beso que no roza mejillas, el cómplice, y hasta vernos con ellos –los innombrables– en sus acosos: carne y nosotros complacencia; en nuestro silencio: porque ya nos pertenecemos; ellos que continúen formando parte de nuestras genitales adicciones.
Melba Alfaro
Próxima semana: “Diez pasos”





























