Visitas: 0

El barquito
(Segunda parte)
Tomo asiento en el barquito y comienzo a observarlo. Es claro que aquel chico no está muy normal de la consciencia, del alma, de la moral y quién sabe de qué más. Pero su mal estado mental es obvio, y me cuestiono sí podré con la situación hasta que logre llegar a tierra firme.
Aunque ahora las olas se calman y estoy a salvo de tiburones, no puedo confiarme de quien conmigo en esta barca va. Así que me auto nombro capitana para poder lograr llegar con vida hasta alguna lejana orilla.
Tomo mando, tomo control. Aquél desquiciado mental no tardaría en soltar su descontrol que por momentos – sin ton, ni son – saltaba y saltaba, peligrando el barquito de voltearse; en otras se golpeaba a sí mismo, y de nuevo el barquito peligraba en alta mar; en otras, sus ojos de ira los dirigía hacia mí, pero se encontraba con mi mirada fría y eso lo hacía desistir.
En ocasiones cerraba su puño y golpeaba el barquito, queriendo hacerle un hueco y así lograr hundirlo. Pero sus intentos eran frustrados y por fin desistía.
Durante días una y mil otras sufrí, pero estaba más segura ahí junto aquel desquiciado mental que tirándome a las vastas olas para ser el tentempié de los tiburones, cuyas aletas podía mirar aún a unos metros de nuestro barquito en el mar.
Tomé el control, me puse al mando. Aquel peligroso tripulante no lograría hacer que me diera por vencida.
Durante los días de trayecto le hice ver quién mandaba ahí. Me mostré fuerte y grande, pero rezaba para que ya pronto apareciera tierra firme, o mínimo algún otro barco; porque tenía muy en cuenta que ese peligroso ser humano no tardaría en insubordinarse.
De aquel barquito dependíamos los dos y yo con la duda sobre cómo aquel desquiciado podría medir el peligro, si apenas podía cuidar de sí mismo.
En los pocos ratos que puedo descansar me pregunto de dónde vendrían aquel barquito y aquel muchacho que ni siquiera es capaz de decirme su nombre. Pero hago un poco de memoria y, después de un buen rato, recuerdo que le había visto en el trasatlántico, perdido en la borda, mirando el tiempo, el olvido, pero hacia ningún punto fijo, mientras los otros tripulantes nos paseábamos y, sin saber, disfrutábamos las últimas horas de aquel paraíso flotante que quedaría enterrado entre los mares, llevándose con él a nuestros familiares.
[Continuará]
ARMINDA VILLANUEVA





























