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El Método del Torturador
(IV)
En el mismo momento en que el corazón de Jorge Pech era ofrecido, y la última palabra de la plegaria del torturador fue emitida, Chela sintió un intenso dolor en los ovarios que fue subiendo hasta depositarse en su cerebro.
“Algo malo sucede”, pensó. Su familia adoptiva, viendo su cara de preocupación, le preguntó si se sentía bien. “No es nada”, respondió de manera poco convincente. Su abuela Estebana, con la experiencia de sus años, presintió que la razón por la cual esta mujer rubia les había sido regalada por los dioses pronto habría de develarse.
Chela, que así la llamaron debido al color de su piel y de su cabellera, apareció vagando por los montes cercanos a Chichén Itzá, después de una tormenta eléctrica que todos los pobladores de Pisté y de X-Calakoop aún recuerdan. Las nubes de aquella tarde se comunicaban, orquestando una sinfonía de colores, mientras adoptaban formas lenticulares y se desplazaban. El clímax de esa jornada fue una descarga eléctrica – o al menos eso pareció – que cayó sobre el Castillo de Chichén Itzá.
Pocos momentos después, Chela apareció caminando por entre la selva baja que rodeaba la zona arqueológica: una niña descalza que aparentaba tener dos años de edad, completamente desnuda, de piel casi translúcida, confiadamente buscando contacto.
Doña Estebana Ek fue la primera en verla. “¡Jesús, María y José, niña, te vas a enfermar!”, exclamó mientras la cubría con su rebozo. Después de reportar el suceso a las autoridades municipales – para que localizaran a los padres de la nena, labor que resultó un calvario burocrático que además resultó infructuoso – decidió quedársela y crecerla con su familia.
De eso habían transcurrido ya cinco lustros. Chela se había adaptado a la vida de la familia, aprendiendo perfectamente la lengua maya, además del español y otros idiomas. Era de naturaleza observadora e introvertida, y los animales silvestres y los del patio parecían apreciarla. Hasta parecía que se comunicaban, a juzgar por la facilidad con que la obedecían, y por la manera en que ella sabía el instante preciso en que alguno de ellos aparecería solicitando agua o alimento.
La familia Ek se sostenía gracias a la venta de panuchos y salbutes en Pisté, y Daniel Ek – el hijo mayor de doña Estebana – era guía de turistas en Chichén. Estos eran los ingresos con los que se mantenían.
Chela acompañaba a su trabajo a “papá” Daniel en ocasiones, y lo escuchaba atentamente mientras explicaba a los visitantes los orígenes de lo que veían, orgulloso de sus predecesores, mientras presumía las leyendas de la grandeza de esa raza, lo avanzada que era su ciencia astronómica, y la influencia que había tenido sobre tantas otras culturas.
Chela escuchaba a los turistas extranjeros comunicarse, e intuitivamente fue relacionando palabras y expresiones con lo que veía en su accionar. Como resultado, antes de cumplir 10 años entendía perfectamente alemán, inglés, portugués, italiano, japonés, chino y ruso. Pero no lo decía a nadie, por temor a que fueran a burlarse de ella. Aquello que el hombre no comprende, o no conoce, lo diseca para investigarlo.
Su educación se limitaba, a los ojos de los demás, a la que recibía en las escuelas públicas de Pisté, y debido a ello era imposible que ella supiera lo que sabía. Dotada de una preclara inteligencia, pronto Chela Ek comprendió que era mejor fingir ignorancia que tratar de corregir a tanta gente que estaba tan equivocada.
En similar manera, a partir de su primera menstruación, fue capaz de leer e interpretar estelas mayas. Las inscripciones que observaba en los sitios arqueológicos a los que acompañaba a su “papá” Daniel le contaban secretos que muchos ni siquiera se imaginaban. Las profecías hablaban de una confrontación entre poderes primigenios, entre el bien y el mal, “alrededor del último día del baktún decimotercero”.
Poco a poco fue entendiendo que su presencia por esos rumbos obedecía a un plan superior, uno que desconocía del todo, pero en el que jugaría un rol trascendental. Consciente de todo esto, evitó desposarse, a sabiendas de que vendrían tiempos difíciles, y de que una familia le impediría cumplir con la labor que sentía le había sido encomendada.
Transcurrieron 10 años más y esa tarde, mientras atendía a los animales de patio, y platicaba con su abuela Estebana, su rostro palideció.
Chela Ek sabía que su labor estaba comenzando…
[Continuará]
Gerardo Saviola y Ricardo Pat





























