Comunión Carnal

By on enero 11, 2018

Rosado Er

José Juan Cervera

La curiosidad anticuaria puede emancipar presencias y obras que el tiempo ha dejado rezagadas en la memoria; si al extraerlas de anaqueles sombríos se termina por apreciar sus valores, acaso llegue a restituirles el brillo que su lectura transmite entre cadencias opulentas y signos redentores. Entonces vuelven a ser más que un nombre que rememoran los eruditos, rompiendo el cerco de una referencia aislada al surcar de nuevo el firmamento en que las voces comulgan con la vastedad que las recibe.

Lorenzo Rosado Domínguez nació en Espita, Yucatán, en 1872, y murió en una fecha que los especialistas no han podido determinar. Fue un poeta a quien sus contemporáneos leían con especial interés al paladear el sello modernista de sus estrofas, de imágenes delicadas y reminiscencias egregias. Satisfizo así a ese núcleo letrado que, gracias a sus relativas ventajas sociales, propició la circulación de publicaciones periódicas de noble alcurnia, como Pimienta y Mostaza, Azul y Gualda, El Fígaro y El Eco Literario.

Unió su talento con el del compositor Arturo Cosgaya para crear piezas escénicas cuya representación incitó el rechazo de los poderes establecidos, que los condenaron por ello a una prisión que exhibía en su arbitrariedad las tensiones acumuladas en el ambiente político, sensible al movimiento revolucionario que se avecinaba. Estos episodios los recogen Alejandro Cervera Andrade y Enrique Martín Briceño en sus respectivos libros: El teatro regional de Yucatán (1947) y Allí canta el ave. Ensayos sobre música yucateca (2014).

Al igual que muchos poetas de su tiempo, Rosado escribió letras que nutrieron la canción popular yucateca, entre ellas las que llevan la música del profesor y guitarrista Juan Manuel Vargas, quien durante un periodo fue director de la biblioteca Cepeda. En el cancionero que compiló Filiberto Romero en 1931 aparece la pieza “A una antillana”, con letra suya; ésta consta de cuatro cuartetos, y presenta variantes que la distinguen de un poema del mismo autor, que parece haber sido su modelo inicial. El poema se denomina “Cubana”, y figura en un libro que Rosado editó por su cuenta, a juzgar por algunos indicios que así lo sugieren, especialmente la dedicatoria con que inicia, formulada en primera persona del singular, y el agradecimiento que dirige a su hermano Tomás por la formación del volumen.

La obra se titula Eróticas. Viejo cantar. Diversas, y se editó en México D. F. en 1959. En ella predominan los textos en verso, y sólo al final aparecen algunos en prosa. Es notable que las canciones incluidas en una de sus secciones sean sólo tres: “Tú vienes de la isla” (cantada por Gustavo Río, según apunte adjunto); “Olvida me dijiste” (adaptada a la música de Filiberto Romero) y “Duerme” (adaptada a la música de Juan Manuel Vargas).

La letra de “A una antillana” concuerda casi por completo con los versos del poema “Cubana”, excepto en el tercero de sus cuartetos, según puede cotejarse en los dos textos que dicen respectivamente: “Porque eres Afrodita, sobre tu seno/clavaré el ramillete de mis canciones,/para entintar mi verso, de mi alma lleno,/con tu sangre que anima mis ilusiones.” En el otro se lee lo siguiente: “Porque eres Afrodita, sobre tus senos/clavaré el ramillete de mis canciones/para entintar mis versos de mi alma llenos/con la sangre pagana de tus pezones.”

El contexto original que rodeó al poema hizo tolerable la mención precisa de esa parte del cuerpo femenino, que en la canción se atenúa. En la historia de la música vocal de Yucatán se advierten ejemplos similares de esta tendencia que consiste en cambiar versos para conferirles un criterio de aceptación que con sus palabras originales no hubieran logrado en la sociedad que las recibe.

En varios pasajes del poemario los senos son nombrados, en fervoroso homenaje a su espléndida curvatura. Son colinas para el peregrinaje de los besos; mensajeros del goce al juntarse con el pecho del varón; divinidad que mata al agazaparse en un sendero; nieve en que florecen pétalos de azucena; símil de la blancura del cisne olímpico que acometió a Leda; aves que entonan sus cantos en el jardín de los amores; opulencia en torso de bacante, y palomas que flanquean la belleza mora.

En un tono eminentemente personal, enhebra también un canto a su natal Espita e inserta alusiones a su militancia revolucionaria, referidas sobre todo al lapso durante el cual residió en el norte del país; del mismo modo, el libro contiene poemas con especial dedicatoria a sus hijos.

Hay en su obra, como en la de otros contemporáneos suyos de sensibilidad afín, despliegues melancólicos de fúnebres pasiones y arrebatos voluptuosos equiparados a místicos embelesos, así como destellos de mitología clásica, sinestesias y variedad de combinaciones métricas. La exuberancia de su aliento poético fulgura, remontando los opacos girones del olvido.

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