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Zaztún
Zaztún es un nombre que suena muy bonito. En el idioma de los mayas significa “piedra clara”. En el estado de Yucatán, de la República Mexicana, el uso de esta palabra es muy frecuente en los cuentos populares que, llenos de ingenio, van pasando de generación en generación, pero no como cuentos, sino como verdades.
Zaztún es un cuento que como me lo contaron, lo cuento.
Hilario Hau, decimotercer hijo de una familia campesina, era un joven de quince años, muy despierto, soñador y un tanto inocentón que apenas sabía leer. Desde pequeño se vio obligado a ir a la milpa de la familia para ayudar en lo que sus fuerzas le permitían hacer. Por eso dejó de asistir a la escuela que funcionaba en la ranchería donde vivía, sin haber alcanzado siquiera los conocimientos completos del primer año. El contacto directo que tenía con la naturaleza, y las pocas explicaciones que su padre y hermanos le hacían de los sucesos y fenómenos que observaba, era lo que formaba su mundo intelectual.
Como la mayoría de las familias campesinas, la de él tenía necesidad de comer carne; para conseguirla hacían batidas de cacería en los montes cercanos, donde cobraban hermosas piezas de jabalíes, venados, pavos, faisanes y un sinfín de aves igualmente apetecibles. A Hilario no le gustaba la cacería, pero lo llevaban; iba por obediencia y porque había encontrado la forma de dar rienda suelta a sus cavilaciones, haciendo de éstas una agradable recreación. Soñaba con otros pueblos y en conocer gente de costumbres diferentes. Así pasaba el tiempo, colocado en el puesto donde se suponía que estaba esperando el paso de los animales asustados, para darles muerte. Pero jamás los vio pasar por su embeleso.
En Yucatán, la tierra del faisán y del venado, como la bautizó Don Antonio Mediz Bolio, era raro que un joven campesino de Poop, como se llamaba la ranchería de Hilario, llegara a los quince años sin que hubiera tirado su primer venado. Por lo general, esto acontecía antes, y era orgullo de padres y familiares.
Chan Hil, como lo llamaban sus parientes y amigos, había ganado fama de tener mala suerte. Grupo que salía con él, era grupo que regresaba abatido, triste y con las manos vacías. No había conversación en Poop que no tuviera que ver con este joven bueno, inteligente y bondadoso, que tenía la suerte más salada que el agua de mar.
Tanto comentario adverso hubo de esa situación en lugar tan pequeño, que pronto volvió un infierno la vida de Chan Hil. El más dolido era su padre, que no perdía oportunidad de echarle en cara su falta de cuidado e ineptitud para la cacería; mas, a pesar de ellos, los nobles sentimientos paternales le obligaban a darle consejos más o menos como el siguiente:
– “Mira, hijo, la cacería es un trabajo como cualquier otro, que debe hacerse con mucho cuidado. No hay que pensar en otra cosa que no sea conseguir una buena presa. Me parece que tu problema es fácil de resolver: como se resuelven todos los problemas, basta con que pongas en juego tu buena voluntad y todos tus sentidos. No creo que tengas mala suerte como se dice. ¡Querer es poder! Y, si tú quieres, estoy seguro que puedes. Ése es el camino del éxito en la vida, no lo olvides.”
La inocencia de Chan Hil no le permitía comprender totalmente las palabras de su padre, ni sabía que la cacería era parte de la tradición de su comunidad y menos que el joven que a los quince años no tirara un venado por esa región era considerado mucho menos que una mujer, ya que se suponía que el fracaso se debía al exceso de miedo. Él estaba seguro que no tenía miedo: amaba la vida y consideraba que los animales tenían derecho a disfrutarla. Por eso se negaba a matarlos.
De entre los pocos amigos que le quedaban, no faltó quien le diera toda clase de explicaciones que le hiciera comprender la verdadera razón de las burlas de que era objeto. Se enfureció hasta el grado de tomar la determinación de demostrar que todos estaban equivocados y que él era tan hombre como los demás.
A partir de entonces, se dedicó con toda el alma a la tarea de encontrar y matar a su primer venado. No pasó mucho tiempo en que esto aconteciera, para satisfacción del padre que tanto lo había anhelado. Pero… tras el primero hubo un segundo, y luego otro, y otro, y muchos más; tantos, que hasta la cuenta se perdió.
Aquel joven se había vuelto malo y despiadado. No hacía otra cosa que cazar y cazar. Entonces surgió la envidia entre los vecinos, y comenzaron a murmurar de él. De la mala suerte, pasó violentamente a ser el más afortunado. Luego, como consecuencia de sus constantes triunfos, se comenzó a decir que era un brujo que tenía pacto con el diablo, porque hubo una ocasión en que se diera el lujo de anunciar su salida, que no tardaría en volver con un venado. Y así lo hacía. Era un carnicero y no había fuerza capaz de hacerlo desistir; tan pronto llegaba con el producto de su caza, salía en busca de más. Esto era día tras día y, aunque se notaban las huellas del cansancio en su semblante, no dejaba de ir a sus citas con los animales del monte.
Un día, sus padres notaron su ausencia a la hora de dormir, mas no le dieron importancia. Ya en la madrugada, cuando comprobaron que no había llegado, se alarmaron y comenzaron a pedir auxilio a los vecinos para que fueran por él al monte. Pasadas doce horas de intensa búsqueda, divisaron su sombrero en un recodo del camino, e imaginaron que se había internado más, persiguiendo algún animal. Siguieron las huellas que dejara, hasta que lo encontraron.
Estaba boca abajo a la sombra de un hermoso árbol, en medio de un charco de sangre. Su cuerpo tenía cuatro huecos que, a decir de los conocedores, fueron ocasionados por un enorme ciervo, que era el Ciervo Rey, guardián del monte que había vengado la muerte de sus hijos.
En una de las bolsas del difunto, sus parientes encontraron una bola de cristal del tamaño de un ojo de venado que identificaron como el amuleto llamado Zaztún, en cuyo interior Chan Hil veía el lugar en que se encontraban los venados y los iba a tirar.
Un viejito afirmó que algunos venados traen en la panza esa bola, y que quien la encuentra asegura porvenir como certero cazador. Por eso nadie la vende.
Se hicieron mil conjeturas para justificar la muerte del pobre Chan Hil, pero nadie acertó a decir que éste había fallecido a causa de un accidente y que la bola no era más que una canica de cristal recibida de su maestro como regalo navideño, que celosamente guardaba con especial cariño, poniendo de manifiesto que aún tenía alma de niño.
Si este cuento les gustó, cuéntenlo, pero no se olviden de aclarar que Chan Hil fue víctima de la incomprensión y de la falta de oportunidad para canalizar debidamente sus sueños, que quizás eran sueños de paz y fraternidad.
Prof. Marcos Elwin Yerves Medina
Continuará la próxima semana…





























