Visitas: 66

XII
El Viajero
¿Cuántos años tenía? Diez, tal vez once; no se podía precisar su edad con exactitud ya que alrededor de esas edades los cambios físicos que se presentan en los niños son caprichosos y la ocultan en muchas ocasiones; sobre todo cuando estos tienen destellos de un avance vertiginoso en lo intelectual. Lo cierto, y sin lugar a dudas, era que Nazareo acababa de concluir en la escuela el “cuarto año” de la primaria, y la había concluido con los altos honores de una Mención Honorífica por sus excelentes calificaciones.
El día de la entrega de las calificaciones y, desde luego, del reconocimiento a que se había hecho acreedor, las felicitaciones por parte de sus compañeros no se hicieron esperar, aún las de aquellos que no eran de su “grupo”, es decir, de sus “íntimos”.
Así es, los íntimos son unos pocos ya que, como reza el dicho, “el agua busca su nivel” y en cada salón de clase, en cada grupo, se forman pequeños subgrupos: los muy estudiosos, los medianamente estudiosos y los flojos; los deportistas y los intelectuales; los introvertidos y los extrovertidos. El caso es que los grupos están siempre a la orden del día y el peor: los ricos, los medios y los pobres.
Nazareo estaba, desde luego, en el grupo de los muy estudiosos; también estaba en el grupo de los extrovertidos y de los pobres. Claro está, aun habiendo tantos grupos, tantas divisiones, gracias a que aún eran niños, las “barreras” entre ellos no terminaban de construirse; estas barreras, aunque sí existían de manera muy marcada entre sus padres, la camaradería infantil las franqueaba casi todas.
Después de recibir las calificaciones, los niños platicaban de sus planes para esas vacaciones o, más bien, hablaban de los planes de sus respectivos padres y cómo pensaban que ellos estarían involucrados en dichos planes.
–Tú, ¿vas a salir de viaje? – le preguntaron a Nazareo.
–Espero que sí, –contestó–. Mi papá está tratando de que le den vacaciones la misma semana que a mi mamá y, si lo logra, es probable que nos vayamos a la playa.
–¿Sólo una semana? – preguntó extrañado Juan Carlos.
–Bueno– contestó Nazareo–. Los fines de semana iremos a conocer y pasear algunas ruinas.
–¿Tienes casa en la playa? – le preguntaron nuevamente.
–No.
–¿Tienes rancho? – continuó el interrogatorio.
–Tampoco.
–Entonces, ¿qué tienes?
–Imaginación– les dijo Nazareo–. Mucha imaginación, decisión y fuerza mental, y podré viajar a todos lados con la fuerza de mi mente: dime donde estarás y con mi mente iré a visitarte.
–¡Estás loco! – arremetió Juan Carlos.
Nazareo recordaba los comentarios de la maestra al respecto de la fe, de la fuerza de la mente y de la imaginación: “La fe mueve montañas, quien tiene fe en su propia capacidad es capaz de todo”– decía la maestra y agregaba: “No hay vehículo más rápido que la mente, con la mente vas y vienes de los lugares más apartados en cuestión de segundos.” También decía: “La mejor riqueza de los niños es la imaginación; el niño que tiene imaginación no necesita juguetes para entretenerse ni requiere ir al cine, basta con que eche a volar su imaginación y ya.”
Esos comentarios, aunque fueron proferidos meses antes, él los tenía presentes. Ser un niño estudioso no le había restado el poder de la imaginación, y sobre todo las ilusiones en toda la niñez.
Esas vacaciones serían para Nazareo de posible aburrimiento: su padre trabajaría todo el día, y su madre, debido a la debacle económica por la que atravesaba el país, debió incorporarse a las fuerzas de trabajo para completar el gasto familiar. Por otro lado, su hermana mayor, cuando no estaba en su cuarto escuchando música o hablando por el teléfono, estaba en casa de la vecina quien era de su misma edad: catorce años. Claro que cuando sus padres llegaban después del trabajo, le prestaban la atención y cariños debidos que les compensaban del abandono matutino. Nazareo leía de todo, investigaba y jugaba en su soledad.
Los fines de semana salían de paseo todos juntos, padres e hijos, y comentaban sus ocupaciones de la semana, sus lecturas e investigaciones. Los chicos comprendían la situación de sus padres, quienes le brindaban los cariños suficientes para compensar el abandono de “entre semana”, pero por esos tiempos no tenían más alternativa: la situación era difícil, la paga poca y las necesidades muchas. Los niños habían logrado mantenerse en las escuelas particulares a las que acostumbraban asistir gracias a las becas y medias becas que consiguieron, en gran parte, porque eran buenos estudiantes; sus calificaciones así lo indicaban.
