El Barrio Chino de La Habana y el Teatro Shanghái

By on julio 29, 2021

ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA

Sobre la foto que ilustra el encabezado de esta nota, tomada en el interior del Teatro Shanghái, en La Habana en los años cincuenta del siglo anterior, el investigador y musicólogo cubano José Ruiz Elcoro, que ahora radica en la Florida y trabaja para varias universidades del lugar además de como concertista especializado en música cubana, dice: José Orozco, dueño del Teatro Shanghái. Es abuelo de la actriz Yolanda Farr, que se prepara en su camerino. Un fuerte abrazo, Hiram. Por aquí la vida casi normal –La Florida, USA. Ya el virus está bastante eliminado, y no hay muertes ni enfermos graves, lo digo como esperanza para ustedes. Un fuerte abrazo para toda la familia. Les quiere. Pepe.

Gracias, Pepe, siempre atento difundiendo fotos como la muestra y las fotografías de La Habana en los años treinta de la capital cubana, y por esa nueva foto para el Archivo AHGA

Una de las fotos raras del teatro “Shanghái”, en el Barrio Chino de La Habana. Archivos AHGA y Ruiz Elcoro.

En mi primer viaje a Cuba no conocí el Barrio Chino, pero estuve cerca, caminando Carlos Tercero y Zanja. El Barrio Chino lo conocí acompañado del escritor Abel Prieto, cuando era presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y del Lic. en Derecho y Periodismo Humberto Rodríguez Manso. Manso ya tiene su columna en el Eterno Oriente; Abelito –como le decíamos– fue Ministro de Educación y Cultura en dos ocasiones: con Fidel y Raúl Castro, a quienes conocí por él, junto con el Dr. en Música José Loyola Fernández. Solíamos cenar después de alguna conferencia o velada cultural en alguno de los restaurantes de comida china que él seleccionaba, para que conociera diferentes lugares de la gastronomía oriental.

La entrada al Shanghái. Filme Nuestro Hombre en La Habana (1959).

Al jamaicano Walter Adolphe Roberts (1888-1962), el autor del libro sobre La Habana discutido en un artículo previo, también le han llamado racista por su retrato del Barrio Chino, un cargo sin fundamento. Su acercamiento al lugar, por el contrario, resulta valiosísimo para poder aprehender la marginalidad que lo caracterizaba en los años 50, a ratos con una crudeza que no constituye sino una expresión del más puro realismo, a pesar de los eufemismos que el autor utiliza o se ve obligado a utilizar.

Roberts espanta del sitio a los posibles visitantes, lejos de estimularlos a entrar. Y lo hace desde una postura ética, y hasta de seguridad personal, muy bien delimitada y congruente con otros testimonios de la época.

Escribe:

Como la mayor parte de los Barrios Chinos del Nuevo Mundo, el de La Habana tiene su lado mórbidamente secreto, sus antros donde se fuma el opio y se practican otros vicios. El visitante haría bien en mantenerse alejado de ellos. De todos modos, pocos guías se arriesgarían en mostrarle el camino, y él nunca lo encontraría por sí mismo. Si no puede satisfacerse a menos que haya entrevisto la degradación, no tiene que ir más lejos de algunos de los bares abiertos en Zanja, cerca de San Nicolás, y bajar por los callejones de los lados. Verá a los adictos, a la marihuana y a los borrachos. Generalmente hablando, los cubanos no se inclinan al alcoholismo, pero los miserables que tragan licor crudo a cinco centavos el vaso en el Barrio Chino, simplemente están usando los medios más fáciles y baratos de aturdirse los nervios.

