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Rosy Murillo
Esa tarde-noche se escuchó mucho bullicio en la casa de la abuela. Lloraba desconsolada, sentada a la orilla de la cama en su recámara, a un costado del zaguán. El motivo de su llanto era el extravío de una de las nietas.
Era el mes de diciembre de 1976 cuando salieron de compras. La abuela y los niños caminaron por las principales calles del pueblo, cruzaron el jardín y pasaron por la panadería de los Reyes, llegando hasta la esquina al margen del río.
Visitaron la casa de don Juanito, el viejito que montaba una exposición en miniaturas para esas fechas decembrinas, representado el pueblo y el nacimiento de Jesús. Era toda una obra de arte, tan original. Todo el que entraba a la casa del señor salía maravillado con esa exposición.
Se escuchaba el ruido del agua que simulaba el río, incluso el martillar del carpintero que también adornaba el pesebre, los animalitos y la plaza de Pénjamo, alguna zapatería, las tiendas, el kiosco. En fin, era todo un gran asombro para los niños que visitaban la casa de don Juanito.
Salieron de la casa muy contentos, intercambiando comentarios de lo vivido esas vísperas navideñas.
Ya de regreso, muy contentos y cansados por el paseo de la tarde-noche, la abuela se percató que le faltaba una de las niñas. Asustada, preguntó a los demás por María.
—¿Dónde está María? ¿Acaso se escondió?
Pasaron unos minutos. Comenzó a desesperarse y, en su sufrimiento por la ausencia de María, empezó a gritarle, para ver si la niña respondía al llamado. No recibió respuesta.
La gente se acercó a preguntar si podían ayudar. La pobre mujer lloraba desconsoladamente. Volvió entonces al zaguán.
Toda la familia se reunió a apoyar para localizar a la niña.
Ya casi caía la noche, todos se pusieron de acuerdo armados con lámparas de mano las patrullas con sus códigos deambulaban por el pueblito unos caminaron por algunas calles aledañas otros cruzaron el jardín Ana María Gallaga. Otros fueron a preguntar a la casa de donde era la exposición.
Nada se sabía de la pequeña. En casa, la abuela Elena, junto a la otra nieta Alicia, se sentaron en la entrada para estar al pendiente de alguna noticia alentadora.
Así transcurrió el tiempo, 12 horas exactas.
La abuela se dirigió al dormitorio a orar por el regreso de la niña. Los hermanos de María permanecían asustados, sin saber qué sucedía.
La abuela lloraba y pedía a todos los santos que la niña regresara. De repente, detrás de las cortinas blancas, asomó la cabeza de María. Tenía el vestido empapado.
La abuela no lo podía creer: era su nieta, La abrazó sin importarle su vestido mojado, igual que su larga cabellera. Agradecía al Creador el milagro.
Alicia y mamá Anita escucharon los gritos de alegría que provenían de la recámara: la niña estaba ahí, la niña había vuelto.
—María regresó…
Alicia y mamá Anita preguntaron a María:
—Hija, dónde estabas. Por qué le das estos sustos a tu abuela.
La niña solo supo decir que un hombre de vestido blanco la llevó en su bicicleta, la sacó del río. Le dijo: «No temas, mi niña. Yo estoy aquí para cuidarte. Toma mi mano, te llevaré de vuelta a tu casa.»
En un instante ya estaba tras las cortinas.
Las mujeres se quedaron viendo la fotografía de la recámara de la abuela, ahí donde el Sagrado Corazón tenía una veladora prendida.
Les había hecho el milagro. No cabía duda.





























