El Ara

By on enero 31, 2019

Entre Columnas

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KEVIN YVÁN ANGULO VÁZQUEZ

El Ara, o Alta Ara, proviene del latín y significa Altar, es un lugar y un momento en el que un ser se vuelve Sagrado y donde reside la espiral que representa la unión espiritual del cielo con la tierra. En este recinto se representa la realidad del Cosmos, el universo potencial de los individuos que osen desarrollar el potencial mágico con el que fuimos concebidos. Otra acepción es la de una cripta; ya que caminamos hacia ella en todo momento desde que entramos a la Orden, no es de extrañar que se presuma que enaltecemos a la muerte. Esto tiene una parte afirmativa y una que la contradice. Si nos limitamos a lo estático podemos afirmar que la enaltecemos, pero inmediatamente cambia el sentido si hablamos de dinamismo y constancia, así como el destino final y al mismo tiempo comienzo de Hiram y el de Jesús que deriva en resurrección.

No existe evidencia que niegue o confirme la existencia de las diez dimensiones de la que nos habla la teoría de cuerdas (de los últimos esfuerzos para aproximarnos a la tan anhelada verdad). Por lo que a nosotros respecta, el Ara puede y debe trascender dichos planos. Es la tan necesaria fórmula para combatir el materialismo o el determinismo en el que la civilización aparenta estar sumida en la actualidad, manifestada como el ateísmo científico el cual presume de una certidumbre última, y no podemos bajo ninguna circunstancia afirmar haber llegado a ella.

Me planteé cuestionamientos acordes a nuestra naturaleza cuando logré entender la teoría del Big Bang: ¿Qué aconteció antes de aquella gran explosión? ¿Las reglas actuales de la interacción de partículas se aplicaban en ese instante de condensación máxima? Es poco plausible que logremos construir un dictamen acerca de esto y, si fuere el caso, solo formularía nuevas suposiciones y dudas.

La chispa divina que antecede a este universo se encuentra aún en la materia que nos rodea. “Polvo eres, en polvo te convertirás.” Polvo de nebulosas condensadas, materia oscura y antimateria.

El origen primordial dentro de la humilde, y al mismo tiempo magna, concepción dentro de los misterios iniciáticos no es ni por asomo exclusiva de nosotros los Masones, tampoco del catolicismo, budismo o aún los Drusos del Líbano, cuyas iniciaciones son aún gran misterio. Esta última busca la unidad maravillosa con el Gran Arquitecto del Universo a través de las enseñanzas de Ciencia, Religión y Filosofía. Se presume que son ellos los descendientes directos de los fundadores del fuego regenerador, el cual durante 3000 años fue privativo conocimiento del sacerdocio Indio y Egipcio.

Gimnosofos, magos, pitagóricos y sufís constituyeron la primera Gran Fraternidad de sociedades esotéricas. Este fuego regenerador es un altar en sí mismo donde también fue iniciado Moisés, uno de los poseedores de los grandes misterios.

El Ara entonces es una representación de las herramientas que nos deben iluminar en nuestro actuar, siempre conscientes de su origen histórico y del devenir de las grandes luces que han cubierto a la humanidad toda con el esplendor de sus trabajos.

En el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, erigimos el Altar sobre tres pequeñas gradas que representan el reino vegetal, animal y mineral, que simbolizan nuestro presente, pasado y futuro origen, tanto materiales como inmateriales sometidos a fuerzas que apenas hemos aprendido a reconocer y otras tantas que nos negamos a vislumbrar.

Un Ara o Altar hinduista

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La forma triangular que le caracteriza hace alusión al pulido o desbastado constante del materialismo en beneficio de la espiritualidad, hasta llegar a la punta, que normalmente se encuentra incompleta (en forma de trapecio) porque el Hombre no puede alcanzar semejante estado de perfección a consecuencia de lo dócil que es su voluntad. Eliphas Levi nos habla de cómo adquirir facultades mágicas redimiendo la voluntad de toda servidumbre y ejercitarse en regularlas. La fuerza ciega que trata de cernirse sobre nuestro ser no debe prevalecer ya que quien no logre repelerlas retornará al fuego eterno sin remedio alguno, y agregaría también una oportunidad no aprovechada, como consecuencia de la falta de orientación, esta también representada con el triángulo apuntando hacia Occidente.

Las tres luces nos instruyen con libertad, igualdad y fraternidad que será ejercida en logia, con nuestros hermanos y en el mundo profano. Además, las distintas posiciones del astro rey: Alba, Cenit y Ocaso (Los estados de la vida) también aluden a las tres grandes dignidades.

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Sobre el Ara se encuentra la espada flamígera, de hoja curva y sin vaina, siempre dispuesta a emanar en todas direcciones con autoridad y misericordia el conocimiento. A través de los milenios, ha sido alegoría de poder o protección en diversas civilizaciones como en la Sumeria. Asaruludu la portaba y se considera una deidad protectora, en la religión judía, resguardando las puertas del paraíso posterior a la expulsión del mismo de Adán y Eva. En la celta y otras, la empuñadura se dirige al oriente y señala al Segundo vigilante para indicar que nos encontramos en primera cámara. Todos desarrollamos internamente la espada flamígera, que juzga y es gentil con nosotros según nuestro proceder, o bien castiga; es aquella voluntad que gobierna con la máxima fuerza.

Superior a la espada yace un cojín purpura que simboliza el Amor que debe imperar en uno; es la dualidad del individuo, su temple y gran filtro del actuar y aplicación de los principios que juzgan en solitario, blandiendo la espada o como sociedad, representada con la Ley; esta puede ser la Biblia, la Constitución de la Nación donde se trabaje, la Constitución de la Gran Logia, o inclusive páginas en blanco dispuestas a recibir las leyes que se proclamen.

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Descansan sobre el libro de la Ley la escuadra y el compás que, respectivamente, representan la materia y el espíritu. En este grado se coloca la escuadra superior al compás, evocando que la materia en los iniciados domina al Espíritu.

Hay una palabra en cada cara del Ara, dos escritas en hebreo: AMANA, apuntando a la columna del norte, significa verdad, fe y constancia, lo que evoca en los aprendices masones las provisiones con las que debemos de iniciar nuestro trayecto, al que se le despliegan infinidad de senderos por recorrer. Hur se encuentra en la columna del sur, que significa hombre libre en esplendor, la inmediata consecuencia del progresar hermético. También se le adjudica el significado de libertad a la que aspiramos con nuestro desbastado de piedra bruta hacia la piedra cúbica.

Eubulus, de origen griego, apunta hacia el Oriente, representando Voluntad Grande, bien aconsejado, propósito e intención, esbozando así la Prudencia que expresa y practica un Maestro Masón hacia todos los ángulos posibles de su existir, para progresar en su templo y por el bien de la humanidad.

Es entonces el Ara para mí una aspiración cósmica del alma, inmanente para la conciencia, que sin conocer fronteras ha permeado a través de los siglos, erigiéndose ante nosotros, y a la que le juramos nuestro magno propósito, de forma simbólica y al mismo tiempo sincera, cada vez que la recorremos y contemplamos.

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