En los tiempos del agua quebrantada…

By on septiembre 20, 2019

César Ramón González Rosado

Entonces la tía Nila llamó a sus dos pequeñas hijas para el baño acostumbrado con agua puesta a calentar al Sol.

–Conchita, Charito… Vengan, el agua ya está “quebrantada”; apúrense, antes de que se enfríe.

La tía Nila desde muy temprano había puesto numerosas cubetas con el vital líquido al Sol, y por la tarde lo vaciaba en dos palanganas de peltre para el baño cotidiano de sus niñas.

En aquellos tiempos, aunque ya existían, los artefactos de gas o de electricidad de ahora para  calentar el agua no se usaban por todas las familias en Yucatán. En realidad no se necesitaba, pues el fuerte calor del Sol era suficiente para ponerla en condiciones de un delicioso baño en palangana, sentados en un banquillo, y con una jícara echarse el agua

El problema era cuando el mal tiempo cubría de nubes el Sol y entonces, por mucho que esperara, el agua no se calentaba lo suficiente. No le quedaba más remedio a la tía que ponerla en la estufa de petróleo morado, algo que no era de su agrado pues llenaba de hollín las cubetas.

El tío Beto, su esposo, de oficio zapatero, le compró una estufa de petróleo morado para que se modernizara, pero ella prefería usar carbón. Por las mañanas pasaba don Pedro con una carreta y su cargamento de negro combustible, tirada por un burro y Nila compraba para las necesidades de la cocina.

–Tienes que aceptar, Nila, los nuevos aparatos domésticos de estos tiempos modernos –decía el tío–. Y pronto voy  aponer una regadera con calentador de petróleo para que se bañen las “chiquitas”. Ya no tendrás que esperar tanto tiempo para “quebrantar” el agua.

Todos los días, a temprana hora, pasaba el chivero con su rebaño que regaba canicas verdes en el pavimento, vendiendo leche para el desayuno. Presurosa salía Nila a la puerta de su casa cuando escuchaba el tintineo de los cencerros de las cabras.

El chivero ordeñaba dos o tres y llenaba un pichel con el espumoso lácteo para el desayuno de las niñas antes de que fueran a la escuela, situada en el Palacio Cantón del Paseo de Montejo.

 Era la escuela Hidalgo que se hospedaba en ese majestuoso edificio construido por el General Francisco Cantón, personaje de la historia de Yucatán que fue gobernador del estado a finales de siglo XIX y que gastó su fortuna para construir tan bello palacio.

Así, durante varios años, las costumbres ancestrales perduraron en la casa de la tía Nila y el tío Beto, con sus dos niñas, y el baño de “agua quebrantada” se convirtió en un ritual durante ese tiempo.

 Pero las niñas crecieron y se convirtieron en muchachas que se graduaron en alguna profesión. Comenzaron a ganar dinero con su trabajo. Entonces sí que cambiaron las cosas, aunque el papá ya había hecho algunos adelantos como agua corriente y regadera en el baño, a pesar de la resistencia de Nila.

Compraron una estufa de gas butano, un refrigerador substituyó a la carcomida hielera de madera que todos los días era abastecida por el vendedor de hielo que pasaba por las mañanas también en una carreta. Una aspiradora facilitó la limpieza de la casa y las escobas de “chilibes” cambiaron a las de plástico,

 La licuadora mandó el molcajete y el metate al lugar de los triques, o bien se siguió usando de vez en cuando, por la resistencia de Nila.

 El frijol colado dejó de hacerse “yaách” en los coladores de hoja de lata que se compraban en el mercado municipal y entonces se “molió” en la licuadora, por lo que siguieron siendo indigestos.

Un moderno calentador entibió a gusto el agua fría de la regadera y otros artefactos domésticos facilitaron las labores cotidianas del hogar.

Pero eso sí, lo único que perduró fue el “agua quebrantada” en palangana para el baño de la tía, pues ella lo prefirió hasta el fin de sus días, porque así le gustaba y “porque era mejor para la salud”, según decía.

One Comment

  1. Max Burillo

    septiembre 30, 2019 at 5:03 pm

    Tiempos de energías renovables e iniciamos a combatir al planeta en aras de nuestra comodidad. Gracias César.

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