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Antonio Magaña Esquivel
De 1833, en que Gómez Farías decretó el establecimiento de la Biblioteca Nacional, a 1884, en que el general Manuel González pudo al fin inaugurarla en la que había sido iglesia de San Agustín, se desenvuelve una penosa historia contra aquellos tesoros culturales, libros, manuscritos, folletos, mapas, planos, incunables, provenientes de antiguos colegios y conventos. Ni Manuel Eduardo de Gorostiza, que podría considerarse su primer director, ni José Fernando Ramírez, que lo fue en los años que precedieron al Habsburgo, pudieron lograr otra cosa que no fuese redactar su ley constitutiva y su estatuto o iniciar el inventario de aquel acervo que, según Manuel Payno, ascendía a poco menos de cien mil volúmenes. Ramírez alcanzó a poner en marcha, informalmente, la biblioteca que estableció en la que había sido la antigua Universidad; pero el Habsburgo deshace todo ello, y aquellos volúmenes fueron de nuevo encajonados y arrinconados en el Museo Nacional.
El que debe considerarse verdadero organizador, creador de la moderna Biblioteca Nacional, es José María Vigil. Cuando Juárez restableció lo deshecho por Maximiliano, asignó a la Biblioteca Nacional el edificio de la antigua iglesia de San Agustín y designó director de ella a José María Lafragua; pero como éste servía al mismo tiempo el cargo de secretario de Relaciones Exteriores, en realidad quien atendió la reorganización de la biblioteca y el reacondicionamiento de su nuevo edificio fue el doctor José María Benítez, a quien sucedió el licenciado Joaquín Cardoso. Ninguno pudo hacer más que acomodar lo mejor posible las estanterías, particularmente la que procedía de la catedral y que se instaló en lo que sería el salón mayor de lectura, y preparar el local para su inauguración oficial. Ninguno de ellos vio la culminación de aquellas obras. Ya era director de la Biblioteca Nacional el sabio José María Vigil –asumió el cargo en noviembre de 1880– cuando el general González la inauguró.
Desde entonces Vigil se consagró a clasificar los volúmenes, conforme al sistema de Namur, y a catalogarlos, con la colaboración del que era subdirector José María de Agreda y Sánchez. Allí están todavía los catálogos de la Biblioteca Nacional que llevan el nombre de Vigil, y de los incunables que conservaron el de Agreda y Sánchez; aún son válidos y muy útiles, pese a que después, en la época en que fue director Luis Manuel Rojas, hacia 1915, se cambió el método de clasificación de Namur por el moderno sistema decimal de Melvil-Dewey, y se sustituyeron esos catálogos por cédulas bibliográficas. No paró allí la tarea de José María Vigil como auténtico organizador y creador de nuestra Biblioteca Nacional; estableció la sección nocturna con los duplicados que existían; inició la publicación del Boletín de la Biblioteca Nacional que es de gran valor bibliográfico; editó los catálogos que llevan su nombre; y creó el Instituto Bibliográfico Mexicano con el ambicioso programa de formar la bibliografía general de México que comprendería “todas las obras escritas por mexicanos, sea cual fuere el lugar de su impresión, y las de autores extranjeros que hayan sido impresas en la república”. Lamentablemente, este instituto tuvo muy corta existencia.
De los directores que han venido después, ya instalada, organizada, clasificada, catalogada convenientemente la biblioteca, todos con muy ligeras excepciones han añadido algo a su progreso. Francisco Sosa instaló la estatua de Humboldt que donó a México el káiser Guillermo II, y siguió el programa de Vigil. Rogelio Fernández Güell estableció el departamento de periódicos y revistas que es la raíz de la actual Hemeroteca Nacional. El poeta Luis G. Urbina creó el departamento de biblias y sus comentaristas. Luis Manuel Rojas, aparte de lo que indiqué antes, fundó la primera Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archiveros. Agustín García Figueroa creó la revista Biblos como órgano de la biblioteca. Manuel Mestre Ghigliazza organizó la Feria del Libro y Exposición de Artes Gráficas de 1924. Joaquín Méndez Rivas comenzó a formar el catálogo diccionario, creó varias secciones especializadas, participó en la organización del Primer Congreso Nacional de Bibliotecarios. Otros directores, o por el escaso tiempo que permanecieron al frente de la biblioteca, o por las circunstancias convulsivas de la Revolución –entre ellos Martín Luis Guzmán, Genaro Palacios Moreno, Ciro B. Ceballos, Vicente Garrido Alfaro–, no realizaron tareas memorables.
Por la ley de autonomía universitaria, la Biblioteca Nacional quedó adscrita a la Universidad Nacional. Su primer director universitario fue Enrique Fernández Ledesma, a partir de septiembre de 1929. Se inició así otra etapa, que después contaré.
México, D.F., agosto de 1963.
Diario del Sureste. Mérida, 31 de agosto de 1963, pp. 3,7.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























