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El barquito (Primera parte)

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El barquito

(Primera parte)

Era una noche de estrellas y cometas, que hasta la luna andaba felizmente de fiesta, así que iluminaba más de lo que ella acostumbra hacer. La luna estaba contenta, pero no imaginaba lo que en aquellas aguas, bajo su mirada, iba a suceder.

Un monumental trasatlántico, el más potente de su época, el ultra lujoso, el imperante, el insumergible, el indestructible, fue atacado por un submarino del país contra quienes sus compatriotas luchaban hasta morir.

Un misil le fue impactado en su ancho casco; casi nadie sobrevivió después de la explosión.

Quedé en alta mar, escuchando los gritos de los pocos sobrevivientes, quienes eran devorados por los tiburones, y por sus miedos de moverse y conseguir donde salvarse a flote.

Mis elegantes ropas ahora son tan sólo jirones de finas telas; algunas joyas conmigo quedan, pero me pesan tanto que me deshago de ellas.

Los tiburones todavía no terminan su festín por ahí, pero ya no tardarán en venir por mí. Miro hacia todos lados, mis piernas están muy cansadas de mantenerme a flote y hacerme a la muerta, que tampoco me conviene porque los tiburones, cuando comienzan su culinario festín, hasta un tronco de bocadillo les puede servir; y eso es lo que parecería yo ante la sensación del tiburón si me tiendo boca arriba en este mar sin tregua, y en el que este momento poco se puede confiar.

¡Tengo que encontrar algo más estable que de estos mares me pueda salvar!

La luna, en su maternal conspiración por salvarme, envía un halo de luz a la distancia, indicándome que es lo mejor que me ha podido encontrar. Pero, para mí, aquello es más de lo que esperaba poderme topar. Así, con desesperación comienzo a nadar para alcanzar ese pequeñísimo barco que me espera en medio del vaivén de consternación, bañada en sal, mientras continúo escuchando los ahogados gritos del último que los tiburones han disfrutado devorar. Sé que quieren más, que su avaricia es infinita, y que en los mares son los reyes. No tengo otra opción de ayuda más que hasta ese barquito llegar.

Nado y nado. Son casi cincuenta metros, pero se me hacen como si fuesen ochocientos; ¡Pero logro llegar, casi con lo último de mi voluntad! Me cojo de la orilla y me subo, sin entender, con las últimas fuerzas en mi haber, y entro en aquel barquito que no tengo idea de dónde ha salido.

Ahora me encuentro con un nuevo reto. Ahí mismo, de frente a mí, se encuentra recostado otro tripulante, a quien no imaginaba hallar y que me mira con familiaridad, mas no expresa nada. Sigue silenciosamente mirando, y luego fija la vista hacia otro lugar. Le calculo unos veinte años, dos más que yo.

Continuará…

Arminda María Villanueva Garrido

Ilustración: Ricardo Pat

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