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Fuentes de la memoria

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José Juan Cervera

Es preciso irrigar la memoria con aguas que fluyan vigorosas para afianzar el sentido esclarecido de los procesos sociales y de los valores ligados con ellos. El acopio de testimonios fehacientes y la recreación de su significado varía con la experiencia individual y con el alcance colectivo de las ideas que compiten para asegurar espacios de influencia y predominio. El poder y el conflicto están presentes en el núcleo y en los márgenes de la cultura, en las prácticas que la conforman y en las expresiones que derivan de ella.

El nacimiento de un periódico es resultado de propósitos definidos, aun cuando en algunos casos no se perciban con la nitidez suficiente para reconocer sus motivaciones de fondo. El Diario del Sureste apareció, inequívocamente, como un proyecto emanado del espíritu de la Revolución mexicana, y por ello inició sus ediciones en una fecha conmemorativa: el 20 de noviembre de 1931. El suyo fue un contexto de agudo enfrentamiento entre fuerzas políticas, de adversidades en el plano económico, y de una urgente necesidad de fijar posiciones ante los problemas del país y de Yucatán. La prensa tradicional en la entidad se había fijado la meta de imponer su criterio y sus intereses en el ánimo de la población, y la inmovilidad no era el recurso indicado para acometer este desafío.

Es notable que el ingeniero Joaquín Ancona Albertos haya sido su primer director, porque su trayectoria profesional y su proyección cívica lo dotaron de una amplia solvencia ética que, con el paso de los años, cuando ocupó la rectoría de la Universidad de Yucatán, fue objeto de ataques injuriosos tramados por adversarios ideológicos que lograron removerlo del cargo, orillándolo a abandonar su tierra natal, donde hasta 1963 fue distinguido con la medalla Eligio Ancona. Sin embargo, su nombre todavía no ha sido reivindicado del todo de la maledicencia que se volcó contra él por representar el ala progresista de la sociedad yucateca.

Un conocimiento sólido de los acontecimientos históricos requiere discernir versiones encontradas que sobre ellos se ofrecen; es necesario recurrir a fuentes confiables e hilvanar con ellas una apreciación dinámica del ser social y de los fines que persiguen los ciudadanos transmitiéndole vitalidad. El enfoque crítico y la mirada suspicaz son indispensables para observar el entramado de sus caracteres. La historiografía identificada con los sectores del conservadurismo tiende a rebajar el advenimiento y el desarrollo del Diario del Sureste, pero en cambio los patrocinadores de aquella se congratularon de su desaparición, propiciada por ellos.

El libro Diario del Sureste, setenta años de historia (Mérida, Ateneo del Mayab, 2014) compila textos útiles para ponderar la importancia de un medio que, pese a haber nacido al cobijo de instancias oficiales, dio cabida a hombres y mujeres que fueron excluidos o menospreciados por la prensa en servicio de la oligarquía local a lo largo de sus cambios de nombre a partir del último tercio del siglo XIX, la misma que hoy ostenta longevidad enarbolando su inveterada vocación oscurantista y su carencia de escrúpulos.

El afán de sintetizar siete décadas del Diario del Sureste se refleja en una selección de escritos de años diversos que aportan datos básicos y recrean los ambientes sucesivos por los que transitó el rotativo, el cual vio el final de sus días en 2003, como resultado de una ominosa maniobra de sus enemigos políticos. Un decenio después pudo resurgir de una forma modesta en calidad de semanario alojado en un portal electrónico que los defensores de su memoria crearon para honrarla con elementos nuevos y recursos limitados, pero efectivos.

El volumen contiene una oportuna introducción del contador público Luis Alvarado Alonzo, en la que traza una línea de continuidad simbólica entre el grupo de liberales sanjuanistas que a principios de la centuria decimonónica se organizaron en torno a la figura de Vicente María Velázquez, clérigo de avanzada que habitó el predio 532 de la calle 60 de Mérida, donde después se establecieron las oficinas y los talleres del diario fundado un 20 de noviembre. Hace recuento de logros y contrariedades que experimentó este órgano informativo. Así, por ejemplo: “En su fase de vida 1995-2000, nuestro apreciado periódico ya iba rumbo a su equilibrio económico. Un 51 % de su ingreso era propio, no de fuentes oficiales, que entonces cubrían suscripciones, trabajos de imprenta que requerían, impresión de libros, etcétera… Los talleres se abrieron a la competencia en calidad y precios, oportunidad y servicios de impresión, que incluyeron textiles y hasta lápices.”

El libro reúne ensayos evocativos y analíticos de autores como Roldán Peniche Barrera, quien refiere las contribuciones de algunos intelectuales yucatecos en las páginas del suplemento cultural del diario; Conrado Menéndez Díaz rememora los primeros años de la empresa editorial, y Arturo Menéndez Paz propone un acercamiento diacrónico a ella. Un texto de Oswaldo Baqueiro López expone con mayor detalle su acontecer histórico y brinda una lista completa de sus directores (de los que él formó parte), con breves comentarios acerca del desempeño de cada uno. La edición se complementa con un anexo fotográfico y otros materiales que ayudan a aquilatar los valores profundos que encarnó el Diario del Sureste.

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