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Escultura griega

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El Detective Marsten observaba de pie la escultura frente a él. Le recordaba a las estatuas griegas de los dioses olímpicos. No sabía mucho al respecto, pero le pareció que en eso se basaba. La estatua no tenía nada de especial: Un hombre desnudo, erguido, en una pose de reflexión, con una mano en la barbilla y la otra en la cintura, como pensando en alguna enseñanza platónica.

A los pies de la obra estaba el cadáver de su creador, Julio Vaillard, un escultor de segunda cuyo nombre apenas era mencionado en una que otra revista cultural de la ciudad. El difunto era delgado, con un revoltijo de pelo negro largo, andrajoso, vestido con solo una camisa gris y un pantalón caqui. Se había cortado las venas de la manera correcta, no en esa estúpida manera en que los adolescentes llorones logran joderse las muñecas y visitan el hospital haciéndose las víctimas, sino cortando diagonalmente de arriba hacia abajo. La sangre había corrido por todo el piso del museo.

– “¿Quién estaba de guardia?” –preguntó a una joven mujer sentada en una silla detrás de él. Tenía una taza de café entre las manos y sus ojos estaban rojos e hinchados por la larga noche y el llanto que siguió al pánico que había sufrido cuando descubrió el cuerpo. Un enfermero le dio algo para los nervios y ahora estaba completamente entumecida ante lo que le pasaba alrededor. La mujer no dejaba de mirar el cuerpo, el cual aún no había sido cubierto hasta que llegara el forense e hiciera su trabajo.

Marsten no entendió al principio por qué lo llamarían por un caso de suicidio. Cuando el jefe de la policía le habló de las notas que encontraron supo que tendría una larga noche por delante.

Se acercó a la mujer. Al parecer no lo había escuchado o no quería escucharlo. Seguía con la mirada clavada en el cuerpo sin vida, rodeado por un círculo carmesí que empezaba a oscurecerse.

–“Señorita Cristina…”

La mujer dio un respingo cuando vio al detective frente a ella.

– “Lo siento…” dijo ya un poco más calmada–. “Dios…Yo… Era yo la única aquí cuando descubrí el cuerpo…”

Marsten notó que le costó decir la palabra “cuerpo” al referirse al occiso. Era obvio que lo conocía.

–“Además de mí está el guardia nocturno, pero él estaba en la oficina de atrás. Había terminado su ronda antes de cerrar el museo y me dijo que había dejado abierta la puerta del frente, para que saliera como siempre…”

– “¿Siempre la dejan abierta?”

– “Sí, es decir, nadie viene a esta hora y no mucha gente pasa por la entrada del edificio.”

Marsten gruñó, sin decir con ello si la juzgaba o la entendía.

– “El guardia entonces fue a hacerse un café y unos diez o quince minutos después yo salí de ahí. Vi la luz encendida de la sala de exhibición y noté algo rojo en el suelo…”

– “Hablé con el guardia. Me dijo que no había visto la luz encendida al hacer su ronda, por lo que creemos que la víctima debió haber entrado cuando el guardia se encontró con usted en la oficina.”

– “Puede ser…” –dijo ella. Sonaba ahora más cansada– “…aunque no tengo idea del por qué…”

– “¿Conoce usted a Félix Amarante?”

El rostro de la chica cambió de repente. Ahora tenía toda la atención del detective. Este fingió que no lo notó y se acercó a los papeles que se encontraban en la mesa que el forense estaba usando para sus muestras.

– “Félix es, bueno, era un miembro de la junta del museo y fue uno de los artistas del museo, había toda un ala dedicada a sus obras el año pasado. Era pintor…”

– “¿Era?” –dijo el detective mientras se ponía unos guantes–. “¿Se retiró?”

– “No, él…desapareció hace unos meses. Fue reportado por su hermano hace un tiempo ¿Acaso la policía no lo sabe?”

– “No es nuestro departamento.”

Marsten tomó las hojas de lo que parecía ser un viejo diario. Aún estaban manchadas de sangre, la mayor parte seca y coagulada.

– “¿Sabe qué es esto?” –preguntó, alzando el diario cuyas hojas sobresalían en montones.

– “Sí”

Marsten no esperaba esa respuesta.

– “Son solo unos jodidos diarios que Julio había comprado de un amigo suyo de Europa. Un montón de falsedades que alguien debió haber comprado en un mercado de curiosidades para engañar turistas.”

– “¿Cómo sabe que es falso?”

– “Léalo. Son un montón de idioteces acerca de una forma perdida de ‘arte’ de los griegos que parece sacada de una película snuff. Julio estaba obsesionado. Decirme de qué se trataba fue más que suficiente para saber que era falso. Más de una vez le pedí que me lo prestara para autenticarlo, pero nunca dejaba que nadie que no fuera él lo tocara. Si esa no es prueba de que no quería que nadie supiera que era falso, no sé qué más lo sería.”

– “¿Entonces usted nunca lo leyó?”

