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Entre Candiles y Oscuridades

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Editorial

Editorial 06.12.16_portada

Entre Candiles y Oscuridades

Nuestros abuelos, entre sus mil y una experiencias de vida, sembraron en nuestra generación una máxima que es parte de la enseñanza de los antiguos para transmitirnos ideas sobre formas dignas de vivir y convivir. De sus labios escuchamos en muchas ocasiones que no deberíamos ser candiles de la calle, aludiendo a que el brillo de luces en la vía pública no iba en congruencia con la carencia de ellas, así fuera una vela o un quinqué, en nuestras modestas viviendas. Ser luz para la calle, y oscuridad en las casas, es ejemplo de la incongruencia entre lucir y aparentar en público lo que no se tiene, de lo que se carece en lo privado.

Así, cuando nuestros políticos explotan de patriotismo para execrar al nuevo presidente electo Trump cada vez que menciona que pagaremos por un muro entre su país y el nuestro, a fin de evitar el paso de indocumentados y el trasiego de drogas, caemos en esa falla humana que nos señalaban nuestros ancestros: ser candil o luz de la calle y oscuridad en nuestra casa nacional.

Y decimos lo anterior al enterarnos de que el costo estimado de tal obra a realizar sería de unos 18,000 millones de dólares, suma que se nos convierte en astronómica para los que vivimos en moderación y/o pobreza, aún por encima de los menos afortunados quienes, a partir del día primero del año por venir, disfrutarán de un aumento en su salario mínimo de menos de tres pesos diarios.

Pero, analizando cifras en sentido macro, que no micro, estamos obligados a reconocer que la suma del famoso muro a edificar es muchas veces menor a las “buscas o aprovechamientos” de exgobernadores que no han gastado en muros, pero sí en complejas edificaciones para acumular agua para uso particular, en la compra de residencias, condominios o bienes en el extranjero, inversiones en paraísos fiscales, barcos, aviones, en la adquisición de artículos de lujo, joyas, etc., etc., exgobernadores, políticos o asociados en negocios turbios, malversando recursos económicos que han sangrado de las arcas públicas, siempre pródigas para el latrocinio, reconocido y protegido por un grueso manto de impunidad.

Y si a eso se agrega el saqueo de nuestras riquezas naturales como el petróleo, oro, plata, etc., saqueados o entregados a grandes transnacionales que ahora, como desde hace más de quinientos años, continúan trasladándolos a sus países en el extranjero, de igual manera a como lo hicieran en muy pequeña escala los “conquistadores españoles”. Toneladas de metales preciosos o estratégicos son extraídos de nuestras minas bajo esquemas fiscales de pagos mínimos, o mano de obra sobreexplotada de miles de sufridos trabajadores mexicanos, víctimas de una esclavitud modernizada.

Entre gobernantes corruptos, para fines inconfesables, se mueven y transitan recursos para construir, no uno, sino muchos muros. El mayor de ellos que crece día a día es el de una inmoralidad galopante, el jugueteo de las leyes, las alianzas entre fuerzas oligárquicas.

Nuestro pueblo se ha ido habituando a vivir en la oscuridad, viéndola hasta como una manera de protección ante esta enorme ola de contaminación moral que nos rodea.

Que no nos asombren, pues, las actitudes patrioteras, porque son falsas o de simple pose política o fotográfica.

Alguna vez un presidente mexicano, al inicio de su mandato y desde su precampaña política, acuñó una frase: “LA SOLUCIÓN SOMOS TODOS”. El vulgo, como observador de siempre y juez de las acciones públicas, lo cambió y ajustó hace mucho tiempo, pasando a la historia como: “LA CORRUPCIÓN SOMOS TODOS”.

Esa es la realidad actual, con Trump o sin él.

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