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Francisco Sosa
Ven como el aura fugitiva pasa
rizando, bella niña, tus cabellos,
ven como nube de flotante gasa
que dora hermoso el sol con sus destellos.
Ven como el eco seductor y blando
que entre las sombras de la noche suena,
cual rayo de la luna que brillando
el triste corazón de encanto llena.
Como el perfume de la flor divina,
como el canto del ave enamorada;
no vengas cual mujer, no te imagina
el corazón así; ¡nunca! Mi amada.
Cuando vengas a mí, rico tesoro,
que una mirada mundanal no vea
el fuego del amor con que te adoro;
misterio eterno para el mundo sea.
No vengas cual mujer; así te adoran
los que en el mundo tu belleza admiran:
te admiran nada más, y nunca lloran
ni a tu recuerdo, como yo, suspiran.
No sienten ellos calcinar su frente,
en la alta noche y en el claro día,
la idea de tu amor, el fuego hirviente
del amor sin igual del alma mía.
No vengas cual mujer: ven como sombra
que aparece en las horas del delirio,
hermosa, angelical; así te nombra
mi pobre corazón en su martirio.
Tu sombra, sí, mi bien, tu dulce acento,
tu mirada de luz, cuyos fulgores
disipan en mi triste pensamiento
la noche de mis negros sinsabores.
Tu sombra nada más, tu sombra amada,
vaporosa y gentil; la de mis sueños:
no vengas cual mujer, una mirada
del mundo, disipara mis ensueños.
Y es triste despertar de un sueño de oro,
y ver tan sólo realidad impía;
así, ¡oh beldad que con delirio adoro!
ven cual las hadas de la noche umbría.
Tengo un amor tan puro como el cielo
aquí en mi triste corazón guardado;
guardado para ti, mi solo anhelo.
¿Lo quieres disfrutar? Ven a mi lado.
Tendrás de mi alma las fragantes flores,
y las notas más dulces de mi lira;
pues tú eres el imán de los amores
por quien mi pecho sin cesar suspira.
La Revista de Mérida. Periódico de Literatura y Variedades. Mérida, tomo I, 1869, pp. 117-118.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























