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Ilusión al Centro de la Tormenta
En los años ochenta, en nuestro pueblo pocas personas tenían un aparato de televisión.
Acudía con mi hermano a la casa de un vecino. Allí gustábamos, veíamos, los sábados por la noche algunos de los programas de televisión: Tarzán, Daktari, La Familia Ingalls, El Rey Leonardo, El Hombre Biónico, La Mujer Maravilla, Hawai 5-0, etc.
Mirábamos la televisión en blanco y negro. Es posible que en otras partes algunos tuviesen televisión a colores, pero en el pueblo no se conocía.
Cuando llegábamos, los vecinos estaban encendiendo la televisión. Un familiar de la ciudad se lo había regalado al abuelo de mis vecinos. Fue en su cumpleaños; vinieron un domingo de la ciudad con neveras, comida y regalos. Al abuelo le trajeron la televisión de medio uso. Nunca antes en la casa habían tenido una. En el pueblo mismo se contaban con los dedos de la mano estos aparatos. El abuelo no salía, estaba anciano y enfermo: iba del fondo a la puerta de la casa. Ni al patio le dejaban salir.
Para encender la tele se tardaban hasta una hora: primero encendían el regulador marca Koblenz, luego la televisión, y alguien se situaba detrás del equipo a mirar que encendiera el bulbo. Cuando aparecía un puntito rojo en ese artilugio eléctrico era que la tele tardaría unos minutos más para encender. Si no, había que repetir el procedimiento.
El regulador, según supe luego, era por los altibajos en la tensión eléctrica. Para ese entonces la tele que le habían obsequiado ya estaba, a mi parecer, bastante descontinuada.
En ocasiones se encendía la televisión y la programación no había iniciado: había una imagen congelada de tonos y matices que iba del gris al oscuro, y variadas melodías.
Muchos meses después tuve en la mano un periódico y, buscando la programación de la televisora, leí “Barras de color y música”. Aquellas melodías tiempo después supe eran de Ray Coniff.
Cuando llevábamos algún tiempo de mirar la tele, descubría a mi hermano que se quedaba dormido, quizá porque el abuelo solo quería ver “Música, risas y cosas”, y a la pareja regional de la televisión – Ponso y Chela – y quizá también porque nuestros vecinos tenían una casa con piso de ladrillos que estaban limpios, frescos y cómodos.
En casa el piso era de tierra apisonada. Mamá, al medio día y por la tarde, rociaba agua y lo barría para que no se levantara el polvo.
Nuestra abuela se llamaba Barbaciana. Tenía, anexo a nuestra casa de palma de huano, una pieza: un cuarto con paredes y techo de mampostería, pero no nos dejaba pasar porque decía que ensuciábamos con tierra de nuestros pies el piso de cemento.
Abuela siempre estaba parada y acodada en la ventana del chaflán de la esquina, mirando a cuantas personas pasaran, haciéndoles plática.
Así que casi todo el día estábamos sentados en las piedras de la albarrada caída, o haciendo algo en la esquina como pescar mariposas: atrapábamos una, le arrancábamos un ala, la dejábamos en el suelo y entonces otras mariposas se acercaban y las atrapábamos, luego las metíamos en un pomo y nos pasábamos el tiempo mirando las figuras y las tonalidades de sus alas.
O nos entreteníamos con los juegos que, como los meses y las estaciones, se sucedían durante el año: tinjoroch, kimbomba, trompo, canicas, balero, yo-yo. Otras veces al aro, palillos chinos, bota jinete, y muchas veces tomando y comiendo las frutas de los árboles, especialmente naranjas.
La abuela amarraba latas, ollas agujereadas o sartenes viejos, según ella, para ahuyentar a los pájaros, principalmente al xkolonté, y otros que chupaban las frutas y las dañaban.
Nosotros sabíamos que era una especie de alarma por si subíamos a la mata, o por si desde el suelo sacudíamos las ramas con el jokob o el bajador, al desprender las chinas.
Otras veces, acorreteados por los regaños de la abuela, nos íbamos a mirar a las personas en la estación de trenes.
En el pueblo, por las tardes o noches había tres o cuatro lugares donde podíamos ir a pasar el tiempo: la entrada de la iglesia, los billares, el parque, y los corredores del Palacio Municipal.
