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Las Fiestas, Las Bodas

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Educación Maya a través de memorias de Rigoberta Menchú

XXV

LAS FIESTAS, LAS BODAS

Los textos siguientes, que podrían parecer frívolos, al referirse en detalle a costumbres de los mayas guatemaltecos en situaciones aparentemente intrascendentes, nos ponen en contacto con el diario vivir que aprovecha todo instante para catequizar, para afianzarse en tradiciones, siempre con una intención educativa que tiene metas perfectamente definidas y que, dados los acontecimientos históricos de años cercanos, logran sus efectos.

Como en cualquier población mayor donde se practican cultos católicos, las fiestas de San Miguel de Uspantán para honrar a San Miguel y a la Virgen María, atraen a las comunidades de sus alrededores para las prácticas de oficios religiosos tradicionales. Ahí, Rigoberta, de padres cristianos, recibió la primera comunión. Estas festividades son aprovechadas por comercios y espectáculos itinerantes que expenden bebidas embriagantes e incitan a la población campesina a gastar sus pocos dineros y son motivo de situaciones desagradables, especialmente para los menores, siempre inseparables de sus padres, razón por la que Rigoberta no las recuerda con agrado.

No así, en su aldea, o en las aldeas vecinas a la suya, las fiestas de los acontecimientos familiares o comunitarios, aunque sin disponer de las funciones del pueblo, contando a lo más, si es el caso, con instrumentos musicales muy pobres, disfrutaba de sana alegría, emocionantes encuentros y ricas comidas. Las privaciones de carne son superadas, pues nadie repara en deshacerse de los animales que cría cuando hay que festejar.

La formación de un nuevo hogar, por ejemplo, es un gran motivo para fiesta, para crear conciencia, para dar educación, y Rigoberta describe las “cuatro costumbres” que hay en las bodas. En la primera, llamada también de “abrir puertas”, los padres del pretendiente, precedidos del “principal” y su esposa, lo acompañan en su presentación, que ha de hacer de rodillas, en señal de humildad, al solicitar ser aceptado en la casa. En esta comparecencia, los padres de ambos jóvenes les exaltan sus cualidades y señalan sus defectos, y se da autorización para que la joven sea alguna vez visitada por el varón, quien, cada vez que lo haga llevará algún presente. Cuando el joven, después de varias visitas es aceptado, pide permiso para la “segunda costumbre” y se señala el día y la relación de las personas que lo acompañarán.

Este segundo acto da ocasión para una gran fiesta que es la más suntuosa y significativa, y en la que estarán presentes, en sitios privilegiados, los padres y padrinos de los novios, sus hermanos mayores, los abuelos, los tíos cercanos, el señor principal y su esposa. Los padres del novio sacrificarán la mejor oveja y la llevarán guisada, cargando, algún hermano o joven escogido, el caldo en una ti- naja; además llevan otra oveja viva como regalo para la novia, una cantidad considerable de tamales y suficiente guaro, hecho especialmente para la ceremonia, aunque con él no se llega nunca a la ebriedad. Las abuelas llevan alguna alhaja de plata, guardada cuidadosamente para el caso y se la entregarán a la muchacha, comprometiéndola a imitarlas en su forma de ser.

Enfilados, en una especie de caravana, transportado todo por la gente joven, llegan donde los padres de la novia los reciben, preparados también con alimentos. En la casa hay lugares especiales para cada uno de los que participarán en el acto, quienes al entrar se ponen de rodillas delante de las candelas encendidas que sirvieron en las ceremonias de los nacimientos de los futuros esposos. La madre de la novia es quien irá levantando de uno en uno a los concurrentes, comenzando por los padres del novio. y les va señalando sus lugares. El último que permanece hincado es el novio, al que se unirá la novia. En esta posición escuchan las pláticas de los abuelos que contarán sus vidas, sus sufrimientos y alegrías: recuerdan que también sus antepasados sufrieron mucho, pero que igual que ellos nunca se desesperanzaron. A las pláticas de los abuelos sigue una oración que dirigen los novios a la tierra:

“Madre tierra, nos tienes que dar de comer. Somos hombres de maíz, estamos hechos de maíz amarillo y blanco”.

Después se dirigen a su dios único, Corazón del Cielo, que abarca toda la naturaleza:

“Tú nos tienes que dar luz, nos tienes que dar calor, esperanza, y tienes que castigar a nuestros enemigos”.

Hacen un compromiso de su ser indígena:

“Nos toca multiplicar las costumbres de nuestros antepasados que fueron humildes. Vamos a ser padre y madre, trataremos de defender los derechos de nuestros antepasados hasta lo último y nos comprometemos a que nuestros antepasados van a seguir viviendo con nuestros hijos y que ni un rico ni un finquero pueda acabar con nuestros hijos”122.

Se levantan los novios, la gente joven comienza a servir el licor por orden de jerarquías. Servidas tres copas, los novios vuelven a arrodillarse, besan las manos a los que componen la ceremonia, piden perdón por las veces que han infringido la ley de sus mayores y solicitan la ayuda de sus padres para que sus hijos sean siempre indígenas y jamás pierdan sus costumbres.

