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Chail Kaan

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Chail Kaan

Anastasio, campesino joven, trabajador y simpático que a todo el mundo le caía bien por su facilidad de palabra y gusto con que contaba las experiencias de su vida, estaba dedicado a la atención de su familia y su milpa.

Hacía poco más de dos años que se había casado con Rosario May, también joven bonita, quien lucía bastante bien sus trajes de mestiza. Eran verdaderamente felices ¿Qué más podían pedir?

Ya tenían un niño de poco más o menos seis meses de edad llamado Jesús, pero le decían Chuchito.

Eran vecinos de Dzonot Ceh. Vivían en una típica casita de paja con pisos de tierra, paredes de bajareque, de dos piezas: la que servía de sala y dormitorio para él, Charito y Chuchito, y la cocina que era baño y dormitorio de don Martín Hau y Juanita Chuc -sus padres-; la casa estaba rodeada de árboles: ramones, flamboyanes, cedros, naranjas y limones agrios, así como arbustos: chaya, limonaria, rosales y flores de mayo.

Pegadas a la casa, don Martín tenía en macetas una serie de plantas que servían para guisar y preparar medicinas, tales como el epazote, hierbabuena, albahaca, chile habanero, ruda, romero, menta, vicaria y amaranto a las que, para que siempre estuvieran en producción, les echaba agua tres veces al día; cuando soplaba el viento refrescaba la estancia por todos lados y la llenaba de ricos olores.

De Dzonot Ceh a X’kanlol Ceh -lugar donde Anastasio hacía su milpa- había doce kilómetros. Para llegar a ese lugar, Anastasio tardaba menos de tres horas; iba en caballo, pero a la vuelta tardaba más: la bestia traía cargando maíz, elotes, calabazas, frijoles, macales, en fin, los productos de su trabajo y él aprovechaba cargar un buen tercio de leña.

Siempre andaba alegre y deseoso de abrazar a sus seres queridos.

Cuando notaba que la fauna hacía visitas frecuentes a sus sembrados -los comía o destruía-, iba de noche a espiarlos, le gustaba la cacería y no le venía mal tirar de vez en cuando un animalito: venado, pavo, tepezcuintle, tejón o conejos. Siempre se le escapaba la kulú, que es mañosa, destructora y escurridiza.

Estando en su casa un fin de semana -disfrutando de su familia- su hijo enfermó.

No dejaba de llorar y sus padres le preparaban varios remedios caseros, más bien infusiones de hojas de hierbabuena, naranja, limón, menta y albahaca; decían que le daban cólicos por los aires que no podía expulsar. Lo veían flaco, cansado y desganado, pero no tenía calentura, ni catarro, ni diarrea, pero tampoco tenía fuerzas.

Anastasio, viendo su estado de ánimo y considerando que era de gravedad, lo llevó al doctor del poblado más próximo quien, después de oír sus síntomas y reconocerlo dijo: “Este niño lo que tiene es hambre, no se llena con la leche de su mamá, por eso llora, y de tanto llorar se está deshidratando. Hay que ponerle suero y darle leche adicional a la que le da su mamá.”

Así lo hicieron y el niño se recuperó, pero no tardó mucho y volvió a llorar por causa del hambre. Decidieron darle más leche y caldo de frijol con pedacitos de tortilla.

A Charito le extrañaba mucho que el niño no se llenara con la leche, que ella sentía que le sobraba. Además, dormía con él abrazado, y sentía que toda la noche se la pasaba mamando. Le chupaba tanto, que durante el día sentía sueño y mareo por la debilidad. Sin embargo, se sobreponía a sus malestares y dedicaba la mayor parte del tiempo para cuidar a Chuchito: amamantándolo cada tres horas. Cuando lloraba, le daba leche en polvo, preparaba su comidita de frijol con tortilla y, por consejo de Doña Juanita, le daba yema de huevo.

Por más que hicieron, el niño no logró salvarse.

Una tarde que llegó Anastasio de su milpa, lo abrazó y sintió que ya no pesaba: estaba seco, y no le salían lágrimas. Luego de un breve suspiro, cerró sus ojitos y se durmió para siempre.

Así fue: Chuchito murió en los brazos de su padre.

Mientras éste lloraba desconsoladamente, Charito, la madre, no dejaba de disculparse: “Yo lo quiero como solo una madre sabe querer… lo concebí, lo parí, lo crie y lo cuidé con esmero. Si no vivió es porque Dios no lo quiso. Todas las noches se las pasaba chupando mis pechos y, no es por nada, pero siempre estaban tan llenos que hasta mojaban mis ropas. La prueba de ello es que yo también me estoy muriendo: siento que la debilidad y el dolor de cabeza me están matando. Cuando estoy torteando, me mareo y me paso a caer en el comal o en la candela; lo mismo cuando lavo o plancho.”

