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¡Ahí Viene Lolita!

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Muulmeyaj_1

Presentación

Múulmeyaj es una selecta colección de viejos cuentos que –en su mayoría– abordan temas muy interesantes del medio rural e indígena de la península de Yucatán, algunos ligados a las tradiciones y costumbres, a los mitos, al pensamiento mágico, a las prácticas de la medicina herbolaria, abluciones y secretos éstos –tan secretos y comunes– que se pueden divulgar. Aquellos secretos inviolables jamás los revelaríamos, tal y como lo prometimos a quienes en confianza y en su idioma nos los comunicaron.

Somos educadores que encontramos entre la gente humilde motivos suficientes para permanecer y convivir en ellos. Coincidimos en poseer la afición de escribir e intercambiar nuestros trabajos. Ya jubilados, decidimos darlos a conocer a maestros y amigos –los mejores– y esto no porque nosotros lo digamos, sino porque fueron premiados en concursos literarios promovidos por SEP, CONAFE, UADY, instituciones relacionadas con la cultura, varios municipios y la Mesa Panamericana.

Mucho agradeceremos los comentarios de quienes así lo consideren, porque tenemos el propósito de que la segunda edición sea un libro ilustrado que contenga las opiniones que nos hagan llegar.

Mérida, Yucatán, septiembre de 2016

Calle 76 N° 455 C-bis entre 43 y 45

Centro, Mérida.

 

INTEGRANTES DEL EQUIPO

Elly Marby Yerves Ceballos, Coordinador; Profr. Anacleto Cetina Aguilar; Profr. Amir de J. Castilo; Profra. Angelita Villalobos Vda. de Arana; Profra. Francisca Sosa Mongeote de Yerves; Q.F.B. Leydi del Socorro Yerves Medina; Profr. Marcos Elwin Yerves Medina.

 

¡Ahí Viene Lolita!

Elly Marby Yerves Ceballos

Esta era la alegre exclamación que de manera espontánea brotaba de la garganta de los vecinos de aquella lejana comunidad cuando la veían venir.

Lolita era incansable. Desde las cinco de la mañana se oían ruidos en su cocina anunciando la preparación del desayuno. Limpiaba su casita de manera ejemplar, y luego salía a visitar a las amas de casa para –según ella– ver qué aprendía o ver qué enseñaba. Su modestia la hacía decir de ese modo.

Lolita era una maestra de mucha experiencia en el trabajo social requerido por las comunidades rurales del país, y estaba cooperando con una de las primeras agencias culturales de Educación Pública en aquella humilde e incomunicada comunidad yucateca. Poseía un carácter de maravilla. De su persona emanaba buen trato para el prójimo de tal forma que, para el neófito resultaba un tanto exagerado… Pero no, Lolita era todo amor porque para ella los vecinos eran sus hijos, hijas y nietos. A los compañeros maestros brindaba el mismo trato, sin distinguir los sistemas a que pertenecían. Era harta obsequiosa con las personas que la visitaban que igualmente le llevaban regalitos, cariñosos presentes que por lo general consistían en frutas, verduras, huevos, cereales o algún bocado preparado con carnes de animales del monte, cuya receta ella misma había proporcionado.

El cariño y respeto hacia Lolita eran sinceros. La gente la quería porque era buena y bien intencionada, tenía dominio de la cocina regional de la península yucateca. Con productos existentes en el medio rural preparaba deliciosos platillos, entre los que destacaban los papadzules, dzotobichayes, tamalitos, codzitos, empanaditas y pan de cazón, escabeches, pipianes y chilmoles, etc. De repostería hacía rosquitas de canela, flanes, mazapanes, coco horneado, frutas cristalizadas, dulces sin fin. Enseñaba corte y confección de prendas de vestir, bordados y tejidos.

Mas todas estas destrezas que adquiridas por las alumnas les permitían realizar exquisitas manualidades, a ella le servían como medio de atracción para llevar a cabo su labor culturizante, encaminada a modificar la actitud de las comunidades que tenían como jefes de familia a expresidiarios, chicleros y milperos provenientes de diversas partes de la República y aun de otras Repúblicas vecinas como Guatemala, Honduras Británicas y Honduras, Centroamérica.

La sola presencia de Lolita donde se suscitaba una desavenencia familiar era suficiente para volver a la calma y armonía conyugal. Durante sus visitas domiciliarias, mientras dirigía la preparación de algún buen guiso o postre, vertía sanos consejos a las amas de casa y les hacía ver que “la mujer, por su inteligencia natural, está llamada a velar por el destino de su hogar, ayudando al marido con actividades que aumenten el ingreso diario.” “Cuando uno no quiere, dos no pelean” –les repetía–. Era su lema favorito que, a fuerza de oírse, la comunidad se quedó con él, formando una norma de conducta social que evitaba disgustos y pleitos.