A la entrada de la iglesia íbamos, antes o después de la misa de seis, a mirar quiénes entraban o salían. Solo eso: a mirar.
En los billares nos parábamos alrededor de la única mesa de franela verde a observar y desentrañar en qué iba el juego, o en la parte de atrás para mirar los juegos de cartas, dominó o cubilete. De esta parte casi siempre nos expulsaba el dueño o el encargado, tomándonos con delicadeza de las orejas o a empujones en la espalda mientras nos señalaba, con voz cual espada flamígera, “que no eran juegos para nosotros, pues ya de por si éramos vagos.” Nos dejaban en el umbral.
Desde ahí se observaba el ojo luminoso y parpadeante de la tele del Palacio Municipal. Entonces atravesábamos la plaza y nos acercábamos a mirarla.
En ella estaba fijo el canal estatal. Allí solo pasaban noticieros y juegos de béisbol.
Los adultos se sentaban en una banca pintada de verde que no ocultaba las vetas de la madera. Los muchachos se sentaban en el piso.
Alzábamos la cabeza y la mirada, y así nos pasábamos los minutos y las horas, mirando por mirar la tele y por mirar algo ajeno a la monotonía del pueblo.
Mucho después Don Lalo, el dueño de la bonetería, compraría una televisión a colores portátil. Cuando retornábamos de vuelta a la casa había hasta veinte personas mirando aquella televisión que resplandecía y relumbraba en las pupilas fascinadas de los que observaban.
El aparato estaba en un rincón, al fondo de la sala. Don Lalo y su hermana, una mujer mayor de andar trabajoso y pesado que todo el tiempo tejía, estaban sentados en la puerta de su casa-negocio en sendas mecedoras, mirando las telenovelas. Enseguida se apostaban varios niños en cuclillas, algunas muchachitas – casi niñas – con sus hermanitos en hetzmek, a horcajadas; luego algunos vecinos que vivían en las afueras del pueblo, donde no llegaba el tendido eléctrico.
A veces entraba al negocio a mirar lo que allí se expendía.
Cuando alguien entraba, Don Lalo se levantaba y los atendía vendiendo agujas, un pedazo de encaje, algunos metros de tela, un vestidito, un fondo.
Durante meses, mientras mi hermano miraba la TV, entraba y me quedaba mirando el interior de un frasco de plástico donde reposaban varios relojes de plástico con sus brazaletes de trapo.
Mi madre decía que lo que no era de oro o plata, era de fantasía, que era de pura ilusión.
Los miraba y me imaginaba cómo se vería uno en mi muñeca. Además, ideaba cómo lo podía tomar sin que Don Lalo o su hermana se dieran cuenta o notaran que faltaba un reloj.
Quería y apretaba bien los ojos para que se fuera la energía eléctrica, aprovechar la oscuridad y apropiármelo.
Sabía cuantos pasos había de la puerta hasta el aparador.
Una noche, primero hubo una tormenta eléctrica, luego se desató un intenso ventarrón y consideré que era el día de mi suerte.
Dejé a mi hermano en el palacio y acudí a toda prisa al negocio. Había el número de gente de siempre. Me ubiqué detrás de ellos.
Un instante después, el pueblo quedó en la absoluta oscuridad, como si fuera el inicio de los tiempos terrenales cuando los espíritus vagaban. Entré a la tienda, hice la acción de destapar el pomo de plástico, pero enseguida comenzó un intenso chubasco.
Los que estaban mirando la televisión se dispersaron, pero la mayoría entró y me empujaron al fondo.
Don Lalo, con voz pausada, queda y tranquila, dijo: “Pasen, no se preocupen. De un momento a otro regresa la luz y pasa la lluvia. Luego seguimos viendo la TV.”
Alguien encendió un foco de mano, otro una vela, Don Lalo el quinqué. Se nos quedó mirando, con una sonrisa casi idiota en los labios, mientras decía: “Nunca había tenido tanta gente en la tienda.”
La voz de mujer surgió de algún lado y dijo: “Aunque no le vamos a comprar nada.”
Juan José Caamal Canul





























