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La casita blanca

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Temas imprevistos

Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Bajo la tarde del domingo, en la inesperada compañía de mi amiga dicharachera, he llegado al cine. Y escena después de escena, la película nos ha ido inundando con su dramatismo, con su anhelo, con su inmisericorde entraña…

Al fin, salimos a la calle.

–¿Te gustó la película?

–¡Me ha llenado de melancolía!

–¡La casita blanca…!

Al decirlo, mi amiga suspira con el prestigio romántico de sus quince años encantadores, alargando la frase sobre los puntos suspensivos de una lejanía de ensoñación…

–¡La casita blanca…!

Mis labios lo repiten con nostalgia.

Y es que el argumento cinematográfico ha hundido en nuestro espíritu a la protagonista, abrileña como mi amiga, y como ella linda y blanca.

Nos despedimos. Las estrellas hacen guiños, se contraen, se dilatan, cambian de color. Voy repasando mentalmente el sueño de la heroína de la película, su sueño casto, humano, férvido, constante, embriagador como una floresta, tibio como el aliento manso de una bestia de establo, lloroso y dulce a la vez como el llanto de un niño y el jugo de una naranja, que se mezclan.

¡Una casita blanca, con nardos, con campánulas, con azucenas, con pájaros, con un amor que acaricie siempre, que bese siempre, que siempre arda…!

¡Sueño conmovedor y eterno de las almas, pasaje de la vida pone, para encender el espíritu, en el fondo de la juventud! ¡La casita blanca, la casita blanca…!

Y siento que en el corazón algo se levanta y cae y vuelve a levantarse otra vez… ¿Cuánto tiempo he permanecido a la deriva, caminando por las calles, como barco sin rumbo?

–¿Quieres que te acompañe?

Me fijo en quien me hace la pregunta. Es una mujer andariega y triste con la tristeza de vender su juventud. La miro largamente con la eternidad adolorida de un minuto de alma. Detrás de su sonrisa veo la mueca de su fracaso acurrucado y torvo. ¿Amó? ¿Soñó? ¿También en la carne sin martirio de su primer ensueño hubo una casita blanca con flores, con pájaros, con un amor lleno de paz, abierto y luminoso como un amanecer sobre los cuatro puntos cardinales…?

Instintivamente vuelvo la cabeza para mirar a la pecadora que se aleja. Va taconeando con gracia, con coquetería que cautivan. ¿Y su casita blanca…?

¡Se esfumó, se alejó para siempre, se la llevó muy lejos el vendaval de la Vida…!

Cierro los puños y los abro. Siento que de mis dedos cae algo que no cae… ¡porque es inmaterial! ¡Algo! ¡Algo como lo que se levanta en mi corazón y cae para levantarse otra vez…! ¡Es la casita blanca, con flores, con pájaros, con un amor que no quiso llegar nunca…! ¡Nuevo anhelo en el corazón, que se burla de la suerte y se pone en marcha, decidido; pedazos de mis sueños que caen en mis manos, sin caer…!

A lo lejos, una serenata, clara, pasional, romántica, remoza, al pie de una ventana, el alma de la noche… La música y los versos de la canción, en el anhelo de la novia que escucha, están forjando, poco a poco, una casita blanca con pájaros, con flores…

¡Mantel limpio, jarra cristalina, pan blanco y oloroso, cuarto de pasión, sala discreta y cautivadora! ¡Y un búcaro con flores y un pájaro que pague su cautiverio con un constante fluir de trinos!

¿Cuántas casitas blancas llevamos los hombres rotas en el corazón? ¿Cuántas veces hemos soñado como la protagonista de la película, en el albergue amasado por nuestro cariño, en el refugio sostenido por nuestra ilusión, en el hueco sin precio abierto por nuestras ansias en el vientre sombrío de la liviandad humana? ¿Cuántas veces…?

¡Desear… desear, perpetuamente desear para ser jóvenes…! Contra una casita blanca que parece otro sueño, otra porfía, otra esperanza, otra ilusión… Cuando ya no prenda en el espíritu la llama de lo que debe ser, en la conquista ideal –posiblemente ideal– en la tierra; cuando el corazón se conforme y se dedique a rumiar su derrota sin tenderse a un nuevo vuelo; cuando únicamente las pupilas lloren inútil y cobardemente sobre los despojos de la ilusión despedazada, sin clavarse en el horizonte de donde viene todo amor y todo ensueño, entonces no quedará redención ni habrá esperanza. Pero mientras el corazón inconforme, terco y magnífico se obstine en alcanzar la tierra prometida de la ilusión y del sosiego humanos; en tanto en el espíritu exista un florecer de alas y con cada sol se levante en lo hondo de la insatisfecha humanidad un aliento por conseguir lo que se anhela, los quereres castos, las realidades que confortan, los sueños capaces de cristalizar, han de ser victoriosos y definitivos. Pobres de aquellos caminantes que llevan a cuestas los mortuorios pedazos de la casita blanca que soñaron primero y que van penitentes y, en el fondo, miserables, gimiendo el desamor de la suerte, sin aventar lejos el fardo de su pena, para tenderse resueltamente a intentar de nuevo la conquista ideal…

Tiene el pájaro su nido; la fiera su cubil. El hombre tiene derecho a su casita blanca, a la casita blanca de su primer soñar. No quiero saber si hay mujeres que fuman, que manejan autos, que tiran al blanco. Me acuerdo de mis libros desordenados, de mis versos perdidos, de mis artículos sin recopilación y veo dos manos cariñosas que todo lo arreglan, que todo lo enfilan, lo ordenan, lo cuidan… Bajo la emoción, siento que soy colegial y que estoy en los primeros años de la mocería, nuevo y confiado, alegre y sonriente, soñando con mi casita blanca, con una muchachita que sepa comprender por qué la quiero…

Y es que la civilización, con sus ideas, con sus motores, con la radio, con sus manicuristas, no ha logrado matar el sueño sencillo y conmovedor de los corazones que aman verdaderamente…

¡La casita blanca, la casita blanca…!

Lector, ¿no has tenido nunca en el corazón metida una casita blanca?

Mérida de Yucatán.

 

Diario del Sureste. Mérida, 27 de noviembre de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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