– “Bueno, no… ¿Qué tiene que ver el diario y Félix con todo esto?” –dijo Cristina con un tono de voz que mostraba su exasperación y frustración.

– “Pues, además del hecho de que estaba en posesión de la víctima cuando se suicidó, el nombre de Félix está escrito en él, junto con otras cosas. Parece que la víctima lo utilizó para registrar algunas cosas personales.”

– “Yo no…”

Cristina fue interrumpida cuando apareció una figura familiar que se detuvo a hablar con los policías que lo impidieron el paso. Apuntó a Cristina y los policías lo dejaron pasar. Era el dueño del Museo, y también el padrino de Cristina.

Se abrazaron y él le preguntó si estaba bien. Ella respondió con nuevas lágrimas en los ojos.

El detective aprovechó leer algunas páginas del diario.

En algunas hojas, Julio hablaba del diario, adjudicando su propiedad a Camille Claudel, una famosa escultora francesa conocida por haber ayudado al escultor Auguste Rodin a crear la famosa escultura “Las Puertas del Infierno”.

En el diario, Camille describía enseñanzas que Rodin le confesó que conoció en un sueño en el que surgió la idea de la escultura. Según Rodin, estas enseñanzas fueron impartidas a muchos otros artistas en el pasado; cuando investigó, encontró pruebas de que este “arte perdido” provenía de la Antigua Grecia. Adquirió entonces varios escritos de diferentes escultores y sus propias versiones e interpretaciones de la técnica. Recopiló la información y la registró en el diario.

Según Rodin, se desconocía al creador de esta técnica, aunque se sabe que el famoso escultor griego Fidas la usó primero; luego fue aplicada por el gran Miguel Ángel de quien se dice recibió la técnica de “ángeles del dolor” que le agradecieron “mostrar la gloria eterna” en la bóveda de la Capilla Sixtina. El rastro terminaba con Marco d’Agrate y su “San Bartolomé Desollado”. Aquí la historia se vuelve confusa, para terminar con la afirmación de Rodin de que d’Agrate logró encontrar el “otro éxtasis” antes que cualquiera.

Rodin creó sus esculturas usando esta técnica, pero nunca se atrevió a dar el último paso, pues requería un sacrificio muy personal. Claudell recibió el diario de Rodin con la encomienda de alejarlo de los ojos del mundo, aunque no sin antes darle una mirada y aplicar los conceptos en la creación de algunas de sus propias obras, que nunca llegaron a pasar de la primera etapa de la técnica.

Seguía la descripción de la llamada “Técnica Perdida” que dio al detective bastante en qué pensar mientras la leía. Lo primero que le vino a la mente mientras lo hacía fue el libro de “Los 120 Días de Sodoma”, que leyó cuando era apenas un adolescente. No fue una experiencia agradable.

La primera parte indicaba cómo preparar los materiales y los lugares en donde se debía trabajar, así como las herramientas a usar. Mencionaba cosas extrañas, como picas hechas de huesos de niños, martillos usados por soldados romanos para clavar a los prisioneros que crucificaban, masa hecha de semen y sangre de recién nacido, etc. Aparte de eso, era un simple instructivo para la preparación de esculturas.

Era la segunda parte donde todo se ponía divertido. Solo se podía describir como las instrucciones para una tortura o muerte lenta. Como en la novela de Sade, era todo demasiado descriptivo y meticuloso. Ahora que era un adulto con experiencia en tratar con lo más pútrido de la sociedad, incluyendo presenciar ejecuciones en vivo, seguía haciéndolo sentir incómodo.

Decidió saltarse la última parte e ir directo a la sección en que Julio escribió sobre sí mismo. No era mucho, solo unas cuantas anotaciones acerca del diario mismo y los experimentos que había llevado a cabo intentando replicar la técnica. Luego todo cambiaba a una parte donde hablaba de una lista de “candidatos”, varios nombres estaban en ella, la mayoría tachados, pero solo uno estaba rodeado por un círculo: Félix Amarante.

El detective dejó de leer cuando notó la presencia de Cristina de nuevo a su lado. Bajó el diario y la miró, ahora un poco más tranquila que antes.

– “Mi padrino fue a buscar su coche para llevarme a casa. ¿Necesita que le conteste más preguntas antes de que me vaya?”

– “Podríamos contactarla si necesitáramos algo más. Por el momento quisiera saber lo que sabe de este Félix.”

– “Era un sujeto desagradable, por lo que escuché…Lo conocí brevemente, antes de su despido. Escuché que era bastante excéntrico, le gustaba practicar arte experimental, ya sabe: pinturas con sangre, lienzos hechos de pintura que vomitaba, ese tipo de mierda…”

– “¿Fue despedido por eso?”

– “No. Él era parte de la Junta de Gobierno, posición solo por ser hijo de uno de los patrocinadores del museo. Dejaba constantemente sus obligaciones para realizar sus obras y viajar a varios lugares de Sudamérica, para experimentar con hongos y otras drogas que le proporcionaban “inspiración”, según él. Eventualmente, la Junta lo sacó. Poco después de eso, desapareció.”