Por descontado que Roberts es, junto al Graham Greene de “Nuestro hombre en La Habana”, una de las fuentes más importantes para poder entrar al teatro Shanghái. Gracias a su testimonio sabemos con cierto lujo de detalles lo que sucedía en el escenario:

Un teatro de este tipo ha existido por mucho tiempo en la orilla del Barrio Chino. No diré su nombre, pero el visitante no tendrá dificultad en identificarlo, puesto que se anuncia discretamente y cada cantinero y cada taxista lo conocen. Un programa típico comienza con un sketch moderadamente largo que una persona de afuera probablemente encontrará aburrido, apoyándose como se apoya en dialecto y alusiones locales.

El escenario del teatro. Filme Nuestro hombre en La Habana (1959). 

Este es un viajero culto que sabía francés y español, además de inglés, obviamente; pero a pesar de eso le ocurría lo que a otros extranjeros: como es natural, no entendían el cubaneo verbal del vernáculo, lo mismo que los hombres de la revista norteamericana Cabaret cuando entraron a uno de esos shows. Pero sí la gestualidad obscena, más allá de cualquier límite.

Sigue Roberts describiendo lo que ve en la escena:

“A continuación vienen las piezas breves, algunas de ellas chistes dramatizados, algunas de canción y baile, y otras una especie de pantomima subida de tono”, esta última, claro, expresión que cubre el territorio de lo sexual, la razón de ser del antiguo Teatro Chino.

Y entra lo más popular del show, juzgado por la reacción del público:

Escuchas una atractiva canción, alguna que otra vez, o ves un buen número de baile. Por lo general, estas fases del entretenimiento son crudas, con énfasis en el ruido y en la gimnástica. La muchacha que hace señas desde el retablo puede ser desvergonzada, pero a menudo tienen originalidad y, por lo menos, no hablan; constituyen la atracción más popular.

 

La marinería de las naves americanas en La Habana en 1947. Archivos Elcoro y AHGA.

Entonces relata el espectáculo de las “policías”, pero con una deliberada actitud de distanciamiento, marcada por la “sonrisa burlona” que este le provoca:

La escena tuvo lugar por la noche, en una desierta plaza de la ciudad, señalada por telones de fondo pintados con lámparas de calle y las siluetas de las casas. Por el escenario paseaba despreocupadamente una mujer completamente desnuda, excepto por su sombrero y sus zapatos, que balanceaba una bolsa. La insinuación de su llamada era inconfundible. Extrajo un espejo de su bolsa y empezó a maquillarse bajo una lámpara. En ese momento se le unió una media docena de hermanas del pavimento, todas en un estado de desnudez similar. Hablaron por medio de muecas y encogidas de hombros, lo que demostraba que el negocio no marchaba bien.

Con lo cual esclarece el problema de la calidad corporal de las figurantes sobre las tablas, en particular de la principal:

Apareció entonces una hembra robusta, también desnuda, excepto por la gorra de policía, los zapatos de cuero y el bastón que llevaba. La recién llegada le frunció el ceño a las rameras, las amenazó con la porra, las puso en fila y empezó a registrarlas para ver si tenían armas escondidas. La comedia de esta última operación se extendió. No tengo que decir más. Disgustada por no haber descubierto nada, la “policía” ahuyentó a sus víctimas hacia las alas [del escenario] y ella misma se retiró a grandes zancadas, mientras la orquesta tocaba un pasodoble.

El Teatro Shanghái no era el único lugar donde se ofrecían espectáculos de ese tipo, sino solamente el punto más visible y conocido. En su visión de la ciudad, Roberts omitió otros huecos negros: no dice ni una palabra sobre los filmes pornográficos que allí se exhibían, ni sobre otros cines que ponían “películas sicalípticas” como el Capitolio y el Niza, ahí cerca de ese Paseo del Prado que el escritor tan bien conoció, y otros de más bajo costo, en plena Habana Vieja, donde había por lo menos dos: el Bélgica, en la calle Monserrate –según el Guillermo Cabrera Infante de La Habana para un infante difunto, tenía “fama de infame, con el peor público de todos los cines nefandos de La Habana” –, y el Montecarlo, este último con “depravaciones en la pantalla” y “depravados en el público”.

