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La nostalgia de los buenos tiempos…

“Ya te hablé de la educación, pero no te he dicho que fuimos la primera comunidad en el Estado, sin ser un municipio grande como Mérida o Tekax o Progreso, en tener escuela Secundaria por cooperación. Eso lo puedes checar en la revista ‘Frente a la selva’ que editaba la compañía; solamente se editaron 20 números y en la revista correspondiente al mes de noviembre de 1951 publicó: ‘Ya está autorizada nuestra escuela secundaria.’”
‘Tenemos el agrado de informar a nuestros lectores –puedes leer en la revista- que la Secretaría de Educación Pública autorizó el funcionamiento de la escuela secundaria de Colonia Yucatán, siendo esta la primera escuela por cooperación que se funda en el Estado de Yucatán. “La S.E.P. le asignó la Clave No.ES664-1, que indica: la “E”, educación, la “S”, secundaria, el “6” señala el carácter de la escuela como cooperación; el “64” es el número de la Entidad Federativa de acuerdo con las zonas en que está dividido el país, y el “1”, es el de la escuela que la marca como la primera escuela secundaria por cooperación de Yucatán.’
“Así que aquí en Colonia Yucatán nació la primera Escuela Secundaria por Cooperación. Cuando ésta empezó, los ingenieros de la empresa daban clases de Matemáticas, Física e Inglés. Había muchachos que venían de Kantulnilkin, de El Cuyo; ya después daban clases los maestros titulados. Ellos nos daban clase en la tarde, ya que por las mañanas daban clases en la primaria, que era su base. Todos ellos, muy bien preparados, formaron gente de bien; profesionistas de calidad salieron de estas aulas en los que los papás en los inicios pagaban una pequeña cuota mensual para darle su “salario” al docente de la secundaria.
“Tiempo después, como te dije, se instituyó la Secundaria formal ante la Secretaría de Educación Pública. Mucho tuvo que ver el maestro Porfirio Matos García, a él debemos que haya educación media acá.
“Al inicio de las clases o de educación formal, a los maestros de primaria y el kínder la empresa los contrataba y les pagaba el 50% de su salario y la otra parte se los pagaba la SEP. Artículo 123 le decían a ese rubro en aquel entonces. Estamos hablando de los años 50 del siglo pasado, más o menos. Esa escuela de madera que construyó la empresa bajo la supervisión del ingeniero Sotero A. Bautista, ¡híjole!, bonita escuela, icónica, preciosa escuela. En ningún otro lugar había una parecida, con espaciosos salones, ese salón de actos muy grande, el escenario con su piano y todo lo relativo a la buena educación.
“Los lunes a las 7.00 a.m. era obligatorio los honores a la bandera de los alumnos de primaria que asistían de uniforme de pantalón o falda verde y camisa blanca; en las tardes, los de la secundaria hacían lo mismo, aunque con otro color de uniforme.
“Los mesabancos cómodos, amplios; la pizarra era de lado a lado, de color verde. Desgraciadamente, ese icónico edificio que inauguró en noviembre de 1950 el ministro de Agricultura y ganadería, Sr. Nazario Ortiz Garza, quien vino en representación del C. Presidente de la República, ya lo tiraron, ya no existe. ¡Lástima! En su lugar construyeron un domo, por cierto, muy feo comparado con la escuela que por años albergó a decenas de generaciones de Colyuctecos que hoy son hombres de bien, profesionistas cabales.
“Me acuerdo que si algún chamaco en ese tiempo no quería ir a la escuela pretextando cualquier cosa, la mamá no se ponía a regañarlo ni lo obligaba a ir: simplemente hablaba con Pancho López y éste se presentaba a la casa. Con todo su peculiar uniforme, con sombrero ancho y pistola al cinto (tenía un tiruahule en la bolsa de su pantalón), con su estentórea voz decía: ‘¿Dónde está fulanito?, que se aliste en este momento que lo estoy esperando para llevarlo a la escuela.’ Y de volada te ponías listo y él te llevaba escoltado a la escuela ante la pícara sonrisa de la mamá y la discreta burla de los demás, recomendándole a la maestra (o) a su pupilo, quien con harto miedo y vergüenza se quedaba calladito y cumpliendo con los deberes escolares. Por lo general, casi nunca se volvía a negar algún chamaco a ir a la escuela, aprendían muy bien la lección gracias a la astucia de mamá y la autoridad del temido Pancho López,” me comenta alegre y melancólico el titular de la primera base del equipo de beisbol “Maderera el Trópico”.
“Los sacerdotes, extranjeros todos, algunos eran polacos, otros americanos, les gustaba convivir, socializar con sus fieles. Me comentaba don Ariel, el papá de Pavo, que el padre Petrucci era frecuente visitador de su casa; este don Ariel era muy poco sociable, siempre se le veía adusto. Me decía, en las pocas veces que conversé con él, que el padre Pedro con frecuencia visitaba la casa y se sentaba junto al comal a conversar con su esposa Dorita, mientras ella estaba torteando: el padre disfrutaba sus tortillas con sal y manteca. De tanto frecuentarlos y tantas pláticas con ellos, pudo convencer a don Ariel de casarlos por la iglesia –legitimar su matrimonio– en una ceremonia casi privada, muy íntima. Creo esa fue la condición que le puso el papá de Avito, quien apreciaba mucho al padre Pedro.
