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De Visita en Mi Mérida

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Perspectiva – Desde Canadá

Panorámica del Aeropuerto de Ottawa (YOW).

XLIV

23 meses transcurrieron desde que vine a Canadá hasta que pude regresar a pasar unos días a mi tierra natal, junto a las personas que amo.

Además de la emoción de ver a los míos y ponerme al día con sus vidas, mis ganas de apreciar lo que Mérida ha experimentado durante este tiempo también incitaba mi curiosidad. Si bien por la prensa había sabido de muchas cosas que pasaron, nada supera el testimonio personal.

¿En qué consistieron los cambios asociados a las ciclovías que se implementaron por toda la ciudad?, ¿cuáles eran los problemas que acarrearon los semáforos peatonales?, ¿cuántos negocios habían sufrido y sucumbido ante los embates de la parálisis económica causada por las malísimas decisiones del habitante palaciego lleno de rencor, soberbia e ignorancia, aunadas al COVID?, ¿y cómo se vivía en mi ciudad bajo las condiciones dictadas por el odioso bicho pandémico, qué adaptaciones se hicieron?

A estas incógnitas se agregaban aquellas relacionadas con el próximo contraste entre mi cuerpo, adaptado al clima canadiense, y mi readaptación al clima tropical de mi Mérida.

Antes de todo esto, me preguntaba cómo las nuevas regulaciones de control de la pandemia habían modificado el tránsito en los aeropuertos y en el interior de los aviones.

Mas no nos apresuremos, que hay mucho por platicar.

El sábado 4 de diciembre, poco antes de las seis de la mañana, el transporte del hotel cercano al aeropuerto de Ottawa en el que pasé la tarde/noche del viernes me dejó frente a la puerta de United. Algunos igualmente desmañanados pasajeros ya estaban ahí.

Mi vuelo a Washington salía a las 8:20 de la mañana, pero no quise correr riesgo alguno y por eso llegué desde temprano. Mi maleta, como era de esperarse después de dos años, seguramente registraría sobrepeso, lo cual me tenía sin cuidado: en vez de pagar por cada kilo, pediría que me ascendieran a la clase de negocios, con lo cual viajaría más cómodo. ¿La diferencia monetaria entre la multa y el ascenso? Muy poco, la verdad.

En realidad, me pasé tan solo dos kilos del límite, lo cual me resultó sorprendente considerando todo lo que llevaba en la maleta. Al pedir el ascenso, resultó que solo había asientos disponibles en el vuelo de Houston a Mérida. Sea, pues.

El trámite de documentación, revisión de prueba de PCR negativa, ascenso y asignación de asientos terminó poco después de las 6 de la mañana.

El siguiente paso del proceso era esperar que la sección de inmigración de Estados Unidos (para no hacerlo al arribar a los estéits, todo se hace en Ottawa) abriera para que revisaran mi equipaje de mano, mi visa y mi itinerario para permitirme abordar.

Tuve que esperar hasta las 7:30 a que llegaran los oficiales gringos y, sin necesidad de describir al detalle el proceso, a las 7:45 ya estaba en la sala de espera, listo para subirme a mi vuelo.

Las recomendaciones sobre el uso de cubrebocas, que luego comprobaría en los siguientes dos aeropuertos y vuelos, fueron que solo podía retirarse mientras se estuvieran consumiendo alimentos, fuera en el interior del avión o en las salas del aeropuerto.

Al abordar, nos entregaron un buen detalle, muy ad hoc a lo que vivimos: toallitas sanitizantes para que limpiáramos los descansabrazos de nuestros asientos, en caso de que no estuviéramos conformes con la limpieza general de la aeronave.

De Ottawa al aeropuerto de Washington-Dulles en poco menos de dos horas, traslado a la terminal para mi vuelo a Houston usando el tren, vuelo de 3.5 horas, aterrizaje, reconocimiento de cuánto ha cambiado ese hub de United, para ahí comer una hamburguesa (en ambos vuelos, una galleta y una bebida fueron el “menú” gratuito, así que ya hacía hambre), y luego una breve espera de 40 minutos, para finalmente abordar mi vuelo hacia Mérida.

Del viaje en la clase de negocios, así como de mi impresión inicial al arribar a mi patria chica, platicaré la próxima semana.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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