Iniciaba la tercera semana de las ocho que comprendían el ciclo vacacional cuando informaron sus padres en la casa que no podrían ir a vacacionar durante una semana a la playa como pretendían, puesto que en la empresa no le pudieron dar vacaciones a su papá.
Nazareo recordó la plática de la maestra: “La fuerza de la mente y la decisión para viajar por medio de ella”. Entonces quiso probar.
Cuando sus padres hubieron salido para asistir a sus respectivos trabajos, se regresó a su cuarto e inició sus preparativos. Él había visto en algunas películas y programas de televisión que se sentaban en el piso con las piernas cruzadas y entonces… a meditar. Se dijo: “Debo probar” y se sentó con intenciones de “viajar”.
¿Adónde iría? Tal vez al parque, para probar. Había concluido que debería de estar en una posición cómoda, de la mejor manera y en las mejores condiciones.
Toda una semana estuvo inventando y corrigiendo sus posturas y sus condiciones para poder emprender su “viaje”.
A mediados de la segunda semana de estar intentando, tuvo indicios de que al fin lograría su objetivo: le pareció llegar al parque de ahí cerca, pero la necesidad de ir al baño le hizo regresar.
–¿Qué hiciste hoy? – le preguntó su madre.
–Fui un rato al parque – contestó.
–Yo no le vi salir – interrumpió su hermana.
–Pues sí fui: realicé un viaje mental – insistió.
–Estuviste en tu habitación y saliste al parque en un viaje mental – dijo su padre –. Qué bueno, esos viajes no son peligrosos – festejó.
Platicaron de los telépatas, de los programas de televisión donde se transportan mentalmente, de los que levitan y todo lo que se les acordaba en relación a los poderes mentales. Claro que sus padres consideraban que la imaginación de su hijo y sus deseos de conocer respecto a esas cosas eran naturales.
A la mañana siguiente, Nazareo se volvió a preparar, y en esta ocasión su paseo fue más largo, pero el hambre le hizo regresar: “Así que deberé estar preparado para estas eventualidades”.
Antes de su siguiente viaje se preparó un emparedado y el viaje fue más largo; después preparó dos emparedados, el primero resultó, pero el segundo ya estaba pasado, ya olía feo a la hora de comerlo. La misma circunstancia en caso de los líquidos: primero un refresco de cola que se le olvidó abrir previamente, hasta que llegó a la conclusión de que lo mejor sería tomar agua purificada. Al cabo de quince días sus viajes ya eran más sofisticados: había adquirido unas pastillas para el caso y envasaba en dosis de cuartos litros el agua, además de que procuraba estar en excelentes condiciones.
Todas las noches, sus padres le preguntaban de sus viajes y festejaban las “ocurrencias” y la imaginación tan grande de su hijo. Con apoyo del Atlas geográfico, los folletos que habían tomado en las agencias de viajes, mapas, libros de geografía del estado y demás información que tenía en la casa, jugaban a planear el viaje del día siguiente: “Que sea a lugares cercanos para que regreses antes de la cena, y sobre la misma ruta, para que el fin de semana vayamos todos juntos” – le decían.
Andrea, su hermana, estaba bastante intrigada por su comportamiento ya que, en cuanto se iban sus padres a trabajar, él se encerraba en su cuarto y no salía del mismo hasta muy avanzada la tarde. En ocasiones salía hasta que sus padres habían retornado. Desde luego que a la hora de la cena él comía con abundancia. Sus padres le daban poca importancia al asunto. “Cena bien y está de vacaciones” – decían.
El fin de semana, montaban en su camioneta y los cuatro salían de paseo. Nazareo parecía “el guía de turistas”; él se encargaba de las explicaciones y ellos, orgullosos de que su hijo sea un excelente investigador: “¿Ves cómo aprende a partir de la información que le proporcionamos?”
Su hermana fue pasando de la duda a los temores: Nazareo explicaba cosas que no estaban en los folletos, conocía los lugares como si realmente hubiese estado allí. La familiaridad de su desenvolvimiento, y que conociese las ubicaciones y los nombres de las tiendas, le hicieron dudar: ¿Por qué sus padres no se daban cuenta?
Ella tendría que averiguar.
Pidió prestada una escalera, y con su ayuda llegó a la ventana del cuarto de Nazareo, que estaba en el segundo piso; le vio en posición de “flor de loto”, los ojos cerrados, inmóvil.
Quiso hablarle, pero pensó que no sería lo adecuado; probaría entrar. Se regresó a la casa y probó abrir la puerta. ¡No tenía llave!
Contra lo usual, Nazareo no puso llave a la puerta. Entró y se sentó enfrente de él; le pasó la mano frente a los ojos y susurró para despertarle.
¡Nada! Parecía que realmente estaba en trance.