“Sus compañeros sacerdotes practicaban mucho deporte con los muchachos de Colonia, que en ese tiempo eran muchos. Te estoy hablando, repito, de los años 50 del siglo pasado.
“En ese tiempo creo que solo el maestro Miranda, el papá de Teresita y Laura, tenía un aparato de televisión. En toda la comunidad, los radios eran más populares en esa época y había más, igual los que tenían tocadiscos que ponían su música de moda, como los Apson en discos de 45 revoluciones por minuto. En épocas de bachatas siempre las organizaban Chepo Bojórquez y Pancho Marín con tocadiscos de aquella época, juuu… Se ponían muy bonitos, no había borrachera ni tragos, solo íbamos a bailar y se ponía muy bueno el ambiente.
“Te digo que todo lo controlaba la empresa, era todo muy ordenado y todos cumplían, aunque a veces, cuando me iba de vacaciones a Mérida me criticaban diciendo que yo vivía en una especie de cuartel, que no éramos libres, que todo nos decían qué hacer, cuándo y cómo. Pero es falso: ahí vivíamos muuuy bien, éramos alegres ya que teníamos todo y vivíamos felices.
“El servicio médico, así como la educación, era de los mejores, con muy buenos doctores. Eminencias como el Dr. Daniel Ríos Macbeth nunca lo volveremos a ver, ni tampoco a los doctores Lezama, Zapata, Duarte. En fin, tuvimos un servicio médico de primera, así como las enfermeras doña Rita Lazo, doña Evelia y Gloria Saldívar entre las que recuerdo.
“En el pequeño campo que estaba frente a la fábrica, además del softbol de los grandes y de las señoras, se organizaban los sábados en la mañana torneos de beisbol infantil. Recuerdo que el pimentoso y alegre Amado Fernández era manager de un equipo. Muchos chamacos jugaban aun sin uniformes ni zapatos, tenían lo necesario para jugar –bates, pelotas y guantes–, que al entrar a batear en su turno el equipo contrario les dejaba los guantes a los que les tocaba servir en la correspondiente posición y así todos felices. No había estrellitas ni broncas ni discusiones a los improvisados umpires; aunque lo que sí me fijé muy bien era que allá no escuchaba groserías. Los chamacos no eran groseros ni decían palabrotas ni había pleitos entre ellos. Todos convivían de buena manera, jugando limpio. Al que se pasaba de la raya lo castigaban ellos mismos al no invitarlo a participar en el siguiente juego.
“Ubaldo Dzib, Julio Rodríguez –Pajarito–, quienes eran también buenos pitchers tanto de los Cardenales de la Sierra como la Maderera, eran también managers de los equipos infantiles, así como el maestro Dini Marín. Entre los niños de ese entonces estaban los hermanos Carrillo Pineda, Felipe, Jorge y Raúl, los hijos de don Capi Martín, Hernán y Ever, los chivacanes que eran muchos. Casi un equipo completaban los hermanos Rodríguez-Villalobos. Igual estaban los hermanos Ortiz-Manzanero como aquel que le dicen Popeye, Churis y Calin Pí… Juuu, eran muchos chamacos. Estaban también los hijos de Evelio Rodríguez, Jorge –chalupa le decían- y a su hermanito Chuz le apodaban. Eran varios equipos que patrocinaban los comerciantes como el Negrito -Miguel Soberanis-, don Luciano Meléndez, Ramón Tello. Claro que no cada temporada les daban las camisetas con el nombre del patrocinador, pero los chamacos contentos participaban, se divertían mucho. ¡Aaaahhhh!, se me estaba olvidando el hijo de don Iser Burgos, era cátcher (Gringo le decían), y los hijos del Wixi Cetina quien fuera cátcher del equipo grande Maderera del Trópico.
“Varios de aquellos niños que cada sábado participaban en Colonia hasta hoy siguen jugando, muchos de ellos participan en torneos de softbol en la liga de veteranos de Cancún y otros a esta capital donde emigraron con sus familias cuando la huelga del ’75 y nunca dejaron de frecuentar a sus antiguos vecinos.
“Había tantos chamacos en esa época que los sábados y domingos en la tarde les proyectaban una película exclusivamente para niños, la mitad el sábado y la otra mitad el domingo. La función de las ocho de la noche era solo para jóvenes y adultos, en el casino solo podían entrar los muchachos que ya tenían la edad, podían jugar boliche, pero no billar ni carambola.”
CONTINUARÁ…
L.C.C. ARIEL LÓPEZ TEJERO
Fotos cortesía de Augusto Segura Moguel “El Salado”





