Lolita sabía tratar a todos los niveles sociales: hombres, mujeres, jóvenes, adolescentes y niños, pero tenía marcada preferencia por abrazar a los niños porque, estaba convencida y así lo decía, “los niños acortan la distancia entre el trabajador social y el hogar.” Además, en muchos casos había intervenido en las relaciones prenupciales de los padres, asistido a los preparativos de la boda, a ésta, y ayudado a la madre a la hora del alumbramiento.

Lolita tenía visión comercial: en sus primeros años de labor dedicó gran parte de su tiempo a la promoción de huertos familiares e introducción de cultivos como los cítricos, guanábanas, mameyes, guayabos, nance, plátano, camote, coco, etc. de los que, pasados los años, propició su aprovechamiento iniciando industrias caseras de preparación de pastas y jarabes, envasados de frutas en almíbar, principalmente nance, ciruelas y ciricotes que con facilidad se vendían en las poblaciones cercanas de mayor importancia. Del mismo modo, difundió las artesanías del bordado a mano y a máquina, del punto de cruz, la confección de hamacas y ropa; labores que reportaban notable economía a las familias. Además, influía en el ánimo de éstas para que se dedicaran con afán a la cría de animales domésticos: gallinas, pavos, patos y cerdos.

De todas esas loables acciones, derivaba el grito alegre de la gente al verla venir: “¡Ahí viene Lolita!… ¡Ahí viene Lolita!”

Todos la esperaban. Los esposos disgustados, para que los contentara; la joven a quien sus padres negaban permiso de ver al enamorado, para ayudarla a resolver su problema; los enfermos para recibir frases de aliento y trato esmerado; los niños -ni qué decir- con la ilusión de saborear los dulces, hasta brincaban de gusto… “¡Ahí viene Lolita! ¡Ahí viene Lolita!” gritaban felices.

La vida privada de esa gran mujer siempre fue un santuario. Nadie, ni sus compañeros llegaron a saber. Nunca habló de ellos. Para ella el pasado no existía. Su marido era el trabajo, que le daba manera de existir y practicar su deporte favorito, en el que se distraía y cobraba indescriptibles satisfacciones. A manera de sociología aplicada, hacía el bien a los demás por el bien mismo.

Después del arduo trabajo cotidiano, le quedaba tiempo de enseñar con el ejemplo las buenas costumbres. Todas las tardes, después de cenar, sentada a las puertas de su hogar –que era un moderno jacal bien ventilado que tenía sala, comedor, cocina, dormitorio y otros anexos, adornados con sencillas cortinas, hojas y flores de diferentes colores – leía y leía, hasta que los niños llegaban. Entonces, Lolita con ellos jugaba, les contaba cuentos, pero no de hadas, les decía verdades de cosas pasadas de la población, haciendo conciencia a los hombres futuros en cuyas espaldas necesariamente tendría que descansar la dirección de su hogar. A menudo les decía; “yo sé que ustedes quieren mucho a su mamá, porque ella les dio el ser, les cuida y les da de comer, les hace sus ropas, sus dulces, los lleva a pasear y les da permiso para ir a jugar. Del mismo modo que quieren a su mamá tendrán que querer a su mujer cuando se casen. La mujer en la época de ustedes dejará de ser esclava del hogar. El mundo, niñitos, tiene que cambiar. Será un mundo nuevo, civilizado, con mucha cultura y ambiente de paz. Recuerden hijitos, nada de rencores nunca desconfianza, que las almas buenas viven de esperanzas.”

Los niños menores quedaban dormidos oyendo a Lolita, y los grandecitos que querían saber más la interrogaban con cosas precoces. Ella les decía: “S eso no contesto, tienen que esperar y será la vida –si la llevan bien– la que en mi lugar les contestará.”

La hora infantil terminaba, dando paso a la tertulia que nunca faltaba: inolvidables veladas en que salían a relucir los problemas, las noticias del día, el adelanto o atraso de los proyectos. En fin, era el motivo de la interacción necesaria para el desarrollo de la comunidad. Lolita ofrecía a sus visitantes café, cigarros –éstos últimos para alejar a las víboras que por todas partes había, debido a que el pueblo estaba rodeado de tupida selva.

Los años y el exceso de trabajo al fin acabaron con la salud de Lolita; sólo por eso se retiró del lugar. Nadie sabe con exactitud cuántos años de su vida sacrificó en el bien de la Educación Popular; aquellas semillas de progreso que sembrara con gran devoción, germinaron ya y sus resultados a la vista están en esa región que es ahora orgullo de nuestra nación.

A lo largo y ancho de nuestra República trabajan, hoy día a favor del pobre, muchas misioneras; personas que dejan –como hizo Lolita– hogar y familia, haciendo efectivo el claro ideal de todos los hombres que a sangre pagaron nuestra libertad.

[Continuará la próxima semana…]

1 COMENTARIO

  1. Conmovedora y ejemplar evocación de un auténtico apostolado. Ojalá existieran muchas Lolitas que tanta falta hacen en la educación del pueblo.
    Saludos Maestro Yerves. Esperamos la contiuación.

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