Visitas: 4

Carlos Duarte Moreno
[Especial para el Diario del Sureste]
“Pero es, mi querido amigo, que han faltado hombres que tomen sobre sus hombros la cruz de las bestias, ¡que también ellas tienen su cruz!”
Los anteriores conceptos pertenecen a una carta vibrante y cariñosa que desde la capital de la república me dirige el licenciado Carlos Echánove T., nuestro joven y culto conterráneo, con motivo de dos artículos míos, publicados en este mismo diario, “contra la primitiva, salvaje y perversa actitud del animal hombre contra los demás animales”. Pletórica de temblor generoso la carta, siento, por provenir de un hombre que sabe poner en ejercicio su juventud y su sentimiento presididos por su intelecto, que despierta en mi alma arraigos profundos, a la vez que tonifica mi ánimo. Y me pongo a sentir y a pensar con la misiva cariñosa entre las manos…
Hablando de estas cuestiones, alguien me decía hace apenas unos cuantos días que para comprender a los animales era preciso comprender antes a los hombres. Y en la marea inquisitiva de mi ansiedad por encontrar los caminos de lo cierto, me pregunto si no será preciso comprender primero a los animales para comprender después y mejor a los hombres. Pero mi propia interrogación se mece sobre un abismo de incertidumbres que dificultan el alma.
Seguía tus consejos, tus sagradas leyes,
y todos los seres eran mis hermanos;
¡los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos!
El venero cordial que mana de estos versos, su excelso espíritu de identificación con todo lo que existe, estableciendo la fraternidad entre los seres y las cosas, se rompen, en el silencioso estruendo del espíritu, atropellados por la fanfarrona vacuidad imperativo de la época. ¡Son sensiblerías, sentimentalismos de señoritas convalecientes, o como diría Vargas Vila en un instante de ceguedad y de empirismo, exclamaciones de corteseteras débiles! Acaso por eso el gran panida nicaragüense puso en el hocico de un lobo y no en labios de un hombre, el razonar en consonante. ¿Las bestias? Recargamos al caballo, al asno; cuando demuestran cansancio o protestan por la irracionalidad del hombre, les damos de palos. Pateamos al perro que nos cuida y matamos a las palomas por ejercitar el pulso en el “tiro de pichón”. ¿Cómo lograr un sentimiento general que detenga la barbarie del hombre contra las bestias? La postguerra nos precipitó por senderos inesperados. Algunos creyeron que habíamos arribado al espiritualismo, pero no fue así; caímos en el vértigo, en lo inesperado, en lo desconcertante. Dejamos sobre la mesa la relación emulativa, pongamos por caso de la vida de Pasteur o de Edison y arrebatamos el folleto en que se relata la niñez precoz de Primo Carnera o el orgulloso desarrollo de Max Baer. Vivimos la década continuada del puñetazo, del fuego líquido y de la invasión. Basta leer los diarios y las revistas. La manada de los hombres atropella a las bestias dentro de esto que, a veces, nos preguntamos si puede llamarse civilización. Hay automovilistas que hacen gala de crueldad contra los animales. Existen hombres sin entrañas, como diría la comadre del cuento, que abruman a las bestias hasta lo imposible. Una sociedad protectora de animales, en nuestro medio, sería verdaderamente una honra para la ciudad. En medio del pito estridente de las fábricas, del repiqueteo del timbre de los cines, de los disparos de la estática de los radios, del ruido del tráfico, una voz, reclamando respeto y consideración para las bestias, sería broche de seguridad para cerrar la puerta al deshonor y, aunque en algún momento fuese como un grito en una gran cueva desierta, sería siempre, invenciblemente, como una luz entre la negrura de las almas.
Mérida de Yucatán.
Diario del Sureste. Mérida, 21 de septiembre de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