– “¿Cuál era su relación con Julio?”

– “Se veían ocasionalmente. Creo eran socios fundadores de una escuela de arte en la ciudad. Honestamente, no lo sé.”

El detective miró las hojas una vez más. Sentía que en ellas había algo, aún no sabía qué. La nota lo molestaba, Julio había dejado atrás eso en vez de una carta de suicidio. Eso le parecía extraño.

– “¿Hay algo que me pueda decir de la estatua?”

– “No mucho” – respondió Cristina. Dirigía su mirada a la estatua, esforzándose para no ver el cuerpo a unos metros de esta–. “Fue una de las últimas creaciones de Julio para el aniversario ochenta del museo, el mes pasado. Fue la última noche que lo vi.”

El detective se acercó a la estatua. Aún tenía el diario en la mano. Iba a hablar cuando Cristina se le adelantó.

– “No me pareció que Julio se comportara de manera inusual ese día. Observó la estatua toda la noche, sin hacer caso a los invitados. Lo había hecho antes, siempre poniendo más atención a sus trabajos que a la gente a su alrededor. Aunque escuché algunos rumores.”

– “¿Rumores?”

– “Como que Félix y Julio eran amantes.”

Cristina se sobresaltó cuando un flash de luz de una de las cámaras del personal forense fotografió el cuerpo de Julio. Cerró los ojos y se puso una mano al rostro en un intento de tranquilizarse.

Marsten decidió que ya era suficiente.

Estuvo a punto de decirle a la joven que se podía retirar. Sus ojos se posaron en una página del diario. Era la ejecución final de la técnica, muy ambiguo y surreal. Marsten no pudo evitar pensar en las drogas que Cristina mencionó que Félix consumía. ¿Y si le diera algunas a Julio para que las usara mientras leía y ponía en práctica las instrucciones?

Si eso era posible, entonces la parte final de las instrucciones pudiera tener sentido para una mente bombardeada con hongos y psicodélicos, y enferma.

Las apenas perceptibles líneas escritas y manchadas con sangre estaban apuntadas al costado de estas últimas instrucciones:

Lo hice por ti. Cuando desperté y vi lo que hice, me quedé sin aliento… Sentí que me ahogaba…aun me ahogo… Duele mucho, mi amor… Pude hablar la Cuarta y Tercera Lengua y dibujar el Sigilo de Agonistes, el mismo que las Bacantes escribieron en el Monte Vesubio… Lo hice… Ahora serás uno con lo que siempre soñaste…

Más abajo algo había sido escrito recientemente.

Lo siento… No puedo… No puedo.

Debajo de esta anotación había un símbolo extraño que no era familiar al detective.

Entonces se dio cuenta.

En la base de la estatua había sangre, justo entre los pies de la estatua. Levantó la mirada y vio una medialuna de sangre a medio terminar con lo que parecía una cresta en el medio. ¿O era la mitad de un rostro? Lo que fuera, era evidente que Julio intentó dibujar en la base de la estatua el mismo símbolo registrado en las notas, pero se desangró antes de terminarlo. ¿Por qué?

El detective giró su rostro para ver al padrino de Cristina con una chaqueta para su ahijada, preparándola para irse de ahí. Miró de nuevo el sigilo de sangre y, contra toda ética profesional, tocó el símbolo con un dedo enguantado, cerrando el círculo de sangre.

Luego vino el grito.

Marsten tuvo apenas tiempo de quitarse de en medio. La estatua cayó frente a él, provocando un estruendoso sonido al chocar con el suelo. Lejos de romperse, mostró cuarteaduras por todas partes…y de estas surgieron torrentes de sangre rojo-oscura. La figura de yeso se arrastraba a un lado, ignorando a los aterrorizados forenses y policías.

El detective por instinto sacó su arma y se interpuso entre la cosa y Cristina, quien estaba tomada del brazo de su también asustado padrastro.

La estatua continuó arrastrándose hasta llegar junto al cuerpo de Julio, tratando de tocar su rostro con una de sus manos.

Pareciendo darse cuenta de que su mano estaba hecha de piedra, la estatua entonces miró sus dos manos y tocó su propio rostro. En el siguiente instante, su mano formó un puño de roca sólida. Lo llevó hacia su cara con fuerza y rapidez, creando más fisuras.

Continuó golpeando su cabeza una y otra y otra vez. Finalmente, tomó los pedazos colgantes de yeso de sus mejillas, tirando de estas, revelando músculos y venas sangrientas, húmedas y palpitantes.

La estatua emitió lo que pareció un grito antes de desplomarse. No se movió más.

Entre los gritos de los policías y la gente que llegaba, atraída por el alboroto, Marsten miró a la estatua directo a los ojos…

…para toparse con la mirada de Félix Amarante.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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