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“Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra paz a los hombres en que Él se complace”
Lucas 2:14
Hoy, viernes 22 de diciembre, que se publica esta aportación, alfa y omega se reúnen perfectamente.
Hoy hace ya varios años que mi querida y amada abuelita Juanita nos dejó para proseguir su camino y prepararnos la bienvenida cuando llegue el momento de vernos nuevamente; unos días antes, hace años, mi también muy amada tía Leonor avanzó en esa senda. Y también hace ya diecinueve años que mi sobrino Luis, justamente un año después de que mi abuelita Juanita partiera, vino a alegrarnos la existencia, proporcionándonos parque para las innumerables xodas y bromas que le hemos (y seguiremos) gastando.
Alfa y Omega coinciden de manera especial para mi familia este día.
Pero divago…
En unos días más celebraremos la Natividad del Hombre Más Grande de la Historia, deseando que nazca nuevamente en el lugar en donde puede generar el mayor beneficio posible: en nuestros corazones.
Vivimos momentos difíciles, y nuestras familias y nosotros no somos inmunes a la atmósfera de inseguridad, incertidumbre, hostilidad e incipiente paranoia que, unidas a la inmensa irritación por las más recientes hazañas de los zánganos que conocemos, intentan arruinarnos y agriarnos la existencia.
Estas palabras son una invitación a concentrarnos en lo que es verdaderamente importante en estos días: nuestras familias. Disfrutemos su presencia, olvidemos por unos momentos los sinsabores y amarguras, y pasemos estas fechas lo más unidos que nos sea posible. Nos hará un inmenso bien abrazarlos, hacerles sentir cuánto significan para nosotros, cuán presentes están – aunque algunos de ellos no estén ya físicamente – en nosotros, de qué manera nos acompañan y nos fortalecen cuando los necesitamos, a veces sin que ellos lo sepan.
“Cada día tiene su propio afán,” nos dijo el Maestro. Entonces, no tiene sentido que nos preocupemos de más por lo que depara el futuro. Lo que vaya a ser, en su momento lo sortearemos, poniendo lo mejor de nosotros, como siempre ha sido, como siempre debe ser. Cuando pensamos y vivimos así, dando siempre lo mejor de nosotros, no hay espacio para la insatisfacción o para el temor, ¿no les parece?
La Navidad tiene diferentes significados para cada uno de nosotros. Algunos la ven como una ocasión comercial; otros ni siquiera reconocen su existencia; otros quisieran que los dejaran en paz en estos días. Para mí es tal como lo registré arriba: la mejor ocasión de renovar en mí el mensaje de paz y esperanza que nos dejó el carpintero de Nazaret hace más de 20 siglos, renovar mis propósitos de actuar conforme a sus enseñanzas, regocijarme en la presencia de aquellos de quienes vengo y a quienes me debo.
Ante el constante agobio de los farsantes de toda la vida, que ahora nos someterán a un bombardeo de mensajes políticos, antepongamos nuestra confianza en que sabremos desenmascararlos y en que encontraremos la manera de sacar adelante a nuestro país sin su ayuda, sino basándonos en la fortaleza de nuestras raíces. Ya arrojaremos a los mercaderes del Templo que es nuestro México.
Desde esta perspectiva, dejemos a un lado las preocupaciones del futuro, y concentrémonos en el presente. Seamos particularmente solidarios con aquellos que nos necesiten en estas fechas, comenzando con nuestras propias familias, y sigamos esa estrella de mágica luz que nos dirige hacia lo mejor que nos ha sucedido en la Historia.
Antes de cerrar estas líneas, vaya una felicitación al Colectivo Metalmorfosis, amigos y familiares que los acompañaron, dando de sí mismos a aquellos que más lo necesitan durante su extenuante jornada de solidaridad del pasado 17 de diciembre. A nombre de los jóvenes de la tercera edad y de los niños de San Antonio Xluch I y IIII, respectivamente, que Dios se los recompense.
Feliz Navidad a ustedes, queridos lectores, y a sus familias.
S. Alvarado D.





























