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José Juan Cervera
Los caracteres airados se empeñan en la defensa incondicional de los rasgos estridentes que definen su personalidad.
Como la imagen de uno mismo no concuerda con la que los demás se forman de ella, el tono que alcanzan las disputas depende de la calidad de las perspectivas en juego.
Cuando los caprichos de la voluntad anulan la sustancia que nutre la esencia esquiva del ser, la vida se convierte en una contienda sostenida en el peso de las insignificancias.
Si un principio de rigidez define la imagen que alguien proyecta de sí mismo, la costumbre se transforma en fuente de una personalidad que se obliga a restringir sus puntos de contacto con la diversidad del mundo.
En los diálogos externos obran candados interiores que obstruyen el encuentro de la luz con la desolación de los rincones que claman por ella.
Hay quienes conciben el aprendizaje como la repetición de una lista de deberes heredados de un preceptor al que nunca conocieron.
La habilidad de los charlatanes sirve para inducir doctrinas que aseguran obediencias que se someten a las formas sin juzgar sus contenidos.
La ética y la estética son rostros alternos de una divinidad que rechaza ofrendas vacuas y homenajes forzados.
La creencia inducida es una bolsa de aire que constriñe la expansión del fluido vital hacia sus corrientes de origen.
La máscara que adopta un gesto de candidez amolda su flexibilidad en la superficie del embuste colectivo.





























