Inicio Entrevista Jacopo Sipari di Pescasseroli, Abogado y Director de Orquesta

Jacopo Sipari di Pescasseroli, Abogado y Director de Orquesta

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Rafael Quintana

“Laureano Ortega ha hecho algo verdaderamente extraordinario: ha sabido descubrir y potenciar el talento de los jóvenes del país. Desde 2016 vengo a Nicaragua, ya son 10 años compartiendo su crecimiento artístico.”

Desde Italia, hasta los escenarios más importantes de Europa, Asia y América, Jacopo Sipari di Pescasseroli ha labrado una carrera que parece salida de una partitura: una vida regida por el ritmo, la pasión y la búsqueda incansable de belleza. Abogado con dos Doctorados, en Derecho Penal y Derecho Canónico, alcanzó tempranamente el honor de convertirse en el abogado más joven de la Rota Romana del Vaticano antes de seguir el llamado que resonaba con fuerza en su interior: la música.

Su trayectoria musical es igualmente excepcional. Desde sus estudios en piano, composición y canto lírico, hasta graduarse con honores en dirección de orquesta, Jacopo no solo ha dirigido a las principales orquestas italianas y europeas, sino que ha sido invitado a colaborar con grandes voces del canto y artistas de música popular. Su nombre ha resonado en escenarios como la Qatar Philharmonic Orchestra, la Leipzig Symphony Orchestra y la Orquesta Sinfónica Nacional de México, así como en festivales internacionales que ha dirigido o fundado.

Especialista en la obra de Giacomo Puccini, Jacopo ha sido reconocido con premios internacionales como el “Golden Opera Special Prize”, galardón que lo consagra entre los directores jóvenes más prometedores del mundo lírico.

En su visita a México y, en particular, su vinculación con proyectos artísticos en Nicaragua, su visión integral de la cultura musical y su compromiso con la formación de nuevas generaciones han marcado una huella distintiva: para él, la ópera y la sinfonía no son solo repertorio, sino diálogo con las emociones humanas y la sociedad contemporánea.

En esta entrevista con el Diario del Sureste de México, platicamos con un hombre que ha traducido su amor por la música en una vocación que trasciende fronteras y disciplinas, porque para Jacopo no hay mayor verdad que la que se expresa a través del arte.

Es precisamente sobre Nicaragua y ese paso decisivo que marcó su vida –“el momento en que la música dejó de ser un complemento para convertirse en su forma de vivir” – que queremos empezar esta conversación.

Hablenos de Nicaragua, ¿cómo están nuestras referencias? ¿Cómo valora Incanto y su proyección a futuro?

Estoy perdidamente enamorado de Nicaragua: del país, de su gente, de su comida, de cada rincón. Creo que es uno de los lugares más hermosos del mundo. Laureano Ortega ha hecho algo verdaderamente extraordinario, porque ha sabido descubrir y potenciar el talento de los jóvenes del país. Desde 2016 vengo a Nicaragua, y ya son 10 años compartiendo su crecimiento artístico. Veo en ellos enormes cualidades, capacidades increíbles y un talento extraordinario, tanto en los cantantes como en la orquesta. Además, la fortuna es que Incanto cuenta con maestros excepcionales como Elisa Picado, José Luis, Nelson Gutiérrez, junto con todos aquellos que con dedicación y amor hacen posible regalar un sueño grandioso a todo el país.

¿Qué tan importante es para Nicaragua avanzar en este ámbito de la cultura?

Como en todos los países, es vital que todos se unan para apoyar a los jóvenes: el gobierno, los patrocinadores privados, las instituciones, el público y todos aquellos que puedan ofrecer su ayuda. Solo con este compromiso conjunto se puede dar alas al talento, construir oportunidades y soñar con un futuro lleno de posibilidades para la próxima generación.

Abogado con dos Doctorados —uno en derecho penal y otro en derecho canónico— y, al mismo tiempo, Director de Orquesta con una carrera internacional. ¿En qué momento la música dejó de ser una vocación paralela para convertirse en una decisión vital irrevocable?

