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Editorial

La cuesta de enero
La sabiduría popular ha incluido en sus expresiones al primer mes del año, atribuyéndole no las esperanzas luminosas visualizadas por comerciantes y empresarios, sino las amenazas que, esas sí, pesan sobre las espaldas de las gentes humildes, las clases desprotegidas y los millones de desempleados o prisioneros de un sistema económico que absorbe fuerza de trabajo, se alimenta de ellas y las exprime en su creciente beneficio, considerando que son materia de uso, no de atención humana y sensibilidad social.
Así pues, “la cuesta de enero” es dura, angustiosa, difícil de alcanzar, cubierta de obstáculos, creadora de desalientos, tristeza y malestares. En días previos al mes fatídico para las economías de los humildes, ya se visualizan tropiezos, se conocen alzas de precios, leyes cada vez más opresoras, informaciones duras de los meses por venir que no serán fáciles de recorrer para esta masa de seres humanos que sobreviven en condiciones críticas, angustiosas.
En sus residencias, los políticos privilegiados presagian nuevas y grandes expectativas de éxitos y recursos económicos suficientes, así sean malhabidos. En cambio, en las casas de varillas, cartón, telas o mantas de desecho, ya no se acostumbra visualizar todo el año por venir, ni tan solo el día siguiente, sino solamente el día que tienen que superar.
Una mayoría integrada por millones de compatriotas vive aún la misma, idéntica, triste y lacerante realidad que abatió la Revolución Cubana en su territorio: la de levantarse con el sol y acostarse con el hambre. Cierto es que el tránsito al bienestar total de la población aún está en proceso en esas tierras.
En nuestros espacios miserables, en esta patria que compartimos, cada día es una odisea. Cada hora es una angustia. El transcurso de cada día es un suplicio. La esperanza en estos espacios es un sol distante, inalcanzable.
Cada día de supervivencia es un triunfo. Cada enfermedad superada es un paso a la esperanza de una vida mejor.
La cuesta de enero es un período de angustia en los cinturones de miseria de las ciudades mexicanas en las que los pudientes satisfechos, ellos sí, abrirán sus puertas a nuevas esperanzas de bonanza.
Para los marginados no existen ni se perciben espacios, ni siquiera resquicios, que pudiéramos calificar como puertas por las que pueda entrar en algún momento cercano la justicia.





























