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El centro de las cosas es una instalación realizada por Beatriz Canfield expresamente para el edificio conocido como el C3 en la UNAM, realizado por el despacho Serrano Arquitectos y asociados entre el 2013 y 2015 para albergar el Centro de Ciencias de la Complejidad -las 3 C del C 3-. Que esta instalación haya sido pensada en relación con el edificio, aliando lo escultórico y lo arquitectónico, es algo que en mi parecer resulta muy patente, como intentaré demostrar en las siguientes líneas.
Antes que nada, cabe recalcar que Beatriz Canfield es una escultora que cuenta con una amplia trayectoria tanto en México como en el extranjero, en España, Inglaterra, y en particular en Suiza, donde vivió del 2009 al 2016. Emilio Payán, en un artículo de La Jornada que le dedicó a la artista, que ésta se sintió llamada por la escultura desde su infancia, en parte porque su padre, el también escultor Juan Carlos Canfield, la llevaba a su taller y a las fundiciones. Sin embargo, al expresarle a su padre un buen día que ella también quería dedicarse a la escultura, éste se lo desaconsejó determinantemente debido al hecho de que era mujer. Afortunadamente, en vez de desalentarse, esto únicamente reforzó la determinación de Beatriz para seguir su vocación.
Lo cierto es que Beatriz no es la única que tuvo que enfrentarse a este prejuicio según el cual la escultura no era cosa de mujeres, algo con lo que tuvieron que lidiar en su momento escultoras de la magnitud de Ángela Gurría, aun en situaciones cotidianas, como el hecho de que por ahí de los años cincuenta o sesenta no le quisieran vender en la tlapalería las herramientas que necesitaba pare ejercer su oficio.
Sin duda, este prejuicio según el cual una mujer no podía ser escultora tiene que ver con el hecho de que realizar una pieza escultórica implica en muchos casos desplazar pesos muy grandes debido al tipo de materiales necesarios (el metal, la piedra, etc.), una actividad que va en contra de la idea, errónea, pero persistente, según la cual la fuerza física es cosa exclusivamente de hombres. Ese mismo motivo se encuentra detrás de la opinión, prevalente hasta hace muy poco, según la cual las mujeres no debían de dedicarse a la arquitectura, y mucho menos a la construcción. Sin querer ahondar más sobre las raíces de este prejuicio, cabe decir que esta realidad le da, volens nolens, una dimensión social a la instalación de Beatriz Canfield.
Más allá de estas consideraciones de orden societal, lo primero que se puede observar en la instalación de la artista en el C3 es la simbiosis que ha logrado establecer entre escultura y arquitectura. Si bien esto se debe a numerosas razones, se puede empezar simplemente por subrayar la coherencia que existe entre lo contemporáneo de las piezas que conforman su instalación con respecto al estilo del edificio. Hay una armonía muy evidente entre la simplicidad de estas piezas circulares y cilindros suspendidos, y la sobriedad despojada de todo adorno del C3.
Por otro lado, la proporción de las piezas con respecto al espacio en el que se exhiben es la adecuada al crear un equilibrio entre uno y otro elemento. Además, el hecho de que los diversos elementos se sitúen a alturas distintas dentro del vacío que se ha dejado a manera de patio en el ala ocupada por la instalación, crea una continuidad entre los diversos niveles visibles del edificio al hacer que la mirada se desplace del suelo de piedra volcánica, que ha sido dejado en su estado natural intencionalmente en el C3, hasta la cubierta del edificio. De esta manera, la instalación nos obliga, por así decirlo, a comprender la totalidad de la construcción.

Aunque parezca evidente, es importante resaltar igualmente que el colorido gris de las piezas contrasta perfectamente con el blanco de las paredes, de la misma manera que se armoniza con el gris del piso. Por supuesto, hay también una correspondencia muy clara entre la piedra fingida de las piezas, y la textura y el color de la piedra volcánica del suelo natural que se puede observar desde todas las plantas.
Quizás el vínculo más estrecho entre estas piezas que simulan la piedra volcánica y la obra arquitectónica se encuentra en que, al estar suspendidas de las grandes vigas de acero que constituyen la estructura del edificio, nos hacen naturalmente reflexionar sobre la fuerza de la gravedad.
En general, el usuario común de un edificio no está consciente del peso enorme que implican las losas que tiene sobre la cabeza. Al suspender estas piezas, cuyo peso fingido es mucho mayor del que tienen verdaderamente, Beatriz dirige la atención hacia las vigas que las sostienen, como para poner en evidencia el sistema estructural del edificio.
Como si se tratara de una clase de resistencia de materiales, nos explica a través de este artilugio la noción de carga puntual en una viga, aun si el peso de las piezas es deleznable con respecto a la capacidad de carga de las vigas. Por otro lado, el vacío que contienen estos círculos y cilindros de piedra simulada acentúa la idea del centro de gravedad que la escultora tuvo que tomar en consideración para mantenerlas en equilibrio: de ahí probablemente el título del centro de las cosas que le dio a la instalación.
Que las fuerzas confluyan en este punto invisible nos revela que en la arquitectura hay realidades físicas en juego que van mucho más allá de lo que nos revelan sus elementos materiales a primera vista, y que tanto la ingeniería como la arquitectura deben de tomar en consideración para asegurar las condiciones de equilibrio del edificio.
Por fin, la materialidad misma de estas piezas establece un vínculo suplementario ya no con el edificio mismo, sino con su vocación en tanto Centro de Ciencias de la Complejidad cuyo propósito es fomentar la innovación y el diálogo entre disciplinas diversas como pueden ser las artes y las ciencias, lo cual está también en concordancia con el propio seminario After, coordinado por Manolo Cocho.
El carácter ilusorio del elemento pétreo de los cilindros y piezas circulares que Beatriz ha colgado de las vigas de este edificio se debe esencialmente al uso de la masaroca, una sustancia hecha a base de componentes minerales que imita la piedra, pero que es maleable como una argamasa, aunque se trata de un micro-concreto. Es significativo que su inventor, Carlos Javier Fernández García, sea un escultor, pero que su invención se aplique también en la arquitectura.
Continuará…
ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU





























