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El Baile
En aquella época, en los pueblos no se realizaban bailes continuamente, de manera que los jóvenes esperaban con ansiedad el día que se realizara alguno. Los más importantes son los que se llevan a cabo con motivo de las fiestas del pueblo.
Durante esos bailes, las señoritas llevaban el famoso “carnet”, en donde apuntaban el nombre del caballero al cual concedían determinadas piezas para bailar, por ejemplo, la Obertura, el primer vals, el primer danzón, etc.
Pues bien, el personaje que protagoniza nuestro relato llegó al baile, y casi de inmediato se fijó en una elegante señorita muy linda a la que no había visto antes. Estaba vestida de negro, y sobresalía la acentuada palidez de su rostro.
De inmediato, nuestro personaje la abordó para solicitarle algunas piezas. Sin muchos preámbulos, la dama accedió, preguntándole al joven su nombre para anotarlo en su carnet.
–Yo soy Antonio Rodríguez. Y usted, señorita, ¿cómo se llama?
–Yo soy Paulina Carvajal, para servirle a usted.
–Muchas gracias, señorita. Entonces, ¿me concede el primer danzón, no es así?
–Sí. Efectivamente, caballero.
–Muy bien. Estaré pendiente. Nuevamente gracias.
El joven se retiró y, apenas llegado el momento de la pieza concedida, se apresuró a su joven bella pareja para bailar la pieza solicitada y, después de ésa, le fueron concedidas otras.
Todo el baile transcurrió muy feliz para nuestro afortunado personaje, quien elogiaba la gran soltura con que la dama ejecutaba las distintas piezas pues, más que bailar, parecía flotar cadenciosamente sobre nubes invisibles. Durante la breve plática que sostuvieron, él se fijó en un hermoso collar que llevaba puesto la dama y del cual pendía un hermoso crucifijo de coral negro,
Su habilidad para el baile, y la subyugante belleza de su pareja, cuyo rostro enmarcado por el traje negro le hacía parecer una bella estatua tallada en fino alabastro, acabó por despertar en el feliz caballero un hermoso sentimiento que inconfundiblemente era amor.
Terminado el baile, y deseando continuar aquella hermosa amistad, nuestro personaje le suplicó a la bella y misteriosa dama que le proporcionara su dirección para que en la primera oportunidad la pudiera visitar y hablar con sus padres, pues ya pensaba formalizar sus relaciones con la bella dama. Ella, sin pensarlo, accedió, y con su puño y letra escribió la dirección en una tarjeta que para el efecto le proporcionó el caballero. Seguidamente, acompañó a su bella pareja hasta la estación del ferrocarril que la conduciría de regreso a la ciudad.
Pasaron algunos días que para el feliz enamorado parecieron interminables. Por fin, el sábado siguiente se alistó para viajar a la ciudad. Una vez llegado, se apresuró a buscar una florería, y en la primera que encontró compró un hermoso arreglo floral con el que pensaba obsequiar la hermosura de su adorable dama.
Ansiosamente abordó el autobús que lo condujo hasta el barrio que indicaba la tarjeta y, apeándose, buscó lleno de nerviosismo el número del domicilio que se señalaba. No tardó en dar con la casa, cuya puerta tocó con creciente ansiedad. Se oyeron unos pasos y, al abrirse la puerta, se asomó una señora como de unos cuarenta años, vestida de negro.
–“Buenos días, señora. Disculpe Ud. la molestia. ¿Aquí es donde vive la señorita Paulina Carvajal?”
–“¿Por qué lo pregunta Ud.?”
–“Porque la conocí hace una semana y me impresionó muy profundamente. Por eso he venido a visitarla y a traerle este ramo de flores.”
–“¡Ay señor!”– contestó la mujer, casi sollozando. “Tendrá Ud. que llevárselas al cementerio.”
–“Pero, señora, ¿cómo puede ser? Apenas la conocí el sábado.”
–“Ha de ser una equivocación, señor: el sábado cumplió seis meses de muerta.”
–“¡No puede ser! ¿Cómo se explica Ud. que yo haya bailado con ella y que después me diera su dirección para que yo la visite?”
–“No lo sé, señor. Tal vez alguien le jugó una broma muy pesada. Seguramente se trató de otra persona.”
–“Estoy seguro que no. Mire, le voy a describir a Paulina y Ud. me dirá si se trata de ella o no. La Paulina con quien bailé era una muchacha muy elegante, delgada, blanca, se veía más blanca, tal vez por el vestido negro que llevaba.”
–“¿Vestido negro dice Ud.?”
–“Sí, señora, un elegante vestido negro, y en su fino cuello lucía un hermoso collar del que colgaba un hermoso crucifijo de coral negro.”
–“¿Crucifijo negro?”– preguntó la señora.
–“Discúlpeme un momento”– agregó, no sin antes invitarlo a pasar y tomar asiento, al mismo tiempo que ella se dirigía al interior de la casa.
Poco después regresó con una soguilla de oro de la cual pendía una cruz de coral negro.
–“¿Era como ésta?”– preguntó la señora.
–“Sí, señora. Esta es la cruz. Pero, ¿cómo puede ser?”
–“Era su joya predilecta que llevaba a los bailes, y el carnet del último baile al que asistió es este”– dijo, mostrando un carnet donde había unos nombres escritos. El joven lo tomó y, al leerlo, estuvo a punto de sufrir un infarto: su nombre aparecía en el misterioso carnet.
–“Señora, ¿conoce Ud. a esta persona con que bailó su hija?”
–“No, joven. Recuerdo muy bien que esa noche Paulina estuvo muy triste, porque me dijo que ese joven, después de solicitarle el primer danzón, no regresó a bailar con ella.”
–“Pero, ¡ése es mi nombre y yo nunca la había conocido! Mi nombre lo apuntó ella el día que la conocí.”
–“Pues realmente todo esto es muy extraño, ya que hasta el vestido de que Ud. habla, es el que ella había confeccionado para ir al baile de un pueblo cercano donde cada año tenía la costumbre de ir. La fulminante enfermedad que acabó con ella no le dio tiempo de cumplir su deseo. Tal como Ud.me lo ha descrito, efectivamente se trata de ella, pero, ¿cómo puede ser? ¡Ella está muerta!”
–“Entonces, señora, ¿quiere decir que bailé con una difunta?”
–“No lo sé, señor, pero todo indica que así fue.”
–“En todo caso. Disculpe Ud. Lo siento infinitamente. No he querido venir a causarle más penas, recordándole el triste suceso que ustedes han vivido.”
–“Descuide, señor, estoy segura que ésa no fue su intención. Pero si ella lo visitó a Ud., entonces lo único que puedo decirle es que eleve sus oraciones al Todopoderoso por el eterno descanso de su alma.”
–“Pierda Ud. cuidado. Así lo haré.”
Nuestro personaje se despidió, y durante todo el trayecto de regreso estuvo pensando en el extraño suceso que le deparó el destino.
¿Por qué tuvo que conocer a esa hermosa dama después de muerta? ¿Será que estaban predestinados a que sus vidas se unieran en el más allá?
Al poco tiempo, nuestro personaje murió en condiciones también un poco misteriosas…
PROFR. ANACLETO CETINA AGUILAR
Continuará la próxima semana…





























