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Dantito y el ejército de Cascanueces

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David Sarabia

Dantito podía hablar, pero no lo hacía porque no le daba la gana.

A sus apenas cumplidos dos años, entendía a la perfección lo que le decían sus padres, pero sólo se limitaba a contestarles con una “ma” y un “pa” cuando algo necesitaba, fuera comida o avisarles que estaba hecho en los pañales. ¡Desde luego! Dantito seguía usándolos porque era muy feliz en su condición de bebé.

Cuando llegó el frío, supo por corazonada que los días felices se acercaban. Algún recuerdo del año pasado aparecía en su memoria: un enorme árbol con luces, cajas envueltas en papel de colores con moños, adornos, música y mucha alegría. Ahora sí lo entendía porque escuchó a su mamá decir: “Ya viene la Navidad”, y después su papá dijo: “A ver si ahora sí Dantito habla cuando vea sus regalos”, y lo colmaron de besos.

Los días transcurrieron y llegó la abuela de visita.

“Aboita” dijo, y sus padres saltaron de gusto. Era la tercera palabra y, para su gran sorpresa, la abuela no los visitaba desde que Dantito tendría apenas unos seis meses de nacido. Festejaron alegres y vieron el hecho como una buena señal: dentro de poco el bebé ya no iba a ser bebé.

Entre sus cosas, Aboita trajo una caja de madera forrada en terciopelo, la cual abrió en medio de la sala. Extrajo de su interior al General Blue, un cascanueces de madera de un palmo de alto; tenía enfundada su espada a la cintura, y su fusil colgando del hombro.

“Dantito, él está al mando de un ejecito a tu servicio. El General Blue tiene órdenes de cuidarte por la noche, así es que es tu amigo.” Aboita le cerró un ojo en complicidad, sabiendo que Dantito había entendido cada una de sus palabras. Después extrajo otros veinte cascanueces y, junto con el General Blue, los colocó sobre una mesa de vidrio, a un lado del árbol de navidad.

Una noche, días antes de navidad, Dantito despertó. Al pie de su cama, un gato gordo, enorme y negro, lo miraba quieto, meneando la cola.

—Hola, Dantito —le dijo con voz de caricatura—. Permíteme presentarme. Soy el Gato Amargado, y te vengo advertir que voy a destruir el árbol junto con los regalos en la Noche Buena, para que no tengas más juguetes. Jajajajaja…

El Gato Amargado se fue.

Dantito abrió la puerta de su habitación y corrió hacia la sala. Al ver el árbol con sus luces encendidas, suspiró aliviado.

— ¡Señor Dantito! —se escuchó una voz militar. El General Blue le hablaba desde su puesto, sobre la mesa de vidrio junto a sus hombres—. Sabe que cuenta con nosotros para detener a ese enemigo peludo.

Dantito, sorprendido, regresó a su habitación. Antes de treparse a su cama, el caballo percherón con mecedoras en las patas que su madre le había comprado en su cumpleaños número uno, le habló: “También cuente conmigo, señor, que en realidad soy un caballo de batalla.”

Dantito lo saludó, subió a su cama y se durmió.

Llegó el gran día.

Desde el amanecer todo fue fiesta y felicidad. Aboita preparaba el pavo en el horno. Mamá decoraba el pastel a la vez que acomodaba galletas en los platos, y Papá inflaba un gigantesco pingüino en el jardín.

Durante el día, la casa se llenó de música con ricos olores. Al caer la noche, las luces multicolores se encendieron, iluminando un hogar repleto de paz y armonía.

Después de varias horas de convivio, ya era hora de ir a dormir.

Dantito fue llevado a su cama, donde Mamá le dio un beso y le dijo: “Duerme, porque si no no va a venir Santa Claus.” Y apagó la luz.

Al cabo de un rato, los adultos se desearon dulces sueños. Las puertas se cerraron y clics de interruptores eléctricos se escucharon.

Transcurrieron los minutos y la casa quedó en silencio absoluto.

Dantito estaba despierto. Santa Claus no tardaba en aterrizar su trineo sobre el techo.

Pero, de repente, en el techo se escucharon las pisadas de cuatro pequeñas patas…

“¡El Gato Amargado!”

Dantito se levantó de la cama, abrió la puerta y, antes de salir, el caballo percherón le bufó al oído.

—Suba, Señor.

Las mecedoras de las patas se desprendieron, para que el caballo quedara libre y pudiera moverse como el viento.

Dantito trepó al lomo del animal de juguete, y éste trotó por el pasillo como si volara gustoso hacia la victoria.

Cuando llegaron a la sala, miraron como la ventana de la cocina era abierta desde afuera por el astuto Gato Amargado. Entró dando un gran salto, aterrizando en la sala, para entonces brincar y caer sobre los regalos que estaban al pie del árbol.

El General Blue blandió su espada, y al momento los demás soldados se movieron, dispuestos a seguir sus órdenes.

El Gato Amargado tomó una de las cajas y con sus zarpas comenzó a despedazar el moño y el papel que la forraba; volaba por los aires, hecho jirones y confeti.

— ¡EN ESTA CASA NO HABRÁ REGALOS! —decía el Gato Amargado, canturreando, sin saber que el caballo percherón y los cascanueces iba sobre de él.

Se dio cuenta cuando las patas delanteras del caballo lo empujaron, aventándolo a los pies del ejército de los cascanueces.

Aturdido, sacudió la cabeza. Cuando se dio cuenta de la situación, las culatas de los fusiles cayeron sobre su lomo, y la punta de la espada del General Blue picó como aguja su anca trasera, haciéndolo saltar como resorte.

Acorralado, el Gato Amargado decidió huir por donde vino, corriendo hacia la cocina para después saltar por la ventana.

Las luces se encendieron. Mamá, Papá y Aboita estaban con sus ropas de dormir, de pie y atónitos al ver a Dantito, sobre el lomo del caballo el cual estaba en ristre y con el ejercito de cascanueces, inmóviles y detrás de él.

Dantito exclamó, como todo un General:

— ¡Esta noche, mis amigos y yo salvamos los regalos! ¡Mamá, Papá y Aboita, los quiero! ¡Feliz Navidad!

A sus padres y abuela no les importó el desorden: corrieron, lo abrazaron y lo besaron porque, por fin, Dantito ya había dejado su mutismo, y su voz era la de un ángel.

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