Decidió esperar. Ella estaba segura que era un juego para asustarla, por lo que esperó; pero no comprendía por qué tantas pastillas, y de tantos colores, frente a él. “¿Serán drogas?” – pensó. Decidió esperar para hablar con él. Consideraba que no era justo que él se drogase cuando sus padres trabajaban tanto y les brindaban de todo, así que hablaría fuerte con él.
Alrededor de las dos de la tarde pareció que concluiría el juego.
Ella estaba esperando frente a Nazareo y, mientras esperaba, hojeaba los libros y revistas de geografía que había en el cuarto.
Al fin, el hermanito decidió abrir los ojos. Pero… no los abrió realmente: apenas hizo un intento de abrirlos, entreabrió los labios y estiró las manos buscando con calma, mucha calma. Tomó una botella de agua y se la tomó toda. No parecía acertar, tenía la mirada perdida, y al tomar el agua se le caía una cantidad considerable por las comisuras de los labios, en esos labios que no acertaba controlar; luego, la segunda botella, pero antes tomó una o dos pastillas de cada uno de los platos. Con mucha dificultad se las metió a la boca, y nuevamente el agua. Al concluir, dejó caer la botella y volvió a cerrar los ojos profundamente.
Andrea se asustó, se asustó tanto que se quedó inmóvil, pensativa, analizando “¿cuánto tiempo?”
No lo sabía pero, cuando al fin se pudo mover, ya estaba oscureciendo. Bajó las escaleras y se sentó a las puertas de la casa a esperar a sus padres. Ellos llegarían pronto.
En la puerta estuvieron conversando. Su madre se mostraba muy preocupada, lloraba y se culpaba por el abandono en que tenía a los niños. “Un hijo drogadicto es el peor castigo que pueda haber sobre familia alguna”– decía.
–“No adelantes” –decía el esposo–. “Él es un buen niño. Vamos a investigar primero.”
Acordaron abordar el problema con la mayor madurez posible y solicitar ayuda profesional en su momento. Después de cenar, a la hora de la plática de sobremesa preguntaron a Nazareo si había ido a ver el lugar escogido para excursionar el fin de semana.
–Sí – les contestó –. Hoy estuve mucho rato, toda la mañana; es más, por primera vez pude conversar con las personas de los lugares que visité; no con todas, solamente con dos niñas, pero algo es algo.
Su madre se angustió al escucharlo. ¿En qué pensaban antes al escuchar estas narraciones?
Con sutileza le acompañaron a su cuarto a la hora de dormir y allá, a la vista, estaban las pastillas, ¡las malditas pastillas!
Se vieron el uno a la otra, ella le apretó la mano a su esposo buscando apoyo, tomó valor y preguntó a Nazareo.
– Estas pastillas de tantos colores, ¿qué son?
Nazareo, sin abandonar la emoción infantil – no tenía por qué hacerlo – explicó:
– Son mi alimento para los viajes. Al principio quise llevar comida, pero resultaba difícil. Decidí llevar vitaminas: estas naranjas son vitamina C; las verdes Vitamina B; estas grandes grises son complejo vitamínico de las que toma papá por las mañanas; estas feas son la levadura de cerveza que me dabas el año pasado; estas otras son de calcio: la que le das a Andrea; como pueden ver, un poco de cada cosa.
Fueron escuchando las explicaciones.
Paso a paso, del temor inicial y la angustia fueron pasando a la sorpresa, a las interrogantes y, claro está, al gozo de tener un hijo sin drogas, sano en cuerpo y mente; limpio.
Pero… ¿y los viajes? Tendrían que prestar atención a eso de los viajes. Lo bueno es que al día siguiente les tocaba ir de paseo, por lo que acordaron prestar atención a todos los detalles para, en su momento, irle explicando que era peligroso imaginar tantas cosas, que debería de dejar de hacer esos supuestos viajes, y que las tantas vitaminas sin orden podrían malograrle el estómago. También acordaron que, a su regreso, de manera inmediata, pedirían ayuda al psicólogo; sumando a esto, harían los esfuerzos necesarios para estar más tiempo con él, aún a costa de disminuir sus ingresos.
Nazareo, como cada semana desde que iniciara sus “viajes”, explicaba la ruta, los nombres de las tiendas a su paso, etc.
En un momento dado, pidió que detengan el vehículo. “Ayer dejé mi reloj sobre el mostrador. Voy a pedirlo a don Narciso.”
Gran extrañeza, no quisieron dejarlo solo: seguramente el tendero le diría que no lo había visto.
Él entró, seguido de sus padres.
Conocedor del lugar, estableció la plática y, cuando se asomó la nieta del tendero, ésta le dijo alegremente:
–Nazareo, ¿viniste por tu reloj?
Naser Badí Xacur Baeza

Continuará la próxima semana…





