Enterado de esta novedad, Anastasio sintió pena por su esposa y comenzó a proporcionarle las atenciones que necesitaba.

Los abuelitos, que al mismo tiempo eran los padrinos de Chuchito, haciendo efectiva la costumbre maya, se encargaron de comprar el ataúd, velarlo y llevarlo al cementerio para sepultar.

Charito perdió las fuerzas y se quedó en su hamaca sin poderse levantar. Anastasio multiplicó sus cuidados: estaba junto a ella de día y de noche, listo para ayudarla; cuando notaba que había mejoría en ella, iba lo más rápido posible a la milpa a traer lo indispensable para su gasto.

Perdió su buen humor, se volvió tímido y amargado, solamente hablaba con sus padres y con Charito. Viendo a su mujer tan delgada, amarilla y somnolienta, pensó que su estado ya era de gravedad, se dirigió a sus padres y les pidió consejo: “Papá, mamá, ¡ayúdenme! No entiendo lo que le pasa a Charito. Creo que se está muriendo, no sé si de pena o por alguna terrible enfermedad.”

“Charito ya pasó por ese sufrimiento como tú, y ambos tendrán que estar conformes porque el niño ahora está en el cielo con Dios. Dios lo quiso, él se lo llevó. El alma de Charito ya no está enferma; tiene mal en su cuerpo, pero no hay doctor que la cure. Tenemos que llevarla con un H’men para que estudie su caso y diga lo que debemos hacer para que se salve,” le dijeron.

Doña Juanita, que entendía el español, pero no podía hablarlo, dijo en maya:

“¡Bey ualé! ¡Che’en tu cab k’u’h! Kaabe, tumen ti’le kina’ obo tun p’i’sil u k’eeban yo’ oh’ oí kaab tula’aacal winic.”

Traducción:

“¡Puede que sea! ¡Ja, la buena de Dios! Porque durante estos días se miden los pecados en la Tierra de todos los hombres.”

Las palabras de doña Juanita fueron bien comprendidas, y decidieron ir con un H’men.

La llevaron a Xcocmil, pueblito cercano a Chikindzonot, donde vivía el viejo Bonifacio Pat, reconocido curandero, hombre comprensible, bondadoso y de trato amable.

Le pidieron que atendiera a Charito y él aceptó con mucho gusto. Lo primero que hizo fue pedir que le contaran todo lo que sabían de ella; luego la pasó a otra habitación y allá, solo con ella, le dijo: “Vamos a ver, linda. Cuéntame desde que te casaste, del nacimiento de tu hijo; también dime cómo te sientes, qué te molesta, dónde te duele; en fin, todo, todo, sin pena, sólo así te podré curar.”

Entre suspiros, Charito, en pocas palabras le hizo un informe de su situación. Cuando terminó de hablar, Bonifacio le dijo: “Muéstrame tus pechos.” Se los observó detenidamente y se los apretó para ver si tenían leche, pero no salió nada. Le preguntó si había tomado algo para secarlos y ella respondió que no y agregó: “De noche sale leche, y es tanta que hasta me mojo mi huipil.” Al oír eso, el H’men exclamó: “¡Conque así es! Mira, si no me estás mintiendo ya sé lo que te pasa; ve al otro cuarto y dile a tu marido que venga a hablar conmigo.”

Anastasio pasó con el H’men y éste le dijo: “Lo que tiene tu mujer no te lo voy a decir por ahora, porque no lo vas a creer. Para curarla necesito ir a tu casa y estar allá el tiempo que sea necesario, puede ser una o dos noches, quién sabe, a lo mejor más. Si crees en mí, como yo creo en Dios, te juro que la curo.”

Anastasio dijo: “Vivimos en Dzonot Ceh, un poco lejos de aquí, lo que deseamos es que quede bien. ¡Allá lo esperamos! Pe… pero si quiere y puede, venga con nosotros de una vez.”

Bonifacio, viendo la desesperación de Anastasio, decidió ir con ellos de una vez, pero le aclaró que le tenía que avisar a su mujer que se iba a ausentar: “Si no le aviso, me mata. Ya sabes cómo son las mujeres.”

Después de que dio el aviso correspondiente, los cuatro se encaminaron para Dzonot Ceh. Iban callados y así, en el silencio de la hora en que ni es de día ni es de noche, llegaron a la casa de Anastasio. Nadie los vio volver. Entraron, encendieron algunas velas, y la mamá de Anastasio sirvió la cena para todos.

Terminada ésta, el H’men dijo a Charito: “Acuéstate a dormir tal y como acostumbras. Ten confianza en mí. Cierra los ojos, no los abras para nada.”