Quizás porque para Roberts esas audiencias, y lo que allí hacían, eran mucho con demasía.

Vedettes en camerino en 1950, en La Habana. Archivo Elcoro y AHGA.

 Gracias, José “Pepe” Ruiz Elcoro, por estos regalos fotográficos históricos. Conocí tu Cuba antes de que nacieras. Nos conocimos en el 90, cuando vivías en una calle paralela al Malecón y tuviste la gentileza de ponerme una grabación en cera, que fue y es la única que he escuchado. Escuché de ti en dos ocasiones tu concierto “Danzón”: una vez en La Habana y otra en el piano vertical de mi casa en Mérida.

Me hiciste regresar a mi primera visita a Cuba en 1951, cuando Prio Socarrás era su presidente. Era la misma Habana de hoy, pero yo era un joven de 15 años cuando viví mis primeras aventuras en la “isla hermosa del ardiente sol”, como la cantaba mi madre Margarita Acosta, que vivió enamorada de La Habana y Manzanillo, donde pasaba un mes de vacaciones escolares con su amiga Libia Fernández del Castillo, compañera de estudios en la Universidad de Albany en Nueva York. Mi abuelo paterno, Bernabé García Valle, era cubano, de Matanzas. Considero que la genética me llevó sin saberlo a sentir a Cuba como una segunda Patria.

En mi biografía describo ese primer viaje a Cuba, las peripecias con dos de mis compañeros de estudios secundarios: Rilio Roberto Ruz Navarrete (que le daba trabajo pronunciar la “r”) y Teodoro Canché Acosta. Viajamos como grumetes en el barco carguero “Isla de Tris” llegando al aserradero de Regla y al puerto de La Habana.

Recuerdo las tardes en Paseo y 15 en El Vedado, donde en tertulia familiar degustábamos aromáticos café de La Bodega, que me gustaba más que el “Pikón” que se pagaba en divisas, así como los momentos que compartimos en Marianao en el hogar de la soprano Lucy Provedo, la atención que nos brindaron sus padres y su esposo Félix Guerrero, y las pláticas con otros invitados en conversatorios informales, llenos de conocimiento musical.

Gracias.

Foto tomada a las vedettes, con el busto al aire, en el escenario del Teatro “Shanghái” del Barrio Chino, en 1950. Archivo Elcoro y AHGA.

Mi primer viaje fue de México a Cuba,1951, con vivencia inolvidables, como llevar madera, puertas y triplay, a Regla y La Habana en la bahía cubana.

Atracamos junto al “Cuauhtémoc”, barco insignia de la marinería mexicana; luego conocí el Simón Bolívar de Venezuela en Puerto Progreso (cuando me invitaron a ver la exaltación a Vicealmirante a su capitán) y el Juan Sebastián El Cano de España (el de México es 15 pies de eslora más largo), los tres fabricados en el mismo astillero español,

En La Habana conocí y fue tutor de los tres en esa estadía el conocido tenor, actor y cantante José Mojica, que ya en ese momento era el fraile Fray José de Guadalupe, habiendo dejado la vida mundana para dedicarse a la reflexión monástica.

También vino con sus padres Mercy Elena Moro Fernández, desde Manzanillo, para que me conocieran: nuestras madres crearon un noviazgo que acordaron desde sus estudios universitarios en Nueva York. Me citaron en el Aeropuerto José Martí para vuelos domésticos y llegaron en un avioneta piloteada por su padre; hicieron cuatro horas en La Habana y me llevaron a comer al Restaurante “La Casa del Tabaco”. En el aeropuerto conocí a Mercy, mi novia cubana que solo conocía por fotos; supe que su familia era dueña de un emporio cafetalero en la Provincia Oriente -Hoy Granma. No la volví a ver. Cuando se casó en Nueva York me invitaron a la boda.

