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Letras

José Juan Cervera
Las máscaras dialogan con sonrisas estampadas. Tras ellas, el mensaje esencial regurgita ponzoñas y venganzas.
Para cubrir deformidades zurcidas en el vacío basta prender un antifaz sobre capas de benevolencia que calcan un modelo artificial, como fruto degradado al cobijo de la penumbra.
Cuando el embozo es bendecido, las indulgencias cobran el tono de los espectáculos frívolos.
La simulación carga sombras densas que confunden sus contornos con los de un espíritu raído: aquél que jura fidelidad sin pronunciar un vocablo.
Por transmutar en formas endebles los colores más vivos, la especie hacedora de infortunios extiende el filo de su herencia hacia el universo hollado.
La faz envuelta en ornamentos filtra ecos que remueven los poros abiertos de su superficie; así persevera hasta vencer el desaliño que las sombras procuran.
Servido en grandes dosis o en infusiones pequeñas, todos beben del elíxir que oculta las lozanías primigenias, ligeras y diáfanas de cada una de las briznas que conquistan las praderas.
Tras velos informes da inicio un viaje interior que concluye en una estación que se sitúa a poca distancia de la poltrona del hábito santificado.
La conciencia vana se somete si multiplica los dones del disimulo hasta tornar los moldes de su esencia en sello de beatos.
En avance gradual, los estratos fisonómicos sepultan partículas de sabiduría consumidas en especulaciones en torno de una luz desconocida.





