El primer recuerdo que tengo de cuando era niño es un piano, en casa de mi abuela. Tenía 3 años. Cuando lo vi, me enamoré completamente. Para mí era lo más bonito del mundo. Buscaba sonidos que quedaran bien juntos y solo cuando los encontraba me sentía bien. Fue el primer gran amor de mi vida. Así que comencé a estudiar música muy pronto, pero también tenía una gran pasión por el estudio en general. Luego, poco a poco, a medida que crecía, entendí que solo la música me hacía feliz. Después de graduarme en Derecho, comprendí que por mucho que me esforzara, solo había una pasión para mí: la música, y en particular Giacomo Puccini. En sus obras encontré el sentido más profundo de mi ser.

¿El Derecho —disciplina, estructura mental, sentido de la justicia—habría impedido una formación exclusivamente musical?

Creo que el derecho y la música tienen mucho en común. La búsqueda de la verdad es un concepto fundamental también en la música, el ritmo de las cosas, la justicia que impregna cada aspecto de la vida. Siempre he encontrado una gran afinidad entre las dos disciplinas.

Ser el abogado más joven de la Rota Romana a los 29 años implica una carrera asegurada. ¿Qué se arriesga cuando se decide abandonar una trayectoria tan sólida por la música?

Mi madre no me habló durante meses. Fue realmente una noticia difícil de aceptar. Dejaba algo seguro por algo absolutamente incierto, pero seguía a mi corazón. Sinceramente, si tuviera que aconsejarlo a mi hijo, no lo haría. Hace falta mucho coraje. Emprender algo realmente difícil e incierto sin saber qué te puede deparar el futuro es una locura. Pero soy feliz. Creo que seguir al corazón, al final, es lo más importante que se puede hacer en la vida.

Dirigir una orquesta exige autoridad, pero también escucha. ¿Cómo se construye hoy el liderazgo frente a músicos de distintas tradiciones culturales y generaciones?

Creo que también esto es algo natural. Se nace director. Uno nace con el carisma necesario, no se aprende, es imposible. Dios decide darte esa autoridad necesaria. Siempre se lo digo a mis alumnos en el conservatorio: yo puedo enseñar la técnica para dirigir, pero no puedo transmitir el espíritu que es necesario para hacerlo. Algunas cosas solo vienen de Dios. Por eso no es importante si la orquesta es española, china o árabe. Las personas entienden la energía y el sentimiento, que son universales.

Ha dirigido orquestas en Europa, Medio Oriente, Asia y América. ¿Qué diferencias profundas encuentra en la manera de entender la música?

Sin duda, la música es el espejo del alma. Lo que más he notado es que, según el lugar donde uno nace, se afronta la vida y la música de manera diferente. En los pueblos latinos es fácil ver una mayor implicación emocional, una mayor sensibilidad estética. En Alemania y en el norte son más reacios a mostrar sus sentimientos, o los muestran con mayor reserva. Esto crea una forma diferente de tocar. Al final, todos se dejan llevar por la universalidad de la música, porque al menos en ese momento son libres de mostrar al mundo lo que realmente tienen en el corazón, sin frenos.

Como director artístico y musical de teatros nacionales y festivales, ¿qué pesa más en sus decisiones: la tradición del repertorio o la necesidad de renovación?

Ambas son fundamentales. Sin embargo, es necesario estar siempre al día y comprender las necesidades reales del público para lograr que se acerque aún más a la música. Equilibrio entre renovación y tradición, sí, pero sobre todo el deseo de atraer a las nuevas generaciones hacia algo que parece tan lejano.

Su nombre está estrechamente ligado a Puccini, recibiendo el título de “Embajador Pucciniano en el mundo”. ¿Qué hace que Puccini siga siendo contemporáneo?

