Visitas: 9

VIII
S.O.S
“Tío Chuck, ¿ya observaste que el triángulo que forman las tres ciudades contiene al llamado ‘Triángulo de las Bermudas’, uno de tus temas de investigación favoritos?” dijo Vera, mientras observaba el mapa en la pantalla. No pudo evitar la sonrisa con la cual se dirigió a su tío.
– “¿Huh?” Thompson se acercó a la pantalla, observó con detenimiento y dijo: “Vera: debo confesarte que no es la primera vez que una mujer bella e inteligente llama mi distraída atención a algo que tengo ante mis narices. ¡Claro que tienes razón!”
– “No solo tienes razón,” continuó. “Me parece que has encontrado la primera pista sólida hacia una posible solución de este misterio.”
– “Explíquese, Thompson,” dijo Schenker.
Yuri levantó la mirada cuando captó el tono del diálogo y su mirada se cruzó con la de Vera, quien reaccionó sonrojándose. “Soy un idiota,” pensó Yuri, pues hasta ese momento registró la belleza de la investigadora.
– “El Triángulo de las Bermudas es una zona famosa por las anomalías electromagnéticas que se suscitan en su interior. Existen muchas evidencias que indican que estas anomalías pudieran estar relacionadas con innumerables desapariciones de aviones y buques que iniciaron desde la Segunda Guerra Mundial, y que continúan hasta nuestros días,” dijo Chuck. “Si aceptamos la teoría de que es un vórtice energético, muy bien pudiera entonces tener algo que ver con estos fenómenos.”
– “Por favor, somos científicos. Deje las teorías fantásticas de lado, Thompson, y busquemos una explicación irrefutable,” dijo socarronamente Fontanot.
– “Hay mucho en este mundo que escapa a las explicaciones científicas, Fontanot. ¿No se había dado cuenta? Visite la llamada Zona del Silencio en el norte de México y podrá comprobar lo que le digo. Por cierto, hágame saber si en esa Zona funciona alguno de sus equipos electrónicos cuando la visite. En cuanto a este caso, durante un buen rato me devané los sesos tratando de encontrar una explicación al hecho de que, a pesar de que existen 4 Méridas reconocidas en el mundo (la cuarta ciudad está en Filipinas), únicamente se presentaran portales en tres de ellas. Esta coincidencia que menciona Vera me parece bastante irrefutable, y contesta a mi interrogante,” contestó Chuck.
Malhumorado, Fontanot se acercó a la pantalla. Schenker esbozó una sonrisa discreta: le estaba cayendo bien Thompson.
+++++++
Balam observó a sus improvisados compañeros de armas después de exponer sus planes de ataque al búnker en el que se encontraban los científicos con Thompson. Bolívar era un tipo sanguinario, que había dejado de combatir en las selvas de Sudamérica cuando supo de la profecía. Balam se preguntaba si en realidad se había unido a ellos tan solo para apropiarse de la tecnología que seguramente controlaba los portales, y usarla en la continuación de sus planes de exterminio de los oligarcas.
Augusta, por otro lado, si bien parecía la más preparada del grupo, había sido una alta sacerdotisa de un culto apocalíptico español en el 2012, agregándose a su movimiento al no cumplirse sus premoniciones.
Balam sabía de la importancia de la misión que tenían enfrente y, ante sus dudas y hesitaciones, no quiso confesar a los otros dos que conocía a Thompson, que había platicado con él sobre las profecías mientras bebían cerveza en “La Carreta Cubana”. Le había agradado el carácter serio, la intensidad conceptual, y los conocimientos del retirado gringo.
Mucho menos quiso decirles que en su teléfono estaban observaciones y fotos de los textos de la profecía en un correo que había preparado y dirigido a quien consideraba su amigo si algo le pasaba. Así era la confianza que le había inspirado Chuck: era su válvula de seguridad en caso de que algo saliera mal, ya fuera con sus compañeros o al emprender la empresa de su vida.
Justo cuando en su cerebro se terminaban de formar estas ideas, un estallido lo arrojó al piso. Mortalmente herido, sus pupilas alcanzaron a registrar cómo Bolívar y Augusta eran acribillados por marines, sin mayores miramientos y sin hacer preguntas.
Su mano localizó su teléfono celular y, temblando de dolor y rabia, revestidos ambos con un hondo sentimiento de frustración al comprender que Collins los había localizado a pesar de sus cuidados, presionó el botón para enviar ese mensaje a Chuck. Su último pensamiento fue una oración y un deseo: “Chuck, confío en que sabrás qué hacer con esta información, para beneficio de toda la Humanidad.”
Collins apareció en la habitación, fumando un apestoso cigarro. Daba pequeños saltos de gusto mientras observaba las semillas de muerte que su comando había sembrado. Quien hubiera prestado atención en ese momento, tal vez se habría dado cuenta de que las pupilas de sus ojos se cerraron de izquierda a derecha, y de la tonalidad amarillenta que adquirieron por un momento, denotando así su condición de reptiliano.
+++++++
Carlos Robertos abrió los ojos en la cama del Hospital O’Horán que ocupaba desde su colapso en la Plaza Grande de Mérida, Yucatán.
Su esposa dio gracias a Dios por tenerlo de regreso, pero empezó a dudar de la sanidad de su marido cuando lo escuchó decir: “Hay gente del otro lado, ¡y se ven más jodidos que nosotros.”
Alpaso





























