El Grito de Ajetreo

By on septiembre 17, 2021

José Juan Cervera

Para evocar la gesta insurgente de raigambre septembrina, los ciudadanos mexicanos pueden echar mano de varios recursos, además de participar en los festejos públicos que la conmemoran. Por ejemplo, tienen la alternativa de reservar un poco de su tiempo a la lectura de las obras que la registran. Los testimonios de autores de ese entonces les brindarán abundantes detalles, acaso abrumándolos. Los textos de historia oficial expondrán una perspectiva solemne y algo distante, mientras la narrativa literaria pondrá en juego elementos de más sutil variedad, en tono menos ceremonioso.

Con presencia segura entre los escritores más brillantes del siglo XX, Jorge Ibargüengoitia ofrece en su novela Los pasos de López (1982) una inusitada versión de los acontecimientos que llevaron a las fuerzas emergentes de principios de la centuria antepasada a suprimir los poderes virreinales que subordinaban a los criollos, propiciando su irritación permanente, y reducían a una mínima expresión social a las clases populares. El relato corre a cargo de un joven militar que poco a poco se ve implicado en el círculo conspirador que prepara la lucha independentista, con personajes que al desenvolverse en su vida diaria exhiben el lado frágil de los héroes que venera la tradición patriótica, pero también la faceta divertida de sus acciones, su incursión en caminos ambiguos y la alegría de vivir aun en circunstancias de apremio continuo y de peligro inminente.

El personaje que narra los hechos acentúa en varios pasajes de la novela el carácter retrospectivo de la historia contada señalando las décadas transcurridas desde entonces, y piensa en la forma como hubiera actuado de haber tenido la experiencia postrera. Así refiere sucesos conocidos veinte o treinta años después, como la identidad de algunos traidores a la causa que ocultaron los móviles de sus actos aparentando ser leales a ella. Asimila el significado de fondo de asuntos y dichos que en su momento le parecieron triviales. Como sobreviviente de la contienda, se muestra consciente del juicio que la historia emitirá sobre la conducta de cada quien.

Un humor discreto recorre la novela para soltar al vuelo circunstancias paradójicas, inesperadas o simplemente ridículas que dan la justa medida de las aspiraciones individuales cuando no son de buena ley, junto con los subterfugios en que se amparan. Hay nombres ficticios de personas, ciudades y pueblos que se antojan risueños (Paco Pórtico, Pepe Caramelo, el padre Pinole, por una parte; Chiriguato, Ajetreo, Muérdago, por otra) aunque alternan con otros que pudieran encontrarse más comúnmente e incluso, tratándose de localidades, como son conocidos en realidad (Perote, San Juan de Ulúa, la Ciudad de México). De igual modo, breves descripciones de individuos y lugares bastan para situarlos en la imaginación a partir de algún rasgo distintivo que los dibuja con plena nitidez, tal como el coronel Bermejillo que compensaba su baja estatura con una voz potente; o bien el pueblo de Ajetreo, cuya mejor manera de saber que se está llegando a sus cercanías reside en dejarse envolver por el olor a chiquero que se desprende de él.

El espíritu de la comedia que los conspiradores ensayan durante su tertulia antes de que sus planes sean descubiertos prevalece hasta el cierre de la narración, cuando el jefe del movimiento asume hasta el fin el papel de su personaje. Una prueba irrebatible de que ninguna conjura emancipadora está libre de sufrir delaciones parece fundarse en el título de la obra escenificada: La precaución inútil. Por lo demás hay risas que, por los motivos más diversos, Ibargüengoitia hace resonar a lo largo de la trama. Otro medio de liberación consiste en no ceñirse al modelo de los héroes acartonados y graves, de relieve broncíneo y pose pedagógica que observan el paso de los ciudadanos desde lo alto de su pedestal.

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