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Primeras Letras

LA PEQUEÑA REPOSTERA*

AURORA CASTILLO
En un pueblo viejo como aquel no existían secretos. El árido viento y el sol incandescente que reinaban en el lugar evaporaban cada cubierta de la intimidad de sus habitantes.
Así fue como Emilia, la hija de la lavandera, se enteró al cumplir ocho años que su padre era el hijo mayor de la casa grande, don Erasmo. Desde entonces, cada semana subía al ojo de agua para verlo pasar cuando iba a los sembradíos. El orgulloso heredero lucía alto y gallardo en su caballo azabache, como un dios inalcanzable.
Se enteró que su postre preferido era el pay de higo, tanto así que era el postre principal servido en su festejo de cumpleaños.
La pequeña se esmeró en aprender a preparar el mejor pay de higo de la región, pensaba que ello le daría la oportunidad de conocer a su padre. Guardaba celosamente los escasos pesos que su labor le generaba para comprar los mejores frutos, el piloncillo más puro, reservaba una olla de barro especial para su cocción, hacía todo como su abuela le había enseñado.
Poco a poco su fama se divulgó en la zona, todos la buscaban para encargarle postres, el más delicioso era el pay de higo. El tiempo pasó y un día el mayordomo de la casa grande llegó a la humilde choza para encargar a Emilia el pay para el cumpleaños de don Erasmo. Ella aceptó ilusionada, a pesar del disgusto con su madre.
A medida que troceaba, hervía, mezclaba porciones, horneaba y decoraba, fantaseaba con los actos que sucederían el gran día. Cuando descubriera su identidad, su padre se llenaría de orgullo, la alzaría en brazos, la llamaría hija, y la llevaría a vivir con él. Con estas ideas en mente, terminó de preparar el postre y se fue a dormir, envuelta en sueños.
Al día siguiente, llegó muy temprano a la hacienda. Vestía un largo vestido blanco que su madre le confeccionó al cumplir diez años, era su mejor atuendo. Esperaba impaciente en el pasillo cuando escuchó voces discutiendo. La curiosidad la atrajo y se acercó.
“¿Cómo se te ocurre traer aquí a esa andrajosa?” –decía irritada una mujer mayor.– “¿Acaso no sabes quién es su madre?”
“Solo vino a dejar un pedido, señora. Se irá de inmediato” –respondió el mayordomo
“¿Mi hijo sabe que está aquí?” –inquirió
“Le comenté, pero no se preocupe: para él solo es otra india del pueblo. Aceptó comprar el postre por lástima, pero no guarda ningún sentimiento de afecto para ella, y mucho menos para la madre.”
Al escuchar la respuesta sintió que la sangre le abandonaba el cuerpo, no esperó más. Tomó el pay más grande y salió de ahí sin hacer ruido.
Corrió con todas sus fuerzas durante el regreso a casa. Aunque el camino parecía interminable, no fue suficiente para agotar las lágrimas que brotaban sin cesar.
Al llegar, abrazó fuertemente a su madre. Sus sollozos explicaron de sobra lo sucedido. No recibió ningún reproche. El abrazo materno calmó el corazón de la pequeña, reconfortándola. Se limpió el llanto del rostro y por primera vez observó detenidamente a su madre: era muy joven. Admiró su fortaleza y su callada presencia que siempre había respaldado sus pasos.
Recordó que jamás le había invitado uno de sus postres. La llevó de la mano hasta la mesa, sirvió una rebanada y aguardó su reacción. Al probar el primer bocado, su mamá abrió los ojos en señal de admiración, y sonriendo comió un segundo bocado mucho mayor, provocando la carcajada de la niña.
Terminaron de comer. Emilia recogió la mesa con el corazón lleno de agradecimiento. Finalmente se sintió completa en ese pequeño lugar.

(*) Cuento ganador en el Certamen Semanal de Poesía del Taller “Alquimia Literaria”, de “Voz de Tinta” que dirige el escritor Jorge Pacheco Zavala. Ilustración: Archivo AHGA.





























