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José Juan Cervera
Si la tradición animista es más que un vestigio del pensamiento mágico de pueblos olvidados, el concilio universal sufre la interferencia de las obsesiones que la humanidad acumula en sus ciclos de vida.
Acaso las voces que personifican los reinos de la naturaleza sean las mismas que presiden la discordia nacida tras la fase venturosa de la Edad de Oro.
Por vengar abusos inmemoriales, el mensaje de las víctimas inmoladas en nombre de tenebrosas deidades mueve hilos de iniquidad y esbozos de profecía.
Las pálidas irradiaciones del albedrío son pasto de la zozobra cuando alguien proclama la furia de conspiraciones oscuras.
Hay monstruos adustos que claman atención con voz infantil, sin conmover la sordera de sus pares infatuados.
Presencias espectrales se conduelen en su intento de invadir la atmósfera humana, porque chocan con un dique de prédicas inútiles y discursos aviesos.
El fetiche de la razón colma su orgullo con un borboteo viscoso de sofismas.
Los ídolos arcaicos, desplazados de su adoratorio, infiltran ponzoñas en el flujo victorioso de la incertidumbre.
Voces disminuidas y opresiones tenaces se dan la mano y bailan el son que toca el polvo emancipador.
Tras el desplome del silencio palpitará la conciencia de seres recluidos en la sombra del desdén.





























