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Cuatro monumentales letras en impactante color rojo fueron el atractivo visual que, como imagen memorable, dio la bienvenida en la entrada principal del recinto de la FILEY, Feria Internacional de la Lectura en Yucatán. Las letras L y O encima de la C y la H forman una palabra maya; con la O coquetamente inclinada se crea una esfinge llamativa que invita a captar la fotografía y redescubrir el significado y significantes de la palabra “LOCH”.
A mí me sucedió.
El primer día capturé la imagen de la palabra.
El segundo, solamente me senté a su lado.
Al tercero me percaté de que algo en esas letras me había cautivado. Volver para posar junto a ella era una clara señal de que algo en esas letras me tenía subyugada. En esta última ocasión vestía en color rojo, lo que mimetizó mi cuerpo con las letras. Pude entender el hechizo de ese tinte asociado al amor y la pasión, a la buena fortuna y transformación espiritual. Recordé el efecto psicológico y porqué la mercadotecnia lo utiliza como estimulante para provocar reacciones emocionales intensas de alerta y excitación.
Imagino que muchos de los asistentes no las vieron o las ignoraron. También supongo que algunos, como yo, se tomaron la fotografía con ellas para capturar el momento de la visita a ese significativo evento.
Aunque es común preferir el retrato al interior, no deja de seducir este primer contacto con las letras.
Comprendí el impacto y significado de un Loch cuando observé con detalle, en el homenaje al maestro Agustín Monsreal, galardonado por el Premio Nacional de Artes y Literatura 2025, los gráficos y estrujantes abrazos que le ofrendaron los conocidos escritores yucatecos Joaquín Tamayo y Carlos Martin Briceño. Guardé la escena directo en mi corazón, que se abrió a la emoción junto con una avergonzada lágrima que deseaba brincar al escenario.
Me pareció un momento poderosamente humano. Observar sus caras, como un muro que se cae, fue impactante. Hermoso también fue mirar sus rostros: al principio serios, un tanto tensos, preparándose para “algo fácil, pero difícil”, para el momento del contacto. Entonces se suavizó la expresión —tanto del que daba, como del que recibía—, colocando la mirada hacia otro lado para evitar la reservada vulnerabilidad, la mirada vencida con una sonrisa tímida de alivio, soltando lo pesado que traían dentro y que ya se habían dicho con palabras.
Fue conmovedor escucharlos y verlos en ese ritual. Desde ese día, no dejé de prestar atención a cómo se abrazaban los hombres en ese océano de libros, en ese espacio digno para “hacer Moloch”.

Con esa experiencia de los abrazos finales en el homenaje, comprendí el mensaje de las letras turísticas y mi atracción destinada a agudizar los sentidos.
En el idioma maya yucateco, la palabra “loch” significa abrazar, y la expresión “hacer loch” se usa por tanto para pedir o dar un abrazo, buscando consuelo o cercanía emocional. En consecuencia, en el mismo idioma el término “Moloch” denota la acción de amontonarse o juntarse, refiriéndose a un grupo de personas o cosas.
¡Qué mejor regalo para entender estas poderosas palabras que el momento que nos regalaron esos tres maestros con sus abrazos en el Moloch humano de la FILEY 2026!
Los abrazos entre hombres se dan con un especial ritual que pude confirmar en ese enternecedor momento y durante los días posteriores. Me dio por observar los que se dan entre ellos al encontrarse. Los abrazos casuales, los de cuates, tan comunes y fraternales entre camaradas; el de cintura, el de reconocimiento, o el de puente “que corra el aire”, por el miedo del contacto inferior.
En cualquiera de ellos, dos cosas no fallan nunca: el apretón de mano con cierta intensidad y las palmadas en la espalda que suenan a veces como un “paf, paf” suave y breve; un sonido poco estridente pero profundo que parece ser reconfortante. En otras ocasiones, los abrazos más fuertes en intensidad se escenifican dejándose caer con fervor mutuo las palmas de las manos, que parecen sonar como latidos pausados (paf…paf…) que emocionalmente no representan ninguna dificultad.
En general, pude percibir sus abrazos intensamente sinceros, aunque generalmente torpes. En ocasiones, sus cuerpos son un tanto rígidos, aunque fluyen de una manera natural. Parecen estar haciendo “un esfuerzo consciente” para acercarse; otros en ocasiones parecen por instantes seres de madera estudiando el cómo acomodarse y donde poner los brazos.
El de los hombres suele ser un abrazo breve, rápido; casi como si quisieran terminarlo pronto; pero, a la vez, como que no quisieran soltarse. Ese apretón de manos en forma cóncava para generar un sonido fuerte y luego el abrazo por la izquierda para el apretón del cuerpo y el golpe seco de las palmadas en la espalda es muy de ellos, ese ritual del paf, paf, parece una señal de entrada y salida para decirle al otro “te quiero, estoy aquí, te admiro, me da gusto verte… pero tenemos que separarnos pronto”.
Del beso que acompaña a los rituales masculinos con el abrazo, ni hablar… Pareciera considerarse prohibido o solo permitido entre los abrazos femeninos o heterosexuales. Sin duda muchos los saben hacer; sin embargo, los tienen destinados en exclusividad para sus hijos, hermanos, nietos o padres.
El único abrazo conmovedor con beso que vi, y guardé en mi corazón, fue el que le ofrendó el maestro Joaquín Tamayo en la frente al galardonado Agustín Monsreal. Un gesto de respeto, admiración, lealtad, lo que sea, que trascendió las palabras…
Se notó que había mucho cariño guardado ahí.
MAR GÓMEZ





























