Regalo del viento de Cromwell

By on septiembre 28, 2023

Letras

Jesús Fuentes y Bazán

Sentado en una banca, leía un poco distraído el diario en el jardín Velazco (llamado así en honor al jefe político y militar de la entidad, Máximo Velazco, en 1875). Me senté para descansar, relajarme de la mañana un poco complicada con mis alumnos en las clases de historia en la prepa.

Era mediodía de un verano sofocante que comienza. Justo ese día habíamos hablado sobre el arribo de los piratas a las costas de nuestra península, y en especial a las de La Paz (considerada tierra de piratas). Hablamos de Samuel Cromwell.

El ambiente un poco sofocado me hacía en momentos dormitar con el periódico resbalando por mis manos. Las palomas deambulaban en busca de alimento, planeaban en ocasiones para posarse en otro lado cercano y proseguir su búsqueda.

Una chica joven (de entre dieciséis o diecisiete años, edad de mis alumnas), de belleza extrema, de pelo negro hasta la cintura, rizado, abundante, sentada a unas tres o cuatro bancas de la mía, saborea con delicia una nieve de cono y con delicadeza limpia con una servilleta blanca restos que escurren del helado por la comisura de sus labios rojos, encendidos. Su vestido de tela vaporosa, color durazno, largo, de amplio escote, sin mangas. Su elegancia en el vestir y su belleza me hicieron recordar a Marilyn Monroe. Pero esta chica es aún más bella.

El viento se deja sentir y un poco de frescor alivia el pesado clima. Son los vientos de Cromwell, o “Coromuel” (llamado así por los nativos, al no poder pronunciar Cromwell pienso). Es el viento pirata de Samuel Cromwell, quien desembarcó y arrasó la ciudad mientras los vientos soplaban. Algunas otras versiones de paceños comentan que el nombre se debe a un velero llamado Cromwell que al soplar el viento podía iniciar su travesía. Sea cual sea la verdadera historia, lo cierto es que son llamados así: vientos de Cromwell.

El viento incrementa en fortaleza y velocidad. Las jacarandas, tamarindos y los flamboyanes se agitan con vehemencia bajo los dedos del ventarrón.

Ante mis ojos, la chica camina, su amplio vestido durazno la envuelve, acariciándola, la seduce… Parece no caminar, se eleva en el aire, suspendida (flota) en el espacio, danza (Scherezade en las mil y una noche) en la tarde que avanza. Su largo cabello negro, brillante, ensortijado lo juguetea el viento. Su hermosura, un resplandor dorado la ilumina. ¿Duermo? ¿Sueño?

Las palomas en parvada levantan el vuelo con un aletear ruidoso. Vuelan silenciosas al redor de ella. Parece un ángel –¡Es un ángel! – digo para mis adentros: un ángel que me ha traído el viento pirata.

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