En ese viaje también visité a Daniel “Chino” Herrera, que estaba trabajando en el Teatro Campoamor con su Compañía de Revistas. Asistimos mis compañeros de viaje y José Mojica. El “Chino” Herrera, amigo de mis padres y compañero de cine y de teatro de Mojica (hicieron con Cantinflas la película “Águila o Sol”) nos puso en primera fila a ver la función; luego nos invitó a cenar a “La Bodeguita del Medio” y al día siguiente, en los almacenes “El Encanto”, nos compró Don Daniel ropa a los tres. Por la tarde fui a la retreta del viernes al Malecón que dirigía Eduardo Ramos –en ese momento no lo sabía, pero 40 años después conocí a su director en la UNEAC, y fuimos amigos inseparables, hasta que lo sorprendió la muerte en Italia, donde radicaba una de sus hijas.

A finales de los ochenta y noventa encontré en Cuba el sitio ideal y hermoso para desarrollar mis dotes poéticas y artísticas en más de ocho provincias. Puedo decir que conozco Cuba desde el Cabo de San Antonio hasta lo más occidental, que es Maisí. Se me ha permitido conocer y participar en su cultura, su historia y sus artes, por lo cual me considero como un mexicano asimilado cubano. Cuento con testimonios de reconocimiento de varias de sus provincias, como la de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; del Centro de Investigación y Difusión de la Música Cubana “Odilio Urfé”; del Museo Nacional de la Música; Instituto de la Música Cubana, del “Centro de Información y Divulgación de la Música de Cuba”; de seis “Centros Provinciales de la Música”: La Habana, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Holguín, Morón y Guantánamo. También he expuesto en tres galerías cubanas, en la Galería Guantánamo; Hermanos Saiz; “La Indiana” y Camagüey.

He participado en diversos Festivales como “Boleros de Oro”; “Cantares de América” durante el festival de tríos, de Cienfuegos, Sancti Sspíritus, del son en Santiago y provinciales troveros spirituanos, cienfuegueros, de Benny Moré, de la Décima y la Espinela en Morón, Manzanillo, Holguín, San Antonio de los Baños, Guira de Melena, y otros.

Mi fondo musical cuando escribo casi siempre es música de piano u orquestales de los que he acumulado a lo largo de la vida y de mis viajes. Las armonías melódicas, en este caso caribeñas, se ensamblan con mi pensamiento para empastar letra y música; el ritmo le da el toque poético.

Recuerdo dos reconocimientos: uno de la Radio, los Periodistas Especializados y único por vida, que se me entregó acompañado de la investigadora y musicóloga Tamara Martín y el compositor y mejor amigo Don César Portillo de la Luz. Conservo una foto del momento único.

El otro fue cuando recibí el honor de una escultura en madera de la Mujer Mariposa, junto con un gran pergamino firmado por la Dra. Mónica Díaz, pintado a la acuarela por el artista plástico Arbeu, teniendo como fondo u gran nopal –México– y una flor mariposa, símbolo de Cuba, como promotor cultural y fortalecimiento de las relaciones entre Cuba y México. Fue en una reunión de Gala en la residencia de Mónica, frente al Hotel “Habana Libre”, siendo el primero que se entregaba a un artista no cubano. Muchos años después se le otorgó el segundo Premio “Chez Monique” al periodista yucateco Mario Renato Menéndez. Creo no se ha entregado este galardón a ningún otro extranjero a la fecha. Gracias, Mónica por este inmerecido galardón de la Cultura Cubana y a su cuerpo de asesores: el Dr. José Loyola Fernández, Eduardo Ramos, y Humberto Rodríguez Manso.

Gracias a todos, en especial a tres amigos cubanos de la Florida: José Ruiz Elcoro, Lucy Provedo y Rodolfo de la Fuente Escalona, colaboradores del Diario del Sureste en USA, mis pilares culturales en mis estadías cubanas.

Bibliografía

El Barrio Chino de La Habana y el teatro Shanghái | OnCubaNews

El Teatro Shanghai: de Supermán a Confucio CubaNet

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