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César Ramón González Rosado
A cuestas cargaba la pesada mochila de sus noventa años.
Llegó a su casa pasada la media noche, después de que cerraba la edición del periódico en el que trabajaba como corrector de pruebas. Los reporteros le llamaban el abuelo y agradecían a don Luis los cuidados que tenía para que las notas o artículos se publicaran sin problemas de ortografía o sintaxis.
Era un viejo Maestro que conocía a la perfección las reglas y vericuetos de la gramática española que enseñó en las escuelas secundarias y preparatorias de la ciudad, así como consejos prácticos para escribir el idioma con propiedad y, para los alumnos que así lo desearan, talleres de Literatura.
Se había jubilado de su trabajo de maestro que ejerció durante sesenta años. Recibió una modesta pensión que no le alcanzaba para sus gastos, por lo que decidió solicitar el empleo de corrector de pruebas que solicitaba un importante periódico de la ciudad.
No tuvo gran preocupación por obtenerlo. En conocimientos necesarios para el empleo, era difícil que alguien pudiera ganarle.
Un día recibió una llamada en la que se le invitaba para una entrevista con el director del rotativo. Don Luis acudió a la cita.
El director, al verlo, no se entusiasmó con su presencia: los lentes de botella y el sombrero de fieltro desteñido y descuidado que usaba don Luis le hicieron desconfiar. Sin embargo, el director lo contrató, pues quedó admirado por los amplios conocimientos del lenguaje que tenía.
Desde entonces habían pasado quince años.
Todas las tardes, desde las cuatro de la tarde hasta pasada la medianoche, acudió el maestro para iniciar la revisión de las notas o artículos de los periodistas. Con paciencia infinita y vista de lince, revisaba y corregía los errores con lápiz rojo, para pasarlos de inmediato al linotipista.
Don Luis era viudo: su esposa Margarita, a quien amó intensamente, murió joven. Apenas dos años de felicidad tuvo ese matrimonio de intenso amor. Él, al morir ella, espontáneamente le juró que jamás volvería a contraer nupcias, y cumplió su promesa de amor, en espera de que su esposa regresara para llevárselo.
En esa espera, al fin hombre joven, don Luis tuvo numerosos amoríos; a veces, en la soledad de sus noches, por sus debilidades, pedía perdón a Margarita, urgiéndole que regresara por él.
Cuando volvía a su casa en la madrugada, después de la tarea en el periódico, ya en su avanzada edad, bebía un vaso de leche tibia con dos copas generosas de buen coñac, para mejor conciliar el sueño.
Aunque pensaba que una de esas noches vendría Margarita por él, en lugar de la añorada amada aparecía alguna de las conquistas femeninas de sus jóvenes tiempos de viudez, reviviendo entonces aquellas eróticas experiencias. Así, de sueño en sueño, en lugar de Margarita, llegaban sus complacientes odaliscas para celebrar de nuevo las orgiásticas experiencias del pasado.

Don Luis no podía más con esas fantasías que le creaban sentimientos de culpa.
Todas las noches, después de su vaso de leche con coñac, pedía perdón a Margarita y le rogaba que viniera por él; pero, en lugar de ella, las formas de las ninfas aparecían de nuevo con sus encantos.
Y así continuaron los años.
Cierto día, enviaron a don Luis el editorial del director del periódico. Cosa extraña, pensó, pues el jefe no tenía por costumbre enviar sus artículos para revisión. Pero, pensando que era envío de él mismo, corrigió el artículo, que tenía problemas en su redacción.
Al revisar el periódico a la mañana siguiente, el director mandó llamar a don Luis. Con cajas destempladas lo regañó diciéndole que a él nadie lo corregía.
Ni tardo ni perezoso, el viejo Maestro no tardó en responderle: “¡Si no sabe usted escribir, deje el puesto y no dé mal ejemplo a los periodistas!”
Después del fuerte altercado, el jefe ordenó su liquidación.
Al regresar a su casa, antes de dormir, bebió el vaso de leche tibia acostumbrado, y dos generosas copas de coñac.
En sus ruegos, pidió a su amada difunta que viniera por él…
Y, como todas las noches, las bellas de sus sueños llegaron.
Escogió a la más hermosa para sus delirios de amor.
Para sorpresa suya, era la misma Margarita de entonces que, convertida en hurí plena de encantos, se lo llevó para siempre al paraíso de la eterna juventud.





























