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La esperanza del premio

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Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Saber, siquiera como un consuelo, que todo acto noble, toda acción heroica, tiene un premio, aunque se reduzca a la satisfacción de la conciencia de uno mismo, es una misma cosa. Verificar la obra que brilla, la tarea que da frutos de bienestar, de consuelo para el género humano, con la idea premeditada de alcanzar recompensa, de merecer lauro, es otra.

Frecuentemente tropezamos con individuos que piensan que la vida es una zahúrda. Si hacen un bien, si llevan a cabo un acto puro, enaltecedor, digno de alabanza, es únicamente con la idea de recibir premio, premio que, precisa aclarar, no aceptan nunca en forma de alabanza. De modo que las cosas más dignas, las obras que han embellecido y siguen embelleciendo la historia se vuelven en sus manos, en su devenir, propiamente, asunto de comercio. No les habléis de la conducta gallarda, mucho menos si toca a lo quijotesco. No saben de levantar a un caído, de defender a un inocente, de vendar a un hombre que se desangra, de partir su pan con un pordiosero o de compartir su lecho con un abandonado. Siempre dirán: ¿qué gano yo con eso?

Desde luego, son amigos de la sopa caliente, del traje de corte moderno, de los zapatos de piel de rinoceronte, de los cigarrillos aromados. La llamada buena vida los posee. ¿Sentimientos? Sí, han oído hablar de eso, pero como me decía uno de tantos en una conversación ocasional: “De nada sirve tener buenos sentimientos si no se tiene buen dinero. Y, otra cosa: para hacer dinero es preciso no tener sentimientos.”

Verdaderamente el decir tiene el poder de detenerlo a uno en su peregrinación ideal. Sin embargo, es cuestión de motorismo. Cada quien obedece a su instinto, a su forja, a sus elementos constitutivos, a su inclinación, a su atavismo.

Desde que el mundo es mundo comenzó la contienda. La luz empeñó combate con la sombra; la sombra con la luz. Buenos y malos, confundidos, comenzaron también sus batallas, desde el cuerpo a cuerpo de los primeros días, los mazazos de la edad de piedra, hasta las artimañas sociales de nuestros días.

De esa lucha de la piedad con los malos sentimientos surgieron, y siguen surgiendo, epopeyas y resplandores que son precisamente los que los maestros enseñan a los jóvenes para que no retrograden ni a la maza ni al cuerpo a cuerpo.

El árbol, la rosa, la fuente, ya lo dijo la concepción del poeta, se dan en silencio sin saber que se dan. Hay que darse así en la plenitud de la vida, por propia entraña, por motorismo espiritual, por generación moral. Hay que hacer, hay que intentar, que pugnar por lo que nos ordenan nuestros perfiles.

La esperanza del premio es sarro, es hollín vergonzante para todo hombre que se juzgue virtual. Los hombres, muchas veces, no hacen otra cosa que tejer coronas para los alucinantes, para los aparatosos, para los vacuos, olvidando el verdadero mérito.

Hay que laborar por la sola ansia de no estar en quietud, por el solo impulso de nuestro espíritu. Laborar un día y otro día, y siempre. Dejar terminada una obra, y emprender otra. No descansar. Experimentar la reconfortante alegría de nuestras victorias a las que aplauden victoriosamente las manos de la muchedumbre de satisfacciones que florecen en nuestro interior.

Eso es vivir, ser hombre y no bestia, luchar y, si se puede, perfumar la tierra sin contar con la esperanza del premio.

Mérida, Yucatán.

Diario del Sureste. Mérida, 6 de junio de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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