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Trump, una vez más, nos ha puesto a todos en un estado desesperanzador de incertidumbre con sus bombardeos a instalaciones nucleares en Irán. Es imposible conjugar la paz con la agresión, independientemente del contexto, y eso es justo lo que ha hecho el agente naranja: en plena conflagración entre Israel e Irán, tomó partido por uno de ellos. Las consecuencias estamos por sufrirlas todos.
Muchos encontramos en el ejercicio de escribir una muy saludable manera de desahogarnos, de liberar presión y estrés mental, particularmente cuando las preocupaciones nos abruman.
Al escribir, nos comunicamos, somos más cuidadosos y reflexivos con las palabras, agregamos pausas que nos permiten reacomodar pensamientos, encontrándoles sentido, acaso presentándonos diferentes perspectivas y soluciones.
Un reconocido conductista alguna vez recomendaba que el mejor remedio para la preocupación es retirar las primeras tres letras de la palabra y actuar en consecuencia. Ciertamente, activarnos y actuar ayuda a redireccionar nuestros pensamientos, traduciéndolos en acciones.
Mientras se deshoja la margarita sobre nuestro destino, nunca más incierto como ahora gracias al espíritu vindicativo de tantos actores nacionales e internacionales, ¿podríamos dirigir nuestra atención a cosas, personas y conductas edificantes, de manera que nuestro positivismo pudiera contrarrestar un poco tanto negativismo?
No es saludable vivir bajo tensión, como tampoco lo es conservar agravios y malestares. Ambas estrategias pueden llevarnos a una temprana tumba.
Construir siempre es mejor que destruir; unir antes que separar; amar que odiar.
Tal vez el mejor consejo ante los inciertos tiempos que vivimos sea aquél que recibimos del profeta nacido en Belén: “No se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes para hoy” – Mateo 6:34.
Carpe Diem…





