Puccini era un genio absoluto. Un hombre que, más que ningún otro, logró comprender lo importante que era traducir en música las emociones de las personas, de todas las personas. Cuando uno mira las óperas de Puccini, en realidad ve aquello que vive todos los días, ya sea en primera persona o a través de otros. Amor, pasión, muerte, celos, traición, muerte. Todas cosas que nos pertenecen y que no tienen edad, porque son específicamente humanas, demasiado humanas. Por eso Puccini no tiene tiempo: porque describe emociones humanas que no tienen tiempo.

¿Existe el riesgo de “deificar” a Puccini en lugar de interpretarlo desde la tensión dramática que exige nuestro tiempo?

Claro, es posible. Por eso dirigir a Puccini es tremendamente difícil. Hay que tener la humildad de adentrarse en sus personajes, vivir sus vidas, escucharlos y sentirlos cercanos a uno mismo. Dirigir a Puccini significa enfrentarse a la propia verdad y abrazarla por completo.

Después de dirigir La Bohème, Turandot, Il Trittico y Madame Butterfly en aniversarios históricos, ¿qué ha cambiado en su propia lectura de Puccini?

Primero que nada, fue un grandísimo honor. Realmente traté de hacerlas mías por completo. Intenté ponerme en la piel de los distintos personajes y comprenderlos como si fueran mis amigos. Después me pregunté cómo actuarían si vivieran hoy.

La ópera suele percibirse como un arte elitista. Desde su experiencia, ¿qué responsabilidad tienen hoy los directores en la democratización del lenguaje operístico?

Es fundamental que las personas entiendan que la ópera es una expresión del pueblo. No debe ser un arte solo para unos pocos. Debe ser lo que era en el siglo XIX: una expresión democrática del pueblo, porque habla del pueblo, especialmente las obras del Verismo. Me gustaría que los gobiernos comprendieran lo importante que es que todos puedan ir al teatro, que todos tengan la posibilidad de vivir la belleza de este arte.

¿Puede la ópera seguir dialogando con la sociedad contemporánea sin traicionar su esencia? En un mundo acelerado y digital, ¿qué ofrece la experiencia orquestal en vivo que ninguna otra forma artística puede sustituir?

Creo que es la posibilidad de vivir la verdad. El sentido de la verdad. En un mundo de apariencias, la orquesta permite tocar con mano la construcción real de la verdad de las cosas.

Ha dirigido grandes títulos del repertorio de ballet. ¿Qué cambia en su gesto y en su concepción musical cuando la música está al servicio del cuerpo y del movimiento?

Dirigir ballet es muy difícil. Es necesario conocer bien la danza clásica, los movimientos de los bailarines y sus necesidades físicas para lograr una unión perfecta con la música. Además, los bailarines no cantan, por lo que es necesario utilizar solo la vista; no se puede confiar en los oídos. Al principio fue realmente complejo, pero luego se vuelve cada vez más natural. Creo que el ballet es verdaderamente una de las artes más bellas, y tener la posibilidad de dirigir títulos de ballet es algo realmente maravilloso.

¿Siente que el ballet y la música sinfónica le han enseñado sobre el tiempo y el silencio?

Absolutamente sí. Sobre todo por encima del silencio. Personalmente, me siento a gusto con mi ser y con mi vida solo cuando dirijo. Es allí donde me siento en casa.

¿Qué cree que se le exige hoy a un director joven que no se le exigía a las generaciones anteriores?

Ahora, por desgracia, creo que hay cada vez menos espacio para los jóvenes. El problema fundamental es que el coste de una producción de ópera es altísimo y los ensayos son cada vez menos. Por lo tanto, cada teatro tiende a confiar las producciones cada vez más a directores de gran experiencia, porque en muy pocos ensayos pueden sacar adelante el espectáculo. Antes, en cambio, había mucho más tiempo para realizar una producción y, por lo tanto, también los directores jóvenes, con menos experiencia, podían encontrar la manera de expresar su talento. Hoy se exige a todos una grandísima experiencia que no creo que sea posible en una persona joven.