En la tercera copa es cuando se declaran los novios. Con la cuarta copa es cuando los abuelos tienen todo el permiso de hablar. Luego hablan los dos elegidos. Y ya después echan todos discursos. Los padres, después los tíos, los que reparten copas. Entonces a nosotros (Rigoberta habla, como una niña, de la boda de su hermana) nos dejan un espacio también para decir, pero nosotros casi no decimos nada y estamos acostumbrados a respetar mucho, mucho a los mayores. Después se levanta la pareja y se sienta. Es un día entero donde se sientan a hablar. Que dicen que eran así nuestros abuelos, que hicieron tal cosa los blancos, y así empiezan a culpar a los blancos. Que nuestros antepasados sembraban bastante maíz. Que no hacía falta maíz para ninguna tribu, para ninguna comunidad y que eran todos juntos, y ya empiezan a hablar: teníamos un rey y el rey sabía medicina, no había pastillas, nuestra medicina eran las plantas. Nuestro rey sabía sembrar muchas plantas. Por eso nuestros hijos tienen que conocer las plantas. La última parte de la ceremonia es un poco triste porque con gran sentimiento los abuelitos se recuerdan todo eso y empiezan a decir cómo será después. Tienen una gran preocupación. Ahora nuestros hijos no pueden vivir muchos años. Cómo será después. Ahora muchos andan con carros. Antes nuestra Guatemala no era así.

Todos caminábamos a pie, pero todos vivíamos muy bien: hay que saber respetar a la naturaleza. Saber respetar a los árboles, a la tierra, al agua, al sol y saber respetar al hermano. Respetar a nuestros mayores. Es como un discurso de parte de todos, participan todos, dan todos sus opiniones. Ya después dejarán el guaro que traen porque no se toma todo. Nadie se emborracha porque tiene que ser una fiesta sagrada. Dejan todos los restos. Comen después que terminan los señores de platicar, se levantan los muchachos y se trae la comida. Para eso estamos nosotros los hermanos, los otros tíos secundarios de la familia, los vecinos más importantes. Cuando se comienza la comida, no se va a comer la comida que trajo el muchacho, sino la que va a regalar la muchacha. Estará preparado todo, se pasa la comida y se come bien alegre. Después de la comida vienen otra vez las pláticas. Empieza un diálogo común. A las cuatro de la tarde se retiran los señores.123

La “tercera costumbre” no tiene plazo fijo para su cumplimiento después de la “segunda”. En el caso de la hermana de Rigoberta, tuvieron que esperar cinco meses porque su familia hizo antes una temporada de trabajo en la finca. Tiene semejanza con la “segunda”, especialmente en señalar las jerarquías. pero en ella las pláticas se dirigen en particular al rechazo de las costumbres de los ladinos, lo que parece paradójico, pues a diferencia de la “segunda” en la que todo lo usado y consumido es tradicional y natural, en la tercera se nota la irremediable aculturación: se aceptan productos comerciales como guaro comprado y refrescos embotellados, candelas que no tienen que haber sido hechas con cera de sus abejas, utensilios no necesariamente confeccionados de barro por las propias familias, y hasta algunos panes de trigo. Conscientes de esto, en sus pláticas hacen las alusiones convenientes a los futuros esposos: “Nosotros no tenemos que revolver nuestras costumbres con las que son de los blancos. Y refiriéndose al pan:

No es nuestra tortilla, a sus hijos nunca los van a acostumbrar a comer pan porque nuestros antepasados no tenían pan. Nuestros trastos de comer tampoco son iguales a los de ellos. Nosotros tenemos nuestras manos para hacer nuestras ollas y no las perdamos, ustedes dedíquense a hacer sus ollas.124

Los padres insisten en la alimentación tradicional, y los tíos, que llevan imágenes de santos cristianos, hacen referencia a la religión en interesante conciliación:

Estos santos son santos, pero también no son los únicos. Está el dios del cielo, está del dios de la tierra. Y empiezan a recordar todo(…) este santo es un canal para que nosotros nos comuniquemos con el dios único.125

En esta tercera ceremonia quedan detallados los bienes con los que contará la pareja para iniciar su vida hogareña y se fija la fecha de la boda.

La “cuarta costumbre” es propiamente la boda: pero días antes hacen una fiesta hogareña de despedida a la novia, una reunión intima familiar. En ella le recuerdan que la responsabilidad de sus padres para cuidarla ha terminado. Cada uno de sus hermanos y sus padres le expresan sus sentimientos y agradecimiento por los servicios que de ella recibieron. Le enseñan las cosas que le van a regalar y le ofrecen la selección de las mejores flores para el día de su boda. Es una fiesta sumamente emotiva que termina con la salida de la contrayente hacía las casas de los vecinos para despedirse, y un almuerzo o una cena con su familia, acompañada por la quema de pom que nunca falta en las ceremonias.

El casorio, que puede ser en la iglesia católica, el registro civil o en ambos, es seguido de la despedida en casa de la novia, la propiamente “cuarta costumbre”, que como, en el día de su nacimiento, corresponde más bien hacerla a los vecinos quienes se esmeran tanto en alimentos como en presentes. De igual manera, los vecinos de la casa del novio ponen cuidado en la recepción de la muchacha que se integrará a su nueva familia. En ambos casos hay profusión de consejos para que lleven una vida sana y respetable.

De lo expuesto, han sido mínimos los fragmentos tomados del libro de la etnóloga Burgos, y considero una lástima que así sea; no extendiéndome en el tema de las ceremonias y ritos que Rigoberta describe tan en detalle, que frecuentemente practicaban en su aldea, porque, aunque fueron formadores del ánimo solidario y decidido de la comunidad de Chimel y del temple irreductible de su heroica familia, creo que lo dicho lleva a imaginar lo vigoroso del adoctrinamiento.

 

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122 Burgos, 1992:92.

123 Burgos, 1992.93-95.

124 Burgos, 1992:97.

125 Burgos, 1992:97.

 

Candelaria Souza de Fernández

Continuará la próxima semana…

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