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Un Carnaval En El Paseo de Montejo

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Un Carnaval En El Paseo de Montejo

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Era un domingo de carnaval.

Los carros alegóricos lucían  imaginativos: dioses del Olimpo, palacios de las Mil y Una Noches, figuras fantasmagóricas, héroes de películas hollywoodenses, todos desfilaban por  el Paseo de Montejo. Las muchachas y muchachos desbordaban alegría, disfrazados de mil modos, rindiendo pleitesía a Momo, y también a Dionisio.

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La multitud se apretujaba en las calles y  a lo largo de la avenida. En las aceras, infinidad de puestos de comida, de cerveza, de máscaras, de gorros y trajes de fantasía. Los conjuntos musicales, apostados en tramos cortos, alegraban con estridente música el carnavalesco ambiente.

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Los travestis lucían maquillajes grotescos y exóticas prendas femeninas en catárticas comparsas.

Arlequín caminaba entre las miles de personas enmascaradas que se atropellaban en las bullangueras calles, vestido con su  traje de rombos multicolores, pintado el rostro de blanco y antifaz.

Buscaba a Colombina.

La había conocido  en un carnaval  de muchos años atrás, en una Batalla de Flores, en la calle 59  de Mérida, en donde entonces se hacían los desfiles carnavalescos.

Sin embargo, nunca contempló su rostro pues Colombina, como él, usaba un antifaz adornado con lentejuelas. Él insistió siempre en que se lo quitara a cambio de hacer lo mismo. Ella siempre se negó: deseaba conservar el secreto de su identidad, deseaba que Arlequín la cortejara solamente durante esos breves días y nada más. Al despedirse le prometía volverle a ver.

Y así, año tras año durante muchos, se repitió la historia. Arlequín y Colombina esperaban ansiosos la llegada del próximo carnaval para consumir los bacanales días, y renovarlos en las siguientes carnestolendas.

De pronto, la divisó a lo lejos. Colombina lucía un vestido de bailarina de ballet adornado con encajes, y zapatillas doradas. La armónica silueta de su cuerpo se deslizaba con su  gracioso andar, como un blanco cisne en un verde lago.

Corrieron uno hacia el otro, pero la multitud los detuvo. Unos enmascarados, en son de broma, secuestraron a Colombina, llevándosela entre sus bailes lejos de Arlequín. Inmersos en sus carcajadas, los jóvenes no hicieron caso de sus protestas y súplicas. Cuando al fin la dejaron, ya no vio a su amigo. Cansada del alboroto, se sentó bajo la sombra de un frondoso árbol, y lloró de tristeza.

Arlequín la buscó entre la gente que, bulliciosa y desbordada, celebraba la fiesta y así pasó un largo tiempo.

Los de la comparsa le vieron desesperado, dirigiendo los húmedos ojos hacia la muchedumbre.  Entonces comprendieron: era la persona que buscaba Colombina. Se apoderaron de él y, entre sus danzas y chascarrillos, le llevaron hasta ella.

Grande fue su alegría al encontrarse. Se fundieron en un abrazo de amor. Se dijeron cosas que sólo el viento pudo escuchar…

“Quítate el antifaz”, propuso Arlequín, “ansío conocer tu rostro.”

“Sí”, dijo ella, “hemos esperado demasiado; también quiero ver el tuyo.”

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Durante breve lapso se contemplaron con ternura, y las lágrimas mojaron sus mejillas…

Ella acarició el cabello nevado de Arlequín.

Él, la faz risueña de Colombina surcada por las huellas del tiempo.

“Te amo”, dijo él.

“Te amo”, musitó ella.

“Ahora y para siempre”, juraron. “Sin descanso, sin tregua…Aún hay vida…”

Y juntos se perdieron en un crepúsculo de confeti y serpentinas

César Ramón González Rosado

crglezr36@yahoo.com.mx

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