¿Cuáles son, a su juicio, los mayores riesgos que enfrenta la ópera en el siglo XXI?

Creo que las óperas del siglo XXI sufren las consecuencias de la gran crisis social que todo el mundo vivió en el siglo XX. La música se ha distanciado demasiado del mundo social, convirtiéndose en una expresión artística exclusiva del compositor que ya no encuentra cercanía con el público.

Ha trabajado con algunas de las voces más importantes del mundo. ¿Qué distingue a un gran cantante, más allá de la técnica?

El talento de Dios. A un cierto nivel de grandeza casi no hay diferencia entre las grandes estrellas a nivel técnico. Lo que las hace únicas es el talento, que es un don único que no se aprende, sino que viene de Dios.

¿Cuando mira su carrera, ¿hay alguna decisión que haya marcado un punto de no retorno?

Sí. Enseñaba Derecho Penal en la universidad. Luego, después de muchos meses de reflexión, decidí que mi vida era otra. Tuve mucho coraje, porque dejé algo seguro por algo absolutamente incierto, pero valió la pena. Seguí mi sueño.

¿Qué opina sobre México y sus referencias? Hay alguna anécdota.

He tenido la oportunidad de dirigir en México en algunas ocasiones. Es un país maravilloso, lleno de belleza y con un espíritu enorme. Sin duda, al ser un país tan grande, con tantas personas y orquestas que llevan mucho tiempo en desarrollo, han podido cultivar la música con gran fuerza y profundidad. Tengo muchos amigos cantantes mexicanos, y debo decir que son realmente extraordinarios, llenos de talento y pasión que inspiran profundamente.

En noviembre de 2025 dirigió el concierto institucional del Jubileo de la Esperanza, y en diciembre la Gala de los Óscar de la lírica. ¿Cómo se mantiene la integridad artística frente a eventos de gran visibilidad institucional?

Afortunadamente, llevo muchos años dirigiendo conciertos institucionales de gran relevancia. Cuando estoy al frente de la orquesta, solo existe la música para mí. No me importa quién me escucha ni dónde se realiza el concierto. Lo que verdaderamente importa es la belleza del arte, la fuerza de cada nota y la grandeza inmensa de la música que cobramos vida juntos.

Su mensaje para todo el público lector de Europa,  Asia y América Latina.

Me gustaría que todos los padres llevaran a sus hijos al teatro, a disfrutar de conciertos, óperas y ballets, porque no hay nada más valioso para una sociedad que vivir la belleza cada día. Aprender a tocar un instrumento o a cantar, no necesariamente para convertirse en músico, sino simplemente por el placer de hacerlo, es una de las cosas más importantes del mundo. Un joven que toca o canta aprende la disciplina, el sacrificio y la búsqueda de la belleza, y por eso siempre será amable y considerado con los demás. Quien vive para la belleza, inevitablemente se convierte en una mejor persona.

Finalmente, si tuviera que definirse ni como director ni como jurista, sino como intérprete del tiempo que le toca vivir, ¿quién es Jacopo Sipari di Pescasseroli?

Jacopo sigue siendo un joven que sueña con encontrar la belleza y la armonía en cada instante. Es aún aquel niño que esperaba con ilusión a Papá Noel, que se conmovía ante la nieve cayendo en mi ciudad o frente a los atardeceres de San Juan del Sur, que aún recuerda la magia de su primer beso. Tal vez eso soy: un joven que siempre ha buscado, y sigue buscando, la emoción en todo lo que hace; que no quiere dejar que la vida pase sin que su corazón haya latido cada día, sin que sus ojos hayan llorado, sin que sus manos hayan rozado la belleza. Hay que vivir con la certeza de que, cada día, de cada detalle, se puede extraer algo que nos recuerde que somos realmente el milagro más grande de Dios sobre la Tierra.

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Maestro Jacopo Sipari di Pescasseroli

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