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El amor en los tejados

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Polidor

[Joaquín Pasos Capetillo]

Se morirán los hombres y los gatos, sin haber comprendido el corazón de las mujeres y de las gatas – Henri Murger
Exánime quedó mi pobre gata – Jenaro González

Bendito o maldito, yo quisiera estar entre todas las mujeres, porque las adoro a todas en general: feas, bonitas, honradas y chanteusses.

Ah, pero las gatas son mi especial predilección. Esos felinos del sexo femenino, que dulcemente caminan por azoteas y canalones, son preciosas. Adoran a la luna (lo he visto) y son las Colombinas de cerca de las nubes.

Hay que verlas ronronear sobre la estufa con movimientos de flexible elasticidad. Tal me imagino a Popea, Cleopatra o Semiramis en sus lindos lechos de bindertwine (catorce pesos arroba). Son preciosas, usan bigote porque son algo sufragistas y, a falta del jabón Colgate o de La María, usan su lengua; ¡esa, esa es su esponja de tocado…! Oh marquesitas del año setenta y nueve.

Dóciles, poco hacendosas, pero muy fieles: Lo mismo arrullan a su gatuno adorador que dormita en el lecho de una anciana de camándula y breviario. Son tan abnegadas que lo mismo hurtan las piltrafas reservadas para el dogo que sólo se suelta por las noches, que el bistec del amo.

Este si es un verdadero acto de justicia. Don amo se anda paseando por los portales y gran luncheada y gran tragueada. Mientras menudean las crateras del rasposo y abundan los enrollados de vírgenes proboscídeas soterradas, en el feudo reina la esperanza del yantar. La uxora infelice se cansa a mesarse los escasos cabellos (¡le han tomado tantos!). Los niños aúllan pavorosamente famélicos. El mayor se ha comido un jabón de coco, creyendo era un fundente de guanábana. La criada que se adormila en un banquillo se desquita con dos galletas marinas y una lata de betún masson, y en su conciencia cree que se mandú el caviar del amo. Y en tanto que don amo discute acerca de la guerra europea, la zapaquilda o la mocita (gata distinguida en el vecindario) en compañía de un su adorador, forma planes ciudadalescos, pone sitio al aparador y… completa caída del antiguo régimen, digo, de media vajilla, y, cuando “el señor” llegue a cenar, medio chispo, por cierto, y pida su cena, la consorte, en saut de lit de tela de vichy se lanzará presurosa a preparar el nocturno ágape, y como no hay nada, se oirán blasfemias, erupciones tequílicas que llegarán hasta Torreón y por último: “Caridad, Caridad, te comiste mi bistec…”

Y en tanto el pobre don amo oculta su hambre entre las hilachas de su sábana, en las azoteas se celebra el gran banquetazo. Hay los grandes brindis de mugidos y no hay riesgo de que se pierdan cubiertos. Algunas gatas jóvenes suelen tener ahí un saldo en contra de virtudes (esto es chic) y alguna jamona gata suele morir de melancolía, neurastenia o histérica por las infidelidades de algún galán de pelos y uñas.

Algunas gatas y algunas mujeres son bien sensibles, pero… Yo ya le pedía a Dios que cuando yo me muera y pitagorice, me transforme en gato. ¡Ahora, si mi “socia” pide lo mismo, me luzco!

 

La Cucaracha. Semanario Frívolo Político de Caricaturas. Mérida, tomo I, número 7, 15 de julio de 1915, p. 15.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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