El ente de la casa abandonada

By on julio 18, 2019

De niño escuché a los adultos decir que en la casa de la esquina habían ocurrido cosas malas. Por eso nos prohibieron acercarnos a ella. Si un balón, una pelota o una kimbomba caían en su patio, allá se quedaba: nadie se atrevía entrar en aquel lúgubre lugar.

Lo más inquietante era que, algunas noches, sonidos extraños eran emitidos de ese sitio, una especie de chillido agudo que era sumamente desagradable. No faltó el vecino que denunciara a las autoridades aquella propiedad que se iba deteriorando sin que a nadie pareciera importarle. Una o dos veces los policías acudieron pero, al ser una propiedad con bardas altas cuya única entrada estaba cerrada con cadenas y aseguradas con gruesos aldabas, no pudieron entrar.

Con el paso de los años, la gente se acostumbró a los ruidos que se fueron haciendo más esporádicos y dejaron de darle demasiada importancia, o al menos lo intentaron, como mi familia en nuestro hogar, a menos de 20 metros del lugar prohibido.

Mi relato bien podría terminar aquí si no fuera porque una noche que regresaba de casa de mi novia Sara, escuché los gritos de auxilio que profería alguien dentro de la propiedad. Era la voz de una mujer, emitida con una angustia desgarradora que me tocó el alma. Cerca de las 23:00 horas nadie transitaba por la calle, o al menos cerca de aquella esquina. Así que, impulsado por toda mi ración de valor, salté la barda para ir en auxilio.

Lo alto del pasto me obligó a irme abriendo camino apartando diversos tipos de plantas. El grito era más potente. El frente, así como en todos los accesos visibles, estaban cubiertos por tablas, además tenían cadenas y seguros. Llegué a la parte trasera.

De una ventana se había caído una tabla, por la que se alcanzaba a ver a una persona. ¡Era la que necesitaba ayuda! Me pareció increíble que hubiera alguien ahí. Corrí hasta llegar muy cerca y le pregunté quién era, qué podía hacer por ella.

Entonces la vi.

Era un ente de indescriptible fealdad, con un cuerpo deforme apenas cubierto con algunas garras de ropa. Estaba manchada de sangre fresca, como si hubiera estado devorando carne fresca…

Había llegado demasiado tarde, aquel monstruo seguramente acaba de ultimar a la pobre chica que pedía ayuda.

Traté de sobreponerme al horror que me causaba aquella situación inesperada. Me calmé al darme cuenta de que el ente estaba encerrado dentro de la casa, que no podía salir a lastimarme. Pero entonces ¿cómo diablos hizo la chica para quedar atrapada ahí dentro?…

La respuesta me llegó de inmediato cuando aquel ser me volvió a pedir ayuda: era el mismo quejido que había escuchado, el que me hizo lanzarme como héroe llevado por mis más humanos y nobles instintos, los mismos que me hicieron superar el shock para tratar de comprender lo que allá estaba realmente ocurriendo.

Me armé de valor y me acerqué para observar con más detalle aquello, es decir, alguien que dijo llamarse Mildred. Me suplicó que no me fuera hasta escuchar su historia, a lo que accedí, no demasiado convencido.

Dijo que era hija de un prestigiado doctor de apellido Ramírez, y de una valerosa mujer que siempre la amó, pese que nació con una enfermedad neurodegenerativa, por eso tenía el cuerpo como prensado, como si su cabeza formara parte de su torso y su cuerpo presentara una joroba. Los ojos parecían saltarle de la cara, su nariz era demasiado pequeña y su boca más grande de lo habitual. Me dijo que al morir sus padres fue llevada a la fuerza a esa casa por sus dos hermanos, que nunca la habían querido, ya que siempre se sintieron enojados de que sus amigos y amigas se burlaran de ellos por tener una hermanita deforme.

“Me dejaron aquí hace más de 25 años, con pilas de cajas con diversos alimentos que se pudrieron y nunca fueron suficientes para saciar mi hambre y sed,” lloraba. Se vio obligada a subsistir comiendo ratas, zarigüeyas y hasta insectos a lo largo de todo ese tiempo, bebiendo el agua que lograba reunir en época de lluvia, sacando un brazo con un traste a través del hueco que logró hacer en la ventana.

Horas más tarde, las autoridades lograron sacarla de la casa, asistida por paramédicos. Un mar de vecinos llegó, atraídos por el ruido de las sirenas. La prensa también comenzó a llegar.

Mildred alcanzó a verme cuando estaban a punto de subirla a la ambulancia. Alcancé a ver que se dibujaba en sus labios un “gracias”, antes de ser rodeado por reporteros que me acosaron con preguntas, sobre los detalles de aquella historia.

Murió pocos días después.

Nadie supo explicarse cómo pudo sobrevivir tantos años abandonada en aquella cárcel de podredumbre.

Pienso que quizá simplemente quiso morir sintiéndose por última vez un ser humano.

RICARDO PAT

riczppelin@gmail.com

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Diario del Sureste