Visitas: 18

XLIX
O T R O S P O E M Á N T I C O S
A José Clemente López Cervantes
1
Los años se hacen añicos,
añicos se me hacen los años.
Por dentro, todo, y por fuera
todo también. Entusiasmo.
2
Ya no me sobran los años.
Ya no me faltan. Son míos.
Los cuento yo, y se alejan y retornan
en mí mismo.
3
Los años son transparentes
y me miran desde el fondo.
Lágrimas y silencios
lloro.
4
Las lágrimas son cristales
que me hieren, puntiagudos.
El hombre que llora es hombre.
Dios está solo en el mundo.
5
Serenidad la mía
si me veo en mí mismo.
Que lo que engendra hombres
se va como un suspiro.
6
Pero queda el relámpago
que brota del espíritu.
Y queda éste, entiéndelo,
conmigo.
7
Gotas tan pequeñitas,
casi impalpables,
como cabezas de alfiler del sueño.
Carne de espíritu, aplácame.
8
Espíritu de carne,
no me abandones.
Déjame danzar en la luz
y en las tinieblas del hombre.
9
Por cada paso, el peso
definitivo.
La danza, la danza, la danza.
Amor íntimo.
10
Adentros y afueras.
Adán, Adán, Adán.
Mi nada deslumbrada.
Soledad.
11
La sola y única.
La verdadera compañía.
La santa soledad de Dios y el hombre.
La soledad viva.
12
Viva de fuego y piedra
calcinada.
Viva de agua y tierra.
Viva de todo y de nada.
13
Con luz, a ciegas, alzo
mis ojos. El infierno
me deja oír su música divina.
Me sumerjo en el sueño.
14
Se desplaza en el caos
mi cuerpo como una ráfaga.
Espíritu que me impulsa
es mi alma.
15
Alguien me dice: ¡Espera!
Y espero, y está claro
el camino por dentro: el alma.
Me toco el alma. Me abraso.
16
La palpo con mi fuego,
mi agua en que se quema
mi tierra deshojada,
mi pena.
17
Salgo y entro. En un círculo
entre lagartijas y libélulas,
corro y recorro el ámbito.
Las palabras me sueñan.
18
Estoy atado y ellas me desatan,
se anudan en mi voz. La luna
se diluye en el ala de una rosa.
El pétalo del aire. Música.
19
Despierto, musical,
enternecido, solo
con mi trajín de soledad.
Espíritu y hueso. Polvo.
20
Las palabras me sueñan
tal como soy. La oscura
superficie del sueño.
Se hacen pequeñas las palabras.
21
Se acurrucan en mí.
Mi hambre de cogerlas
con un alfiler. Me sacia
la sed con su gota lenta.
22
Me hago yo pequeñito.
En mi silencio entro
con mi temblor de luciérnaga.
Y sólo soy un eco.
23
Un eco mío en este
ir por una pendiente
en que soy como un péndulo
gravitando en mi muerte.
24
Un niño me sonríe todo el día.
Me sonríe otro niño.
Lo más alto, Señor, lo que es más alto.
El niño y el libro.
25
¿Quién de los dos me alza y me sostiene?
El niño es la esperanza
del mundo si sonríe.
El libro es la otra magia.
26
Desde el fondo de la madre
el niño me está mirando…
Y desde el fondo de sus ojos
me aclaro.
27
Pero amanece el hombre
y anochece.
En la selva íntima
el hombre muere de su muerte.
28
Son tantas las hojas
como mis desengaños.
Los años se arrastran, me arrastran.
Vuela mi pensamiento y callo.
29
Lo que dice, queda.
Lo que queda, en el aire
se afirma y reconstruye.
Quien esto ignora lo sabe.
30
El cristal no se quiebra
en el agua. Solo se estremece.
Estremecimiento serpentino.
Se cristaliza. No muere.
31
Camino lentamente.
Con la cabeza vuelo.
La noche me llena de perfumes
y luceros.
32
Es largo el camino.
Dentro de mí se acorta.
Para alcanzar el alba
me basta con mi sombra.
33
Del sueño estoy en la senda,
fecundo en mi vigilia.
Versos y universos desdoblándose.
Y yo en la orilla.
34
Me baño en el recuerdo
como en una sangre lúcida.
Cae la luz en negros copos.
Se ilumina mi angustia.
35
Una flor amanece
y yo atardezco.
Mi sangre. La nostalgia
que de mí mismo tengo.
36
Soledad de soledades
y todo soledad.
Bien dicho
está.
Clemente López Trujillo
Mérida, Yuc., enero – febrero de 1979.
FIN.





