A los demás les dio las siguientes instrucciones: “Tú, Anastasio, dame un metro de Tzootz Ak verde, bien pelado, y vete con tus padres a otra casa, mientras más lejos mejor, a esperar que yo les hable. No vengan antes, porque aquí necesito trabajar solo y en silencio; nada ni nadie debe distraer mi atención. Así que váyanse, por favor, pero ya, ¡váyanse! No se queden, no sean curiosos; si les pido que se vayan es porque no quiero que les pase nada, ni a ustedes ni a Charito. Estas son cosas de Dios, pero también pueden ser del diablo.”

Al oír estas últimas palabras, se apresuraron a salir de la casa, santiguándose y diciendo: “¡Ave María!”

Charito se acostó en su hamaca, llena de miedo, pero confiada en que el H’men estaba cerca de ella precisamente para curarla.

El H’men alumbró la casa con siete velas de cera negra y, poco después de algunos rezos en voz baja y ademanes que parecían ejercicios calisténicos, se comenzaron a oír carcajadas como de mujer, y ruidos en las palmas de huano del techo, como hacen los ratones cuando están peleando.

Don Bonifacio sacó de su sabucán unas hojas y las comenzó a asar: hojas de guayaba, granada, naranja, chaya, ruda, albahaca, chacáh y trocitos de canela, que al quemarse hicieron un humo espeso y de olor agradable que dominó el ambiente. Las carcajadas que se habían comenzado a oír, se hicieron más seguidas, claras y nerviosas, y los ruidos denotaban impaciencia.

En ese momento, Don Bonifacio comenzó a imitar el llanto de un bebé; apretándose la nariz, y dejando salir suavemente el aire de su boca, pronunciaba: “Cúuné, cúuné, cúuné”. Quién sabe cuántas veces lo hizo, el caso es que ya se había cansado, y comenzaba a fastidiarse, cuando de pronto alzó la vista y vio algo que se movía entre las palmas del techo.

Afinó su vista y, a pesar de la semioscuridad, distinguió el brillo de unos ojos inquietos, pero no lograba definir de qué o de quién eran.

Volvió a imitar el llanto del bebé – Cúuné, cúuné, cúuné –, y de nuevo miró hacia el techo. Entonces sus ojos, acostumbrados a la cacería, vieron con horror que se trataba de una culebra de regular tamaño.

Venciendo el asco que sentía por estos animales, volvió a imitar el llanto del bebé. Esta vez haciendo con su mano derecha como una bocina auxiliar, repitió: “Cúuné, cúuné, cúuné, sin dejar de mirar al ofidio, que comenzó a descender en dirección a los brazos de la hamaca donde dormía Charito.

Iba por más de la mitad de éstos y todavía no la veía completa porque era un animal que medía más de un metro de largo. Nervioso pero consciente de su papel de salvador de Charito, asestó a la culebra fuerte golpe con el bejuco que le diera Anastasio, que le impactó en la mera cabeza, cayendo fulminada como por un rayo, pero moviéndose peligrosamente y golpeando el suelo con la cola que sonaba como un látigo.

Visiblemente excitado, Don Bonifacio siguió golpeando al animal hasta el cansancio, a pesar de que ya estaba muerta y estirada cual larga era.

La vio fijamente para distinguir sus colores – pinta, amarilla, verde y negra –, al mismo tiempo que balbuceaba ¡Chail Kaan! ¡Chail Kaan! Charito ni cuenta se dio de lo que sucedió cerca de ella: dormía profundamente. Lo que hacía la Chail Kaan cuando bajaba era acomodarse en la hamaca, hacía a un lado al bebé e introducía en la boca de éste parte de su cola para que la chupara, y entonces se prendía de los senos de Charito, succionándole toda su leche. Por eso murió el niño de hambre y su madre estaba al borde de la muerte por la anemia.

Don Bonifacio apagó las velas de cera negra y prendió las de parafina. Abrió la puerta y mandó a buscar al resto de la familia.

Cuando llegaron, les pidió que no se fueran a asustar, que Charito estaba fuera de peligro.

“Vengan a ver cuál era el problema,” y los llevó a ver al animal. Al verla, doña Juanita exclamó: ¡Chail Kaan! ¡Chail Kaan!

Don Martín agregó: “Hay que quemarla. Así le cobraremos la vida de Chuchito.”

Anastasio, abrazando a Don Bonifacio, temblando y llorando, solo acertó a decir: “¡Gracias! ¡Gracias, por lo que ha hecho por nosotros! Ojalá que Charito pueda tener otros hijos para que seamos felices y olvidemos esta pesadilla.”

Muchos años después, en Dzonot Ceh aumentó la población y sus vecinos eran igual que Anastasio cuando era joven: tan trabajadores y simpáticos que a todo el mundo le caían bien.

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Continuará la próxima semana…

Elly Marby Yerves Ceballos

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