Lectores exigentes

By on mayo 3, 2024

Letras

Ilya Ehrenburg

José Juan Cervera

Los lectores exigentes traen consigo una práctica continua que afina su criterio, persuadiéndolos a apreciar valores que para otras personas pasan inadvertidos. Por ello, su discernimiento puede resultar incómodo cuando a su alrededor dominan visiones convencionales que se instalan persistentes en la superficie de las cosas.

Según las circunstancias, otros añaden, a las exigencias de su actividad lectora, aquellas que derivan de un rango prominente por representar una figura de autoridad en el competido campo de las relaciones sociales, en el que ostentan cualidades que los hacen sobresalir.

Para ejemplificar estas impresiones, entran en escena los comunistas, míticos devoradores de niños (y de otros seres sin conciencia de clase) que avivaron el celo inquisidor del senador Joseph McCarthy, así como de muchos corifeos suyos de puerilidad siniestra. Rojos perversos que, con atributos nuevos y ropajes sospechosos, siguen desequilibrando el ánimo de sujetos aprensivos que reciclan frases hechas en su imaginación para alimentarla de vacío.

Los de antes y los de ahora, si es que en verdad lo son o sólo resultan una fantasmagoría que proyecta la visión empañada de sus detractores. Los que lucharon contra el fascismo en todas sus expresiones y propusieron sistemas alternativos al expolio que está a punto de aniquilar a la humanidad y a todas las especies conocidas. Aunque no lograron superar sus contradicciones de fondo, algo dejaron a la experiencia como legado universal.

Sus aciertos y sus errores están a la vista de quien desee examinarlos, siempre que se deponga la ceguera del pensamiento encapsulado. Sus contribuciones a la convivencia civil, el análisis económico, la filosofía, el desarrollo científico y la renovación artística redundan en un patrimonio común que no se circunscribe a divisiones geográficas.

Ilya Ehrenburg, de ascendencia judía, nació en Kiev en 1891, y vivió su infancia en Moscú. En 1906 ingresó al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y sus actividades clandestinas lo obligaron a establecerse en París a fines de 1908, donde residía Lenin en ese entonces, a quien conoció a principios del año siguiente durante una reunión de emigrados bolcheviques. En su fogosidad juvenil, Ehrenburg enunció algunas objeciones al discurso que pronunció el destacado revolucionario, quien aclaró sus dudas y lo invitó a su casa. Se mostró amable con él y le hizo muchas preguntas.

Vladimir Ilich fue en su vida sencillo, democrático, comprensivo con los camaradas. No se rio siquiera de un muchacho insolente… Semejante sencillez es asequible tan sólo a los grandes hombres,” asienta Ehrenburg en sus memorias. Varios años después de la muerte de Lenin, acaecida en 1924, supo que había leído su primera novela: Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito, y que se expresó de ella en términos favorables. Por supuesto, el autor se sintió halagado al saberlo.

Otro hecho relacionado con Ehrenburg se suscitó cuando, en tiempos de Stalin, recibió una llamada inesperada en su casa, tal como lo relata Pablo Neruda en Confieso que he vivido. Aunque al principio parecía una broma, en realidad fue el jerarca soviético quien se comunicó con él para felicitarlo por su novela La caída de París: “Lo llamaba para decirle que siga usted escribiendo muchos libros tan interesantes como ése, querido Ilya Grigorievich”.

Para Ehrenburg fue un alivio escuchar aquellas palabras, ya que varios malquerientes suyos lo tildaron de cosmopolita cuando recibir ese epíteto equivalía a hacerse sospechoso de desviarse de la línea del partido impuesta a los escritores, muchos de los cuales sufrieron las consecuencias de no concordar con ella.

La temible figura de Stalin fue cuestionada severamente en el Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética como un saludable ejercicio de autocrítica colectiva; pero, entre tanto, las rivalidades en el mundo político y literario asomaban para poner en tela de juicio el apego con que los libros se ajustaban a los principios que el clima doctrinario, por entonces muy denso, marcaba como señal de disciplina y obediencia al poder en turno.

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