A Alberto Cortez

By on septiembre 17, 2017

Atisbando El Arte

A ALBERTO CORTEZ

Saludo de Yucatán al poeta de la canción

Cortez_portadaa

El rascacielos sube en el aire puro lavado por la lluvia

y baja reflejado en un charco lodoso del patio.

Entre la realidad y la imagen, en esta pampa

seca que las separa; cuatro palomas pasan…

y nos dejan tu música y poesía.

AHGA

 

                               Observar una desnuda planta

cuando canta su lento crecimiento

y en una rosa queda construida.

                               Tocarla apenas,

sintiendo como roza su piel como de niño.

                               “Mi madre y yo lo plantamos

en el límite del patio

donde termina la casa…”

 

                               Ese árbol, cuyo tronco es un tatuaje

que tantos años de existencia cuenta;

que día a día su grosor aumenta,

ya es canción y es orgullo del paisaje.

                          “Despertó a las ocho, como de costumbre,

se metió en la ducha, se lavó los dientes

y en su viejo traje, como de costumbre,

salió de su casa a las ocho y veinte…”            

               Ironiza el poeta de tan dulces notas

 pudiendo convertir la tinta en oro,

que a pesar de su genial tesoro

solemne vive, con las alas rotas.

                               “¿A dónde diablos

habré metido yo los versos que tenía

sin terminar, sobre mi mesa todavía

aunque no fueran más de cinco o seis vocablos?

¿A dónde diablos…?

 

                               Mis versos también se pierden

de la mesa donde escribo mis recuerdos;

el tiempo se adormece en la ventana

la pluma se llena de modorra…

                               El día se me hizo noche,

se me hizo ocaso la aurora;

yo que amo tanto la luz

tengo que andar entre sombras…

“Cuando un amigo se va

queda un tizón encendido,

que no se puede apagar

ni con las aguas de un río…”

 

                               Me acompañan:

una música triste,

el espejo de la noche

y  los ojos de la sombra.

                               Viene pasito a paso

por la escala del sueño,

una lánguida música

que vibra de penar.

“Una tristeza pura,

una tristeza plena,

tristeza, que no amargura,

es mi entera tristeza.

 

                               A través de mis horas,

observando mis penas,

discurre lentamente

como un reloj de arena…”

                               Como tú, también despierto,

miro el reloj, escucho tu canto,… Alberto;

son las tres…

                               Como el sueño se ha ido

y no quiere retornar,

abro un libro; esperaré

que acabe de amanecer

para irme trabajar.

                               Es un libro de poesía:

visito la antología

de mi “Memoria Poética”;

mis versos son la heredad

de antigua genealogía.

                               Mis poetas preferidos;

 aunque unos ya son idos

otros en el mundo están,

pero que también se irán

para nunca más volver;

sus versos se quedarán,

otros, los que nacerán

como el cimiente de Goyo,

más tarde, habrán de leer…

                               Mi preferencia al leer

entre Cortez y los versos de Machado,

siempre su verso he gustado

con infinito placer.

                               Paso las horas leyendo

y como está amaneciendo,

prendo el fuego, hago café,

lo ingiero y como tres galleticas

Y vuelvo el libro a coger.

                               Se levantó mi mujer,

apresurada trajina

-mientras leo- en la cocina,

la vida con su rutina

muy pronto me va a envolver.

                               Ya van las horas pasando,

y vamos envejeciendo,

luchando,                    amando,

                comiendo,        meditando

                  y aún  sufriendo.

                               Que si ahora nos desvelamos

en el futuro estaremos

eternamente durmiendo.

“…Todo es rutina, como de costumbre,

todo es una larga cadena de hastío,

se estiran los días, como de costumbre…

habitando todos un mundo vacío…”

 

                               Se me fue la mañana

bebiendo azul de cielo

en la fontana;

murmullos de un cantar

 añoranzas de mar;

se fugó el horizonte de mi anhelo

me invadió el consuelo

de un cantar…

“Mi madre y yo lo plantamos

En el límite del patio,

Donde termina la casa…”

Cortez_1

 

 

Alfonso Hiram García Acosta

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