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David García González (iv)

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Ya después me metí a jugar softbol, cuando me di de alta en la Secretaría de Educación Pública en Chetumal, donde trabajé veinticinco años. En total, 36 años trabajé en Quintana Roo. Año y medio trabajé en el Instituto Mexicano del Seguro Social, manejaba una ambulancia. A veces iba a Mérida a llevar pacientes.

En la SEP, un maestro me ayudó. Tenía a tres hijos en Secundaria, dos en Primaria y el sueldo era muy bajo. Me quería ayudar, ya que él tenía buena amistad con el sindicato. ‘Van a llegar diecisiete plazas, pero donde te manden vas a tener que ir,’ me dijo. Cuando eso, ganaba dos mil ochenta y un pesos en el IMSS al mes, y la SEP pagaba cuatro mil cuatrocientos, casi el doble. Él me quería echar la mano…

“¡No, hombre! Cuando estaba trabajando en el Centro de Seguridad Social, yo era su chofer. Salía yo a las diez de la noche y me iba al restaurante de un hotel a lavar ollas, cochambre; no platos, ollas, pero era una entradita más. Allá me daban la cena y toda la noche a darle. Cuando salía de la chamba, el maestro pasaba por mí y me llevaba a Botes, un lugar distante a diez minutos de donde él daba clases. Mientras él impartía su clase, yo dormía en su coche hasta las doce del día; me regresaba a mi casa, descansaba un rato, comía, me bañaba, y a las dos volvía a trabajar. ‘Te vas a acabar pronto si sigues así,’ me dijo. Por eso me echó la mano, acepté la oferta. ‘A lo mejor conservas la plaza del IMSS, pero depende dónde te manden.’ Pues me mandaron a Isla Mujeres, en la colonia Salinas. Allá conocí al hermano de Luis Bates, que estaba casado con una de los Cauich.

“En el año 1981 me dieron plaza, veinticuatro años trabajé allá, pero yo tenía en cuenta que había trabajado seis años antes y con eso completaba mi jubilación, pero la empresa no pagaba la cotización al ISSSTE. Solo me contaron veintiséis años, no me dieron el cien por ciento, solamente el ochenta, me dan catorce mil al mes. Ya ni modo, ya me adapté.

En la Isla solo hice ocho meses, precisamente por la pelota. Ahora en softbol, como yo era administrativo, los maestros de la primaria me pagaban mis viáticos para jugar con ellos. Jugaba short stop y hasta ganamos un campeonato. ‘¿Qué chingaos haces con los maestros si tú no eres maestro?’ me reclamaban. Era yo administrativo.

Cuando me quitaba de la Isla, llevaba tres cajas de camarones, también llevaba filete y se los vendía. Ellos eran de Tekax y de por allá. Desde que llegaba iban a ver qué traía, Los de la Isla me regalaban pacotilla, llevaba mi neverita y de regreso para la Isla llevaba Mantequilla, Queso, Tulip, y en la misma escuela lo vendía.

En fin de semana lavaba un salón; los chavos de la primaria me ayudaban a lavar los salones: ellos sacaban los muebles y a lavar todo con la condición de que les dé practica de básquet. En las tardes, me iba a pescar con ellos y me daban lo que pescaban. Había uno que le decían Jasso, era maestro de Tekax. Compraban salsa casera, galletas de soda, también compraron una sartén, una estufa con su tanque y yo les freía el pescado. Como me gusta la cocina, pues… También invitábamos a los maestros. Había mucha amistad. Sólo ocho meses hice allá.

Yo pitcheaba cuando jugaba en la Isla. Me iba tan bien que hasta me hablaron de refuerzo en el kilómetro 50. Me daban de todo, me pagaban viáticos, todo me daban, hasta trago. Un día, me quedé allá después del juego, a festejar. Tomé mis chevas, pero tenía que regresar a Carrillo Puerto. Ya era un poco tarde y me fui a la gasolinera, a ver quién me podría llevar. De repente, pasó el equipo de “Nicolás Bravo”. Uno de ellos que me conocía me preguntó qué hacia allá, le dije que me quería ir a F.C.P. y me llevaron; se iban a Polyuc y tenían que pasar a fuerza por F.C.P., no había otra vía. En el camino, me invitaron a probar aquella yerba mágica. ‘Órale, métele, no pasa nada,’ me decían. Como estaba caliente y medio mamao lo probé, lo fumé… y me dormí. Se reían de mí. No me di cuenta de nada hasta que llegamos a F.C.P.” me tuvieron que despertar. Mi concuño, que trabajaba en la gasolinera de allá, me vio y me preguntó: ‘¿Dónde vas?’ ‘A la casa.’ ‘Pues te estás yendo al contrario,’ me gritó. Jajaja… Me sentía terrible. Fue la primera y única vez que lo hice. Recuerdo que al día siguiente me tenía que ir a Chetumal, trabajaba en la Junta Local de Caminos; nomás dormí un rato, ya que tenía que estar en mi trabajo a las siete de la mañana.

Era yo el encargado de una cuadrilla. Mi jefe era el ing. Álvaro Rodríguez, que me tenía en buen concepto, era chévere. Una vez en la brigada, teníamos que limpiar las alcantarillas que tenían, además de basura, animales muertos. Apestaba mucho eso y yo tenía que dar el ejemplo; aunque me provocaba, tenía que jalar parejo. Me dice el chofer: ‘¿Y si pasamos al capirote al terminar la jornada, a tomar dos? Para quitarnos el mal olor del apeste.’ ‘Me parece bien, pero antes quiero tomar mi caldo de pescado,’ le dije. Estando allá, pasó un canijo que trabajaba con nosotros, él manejaba la nodriza; pues fue y le dijo al ingeniero. En su Volkswagen vino el ingeniero y me dijo: ‘David, el único que tenía en buen concepto y mira qué estás haciendo: tomando con tu brigada.’ ‘Ya estamos fuera de horario, ingeniero.’ ‘Sí, pero, estás con vehículo de trabajo.’ ‘Pero vea qué estoy tomando,’ le reviré. ‘Mañana hablamos.’ me dijo y se retiró. Al día siguiente me mandó a Bacalar, pero no me volvió a decir nada. A mí siempre me ha gustado ser derecho.

Continuará…

L.C.C.  Vicente Ariel López Tejero

vicentelote63@gmail.com

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