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CHUCHO EL LOQUITO
(Relato de la vida real)
La anciana de cabello cenizo, con surcos en el rostro arados por el tiempo y encorvado el cuerpo, depositó en su pañuelo blanco uno a uno, los últimos residuos de carne triturada que quedaron adheridos sobre los rieles del tren después de que la ambulancia del forense levantara el cuerpo desmembrado de su hijo Chucho, apodado “el loquito” por los vecinos del barrio.
Chucho el loquito era un adolescente con quien la naturaleza había sido egoísta. No le había dotado con la inteligencia suficiente para enfrentar con éxito los problemas complicados de la existencia. Sin embargo, él era feliz en su mundo. Ayudaba en los quehaceres domésticos, ganaba algún dinero haciendo mandados que le encargaban las señoras, llevaba bien sus cuentas y era exacto con la entrega de las notas y la devolución de los cambios.
Cuando la feria se instalaba en el parque cercano, era el primero en subirse al carrusel; compartía las alegrías con otros niños…que no eran como él. Reía, reía, montado en un caballo de madera pintado de colores que subía y bajaba, moviendo al ritmo de la música su cuerpo grande de muchacho que disfrutaba de eterna infancia.

Cuando pequeño, su madre le llevó a la escuela. Aunque admitido breve tiempo, fue dado de baja por la incomprensión del maestro y la mofa de sus inocentes crueles compañeros, que comenzaron a llamarle “Chucho el loquito”. Desde entonces deambuló por las calles cumpliendo con los mandados, también jugando por la tardes con los niños de la vecindad. Con el paso de los años, Chucho se convertía en adulto. Cada vez más se acentuaba la incongruencia de su apariencia física con su espíritu infantil.
Chucho tenía una afición cotidiana: corría hasta más no poder detrás de los autobuses que pasaban por las calles aledañas al parque, y pasaba buena parte de la mañana toreando con un trapo a modo de capote los vehículos que casi lo atropellaban, ante las burlonas risas de los transeúntes. “¡Miren, ahí va Chucho el loquito otra vez!”, exclamaban divertidos por la riesgosa hazaña.
También gustaba Chucho de poner la oreja sobre los rieles del ferrocarril, para escuchar de lejos la vibración de las ruedas del tren que veloz se aproximaba. Los maquinistas se daban cuenta de que alguna persona obstaculizaba la vía y hacían sonar repetidas veces el silbato de la locomotora. Con el rostro alterado de emoción Chucho, muy ufano, se incorporaba apenas a tiempo para correr con la locomotora singular competencia riendo a carcajadas, agitando frenético los brazos, hasta que el ferrocarril se alejaba con el maquinista complaciente que le decía adiós. No perdía oportunidad de practicar su deporte favorito: tratar de ganarle al tren.
Un día, en su ilusoria carrera cayó entre las ruedas con trágicos resultados. La ambulancia recogió los diseminados restos. La anciana madre vestida de luto completó la tarea. Con su pañuelo teñido de rojo, acongojada, volvió a su casa.
Depositó como ofrenda en el altar de un Cristo predicante los despojos del hijo. Cerró los párpados, musitó una oración…
La tenue luz de una vela en la penumbra iluminaba una inscripción al pie de la imagen del Nazareno: ¡BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS SERÁ EL REINO DE LOS CIELOS!
César Ramón González Rosado
Mail: crglez36@yahoo.com.mx





























