Visitas: 1
Cultura

José Juan Cervera
Tras abultados siglos de agitar cascabeles y de precipitar temores en admirada expectación, una mano anónima plasmó tu silueta en superficie de piedra, custodio de los montes y símbolo feraz de enigmas astrales.
Quien solo halla en tus escamas ondulaciones siniestras y alevosas sacudidas, desvía la mirada de su propia desazón.
Tendida a la sombra de un mito persistente, deslizas el vestigio soterrado de tu fe.
Tercera en discordia, rindes generosa la ofrenda de tu hiel.
Poco te conoce la humanidad, incapaz de sospechar siquiera que cuando inoculas tu ponzoña musitas bienaventuranzas.
Asombra que alguien anhele morar en otra piel. La que la serpiente desecha quisieran ocuparla sus más fervientes seguidores.
Viejos tratados de zoología esotérica consignan que los ofidios se avienen plenamente a todos los elementos de la naturaleza. Deslizan su cautela entre las hojas caídas y fluyen con la corriente que impulsa las aguas. En el aire agitan plumas de alas longevas que logran entrever algunos privilegiados. Y la serpiente de fuego: ésta cauteriza las heridas por las que hace correr su veneno.
Lengua bífida y escamas viscosas, ondulación de cuerpo y frialdad en las vísceras. Insignia de pueblos gloriosos y cofradías inicuas: elevaciones místicas y desplazamientos rastreros.
Bastan unos escalones bien situados para tocar la cúspide y alzar el vuelo.
Para visitar tu territorio de pedruscos y hojarasca, cabe deslizarse en tu lomo y atisbar la cavidad que oculta dentelladas mortíferas.
Cuando Natura turbe sus leyes sin remedio y la humanidad oscurezca el límite de su conciencia, una sierpe se alzará majestuosa para reptar entre nubes tupidas y reverberaciones de astro.





























